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Электронная книга - «Tres Hermanos». Краткое содержание книги:

Ness, Joel y Toby afrontan un nuevo cambio en sus vidas. Su excéntrica abuela, dispuesta a eludir sus responsabilidades, decide abandonarlos frente a la puerta de la casa de su hija, la tía de los niños, que vive en la periferia marginal de Londres. La vida de los tres hermanos no ha sido fácil hasta ese momento, y no lo será a partir de ahora. Ness es una adolescente desagradable que juguetea con las drogas y con la delincuencia. El más pequeño, Toby, es un niño con problemas de aprendizaje y que vive anclado en la dependencia que siente por su hermano Joel, un poco mayor que él y que parece asumir la responsabilidad de mantener unida a su extraña familia. Tal ambiente, como prueba la autora del libro, enmarca el camino que se ha de desandar para hallar el origen del mal, para encontrar el principio casi invisible de sucesos terribles que un día coparán las primeras páginas de los periódicos. En su momento, el asesinato de Helen Lynley ocupará la atención de todos, pero ¿cuál fue el verdadero origen del crimen?
La presente novela, desde un planteamiento original y arriesgado que la autora resuelve con maestría, propone la «deconstrucción» de un asesinato. Elizabeth George plantea que al revés no interesa tanto qué pasará tras el asesinato, pues éste es el punto final del libro; lo que se ha de buscar es el origen, lo que se ha de averiguar es aquello que provocó que alguien disparara a una mujer de buena posición en un callejón de un barrio de Londres. Ahí, en el principio, se esconde siempre la explicación del trauma que arrastra el inspector Lynley, protagonista de la serie.
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Gracias a esto, Joel supuso que alguien había visto a Hibah mal acompañada. Sabía quién sería esa compañía indebida, así que miró a su alrededor con inquietud, pues no anhelaba otro encuentro con Neal Wyatt. Parecía que no había moros en la costa. Era un día agradable y había otras personas en el parque, pero Neal no era una de ellas.

– ¿Qué haces? Déjame ver -dijo Hibah.

– Sólo son poemas -dijo Joel-. Pero no están listos para enseñarlos porque aún los estoy escribiendo.

Hibah sonrió.

– No sabía que fueras poeta, Joel Campbell. ¿Escribes rimas? ¿Canciones rap o algo así? Vamos. Déjame ver. Nunca he leído un poema delante de su autor. -Fue a coger la libreta, pero él la apartó. Hibah se rió y dijo-: Vamos. No seas así. ¿Vas a ese evento de poesía en Oxford Gardens? Conozco a una señora que va. Ese Ivan del colegio también va.

– Lo dirige él -dijo Joel.

– Entonces, ¿has ido? Vamos, déjame ver. No sé mucho de poesía, pero sé ver si riman.

– No tienen que rimar, éstos -dijo Joel-. No son esa clase de poemas.

– ¿De qué clase son, entonces? -Estaba pensativa y echó un vistazo hacia uno de los robles jóvenes que salpicaban las pequeñas colinas del jardín. Debajo de varios de ellos, yacían hombres y mujeres jóvenes: dormitando, abrazándose o enroscados más seriamente. Hibah sonrió-. ¡Poemas de amor! -alardeó-. Joel Campbell, ¿tienes novia? ¿Anda por aquí? Mmm. Ya veo que no me lo dirás, así que déjame ver si puedo hacer que venga corriendo. Apuesto a que sé cómo conseguirlo.

Se acercó a Joel pícaramente hasta que sus muslos se tocaron. Le pasó un brazo por la cintura y apoyó la cabeza en su hombro. Así se quedaron varios minutos, mientras Joel escribía y Hibah se reía.

– ¡Qué coño…! -Fue sin embargo la reacción final al gesto de afecto de Hibah, pero no fue Joel quien lo dijo.

Provenía del camino de sirga que estaba junto al canal Grand Union. No hizo falta mirar en esa dirección para ver quién había hablado. Neal Wyatt estaba cruzando el césped a grandes zancadas.

Detrás de Neal, tres miembros de su pandilla se quedaron en el camino. Iban en dirección a Great Western Road. Al parecer tenían la sensación de que Neal podía ocuparse solo de lo que fuera que quisiera ocuparse, algo que pronto se hizo evidente, cuando el chico se centró en Hibah y no en Joel.

– ¿Qué coño estás haciendo? -le dijo a la chica-. ¿Te digo dónde quedamos y traes a este contigo? ¿De qué vas?

Hibah no apartó la mano de la cintura de Joel, como tal vez habría hecho otra chica, sino que miró fijamente a Neal y agarró con más fuerza a Joel. No la intimidaba. Sin embargo, estaba horrorizada y confusa.

– ¿Qué? -dijo-. Neal, ¿a quién le estás hablando así? ¿Qué te pasa?

– Falta de respeto es lo que me pasa -dijo-. Si vas con este mierda, te conviertes en mierda. Y mi mujer no se muestra como si fuera mierda. ¿Te enteras?

– ¡Eh! He dicho que a quién le hablas así. He venido aquí como me has dicho y he visto a un amigo. Estamos hablando, él y yo. ¿No puedes soportarlo o qué?

– Escucha. Yo te digo con quién puedes hablar. No tú a mí. Y este capullo amarillo…

– ¿Qué te pasa, Neal Wyatt? -le preguntó Hibah-. ¿Te has vuelto loco? Este es Joel y ni siquiera es…

Neal avanzó hacia ella.

– Ahora te enseñaré lo que me pasa. -La agarró del brazo y tiró de ella para que se levantara. La empujó hacia sus colegas en el camino de sirga.

Joel no tuvo alternativa. Se puso de pie.

– ¡Eh! Déjala en paz. No ha hecho nada para faltarte al respeto.

Neal lo miró con desdén.

– ¿Estás diciéndome…?

– Sí. Te lo estoy diciendo. ¿Qué clase de pringado se mete con una chica? Supongo que la misma clase que la toma con un tullido en Harrow Road.

Esta referencia a su último encuentro y la intromisión de la Policía en él bastaron para que Neal soltara a Hibah. Se volvió hacia Joel.

– Esta zorra es mía -dijo-. Y tú no tienes nada que decir al respecto.

– ¿Por qué sigues con eso, Neal? -gritó Hibah-. Tú nunca hablas así. Nunca. Tú y yo…

– ¡Cállate!

– ¡No!

– Haz lo que te digo o te pego una hostia.

Hibah se cuadró ante él. Se le había aflojado el pañuelo y ahora le caía hacia atrás y mostraba su pelo. Aquél no era el Neal Wyatt que conocía, ni tampoco el Neal Wyatt por el que estaba arriesgándolo todo, desde la buena voluntad de sus padres a su reputación.

– Si sigues hablándome así, maldita sea -gritó-, me aseguraré de…

Neal le dio una bofetada y ella retrocedió, sorprendida, Joel avanzó hacia él.

– Vete a casa, Hibah -le dijo a la chica.

La idea de que Joel le dijera a Hibah -la mujer de Neal- lo que tenía que hacer habría bastado para arrancar un grito ahogado de los espectadores, si alguno de ellos hubiera mostrado interés. En realidad, ninguno de los ciudadanos que disfrutaban del buen tiempo se movió para impedir lo que sucedió a continuación.

Neal se giró hacia Joel. Su rostro irradiaba una alegría absoluta, lo que tendría que haberle dicho que en aquel lugar y en aquel día se habían puesto en funcionamiento fuerzas mucho mayores de las que él comprendía. Pero no tuvo tiempo de planteárselo. Porque Neal fue a por él. Lo agarró por el cuello y Joel cayó. Neal aterrizó encima de él con un gruñido de placer.

– Mamonazo… -dijo Neal, pero eso fue todo. El resto fueron golpes, propinados con los puños en la cara de Joel.

Hibah gritó el nombre de Neal. No sirvió de nada. El chico no iba a salir frustrado de este encuentro.

Joel se retorcía debajo de él, intentando conectar con la cara de Neal sin conseguirlo. Dio patadas y se revolvió para escapar. Notó los golpes de Neal a ambos lados de la cabeza. Notó sus babas en las mejillas. Por encima de los puñetazos del otro chico, oía las ráfagas de ruido de los patinadores. Oía los gritos tenues de Hibah.

Entonces, Neal le agarró el cuello con las dos manos.

– Estúpido… Te voy a matar… -gruñó mientras apretaba.

Joel buscó con la rodilla la entrepierna de Neal, pero no le alcanzó. Hibah chilló, y Joel oyó que Toby gritaba su nombre.

Y, entonces, con la misma brusquedad con la que había empezado, la pelea acabó. Esta vez no la terminó Ivan Weatherall, ni las súplicas de Hibah, ni las lágrimas de miedo de Toby, ni la intervención de la Policía, sino que uno de los chicos de la pandilla de Neal al final bajó por el camino de sirga y separó a Neal.

– Colega, colega -dijo lacónicamente-. No tienes que… -Y entonces corrigió el rumbo-: Ya lo has llevado bastante lejos. ¿Te enteras?

Neal lo apartó y, al hacerlo, también acabó con su aparente intromisión en su rango como jefe de la banda. Aquello dejó a Joel en el suelo, con un corte cerca del ojo izquierdo y respirando con dificultad.

Hibah se había sentado hecha un ovillo en el banco, donde se mecía horrorizada y consternada. Sacudía la cabeza con incredulidad ante este Neal, ante un Neal al que nunca había visto y al que no conocía; tenía el puño en la boca.

Toby había llegado corriendo desde la pista de patinaje. Se había llevado la lámpara de lava para la excursión y arrastraba el cable por la hierba. Estaba llorando. Joel se puso de rodillas para intentar tranquilizarle.

– No pasa nada, Tobe -murmuró-. No pasa nada, colega.

Toby se acercó a él a trompicones.

– Te ha pegado -dijo sollozando-. Tienes un corte en la cara. Quería…

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