Segunda Oportunidad
- Автор: Джоансен Айрис
- Язык: испанский
- Жанр: Остросюжетные любовные романы
Электронная книга - «Segunda Oportunidad». Краткое содержание книги:
¿Quién iba a querer hacerle daño?
Pero ocurrió una tragedia: una noche, en una exótica isla del mar Egeo durante una elegante reunión en la que su marido esperaba culminar su fulgurante carrera en el mundo de las finanzas, y que fue interrumpida por el estruendo de los disparos y la afilada hoja de un cuchillo.
El ataque fue despiadado. La niña murió, y ella quedó terriblemente desfigurada.
Sin embargo, la pesadilla convierte a Nell en una mujer distinta. La mejor cirugía le de un rostro de exquisita hermosura; la posterior rehabilitación, un cuerpo ágil y esbelto. Y Nicholas Tanek, el misterioso desconocido que suscita en ella temor y fascinación, le da una razón para seguir viviendo: la venganza.
Preparar su venganza s lo único que la mantiene viva. El asesino de su hija no puede seguir viviendo. Ella le dará muerte… con sus propias manos.
El auditorio. Nell sintió un escalofrío de intenso miedo al recordar la historia que Jamie había contado sobre el vi-rus mortal con el que untaban las puntas de las espadas, como parte de la macabra recompensa de Gardeaux. Miró a Tanek directamente a los ojos.
– ¿Por qué me hablas del auditorio?
– Porque es allí donde Gardeaux me llevará.
Nell casi derramó el café.
– No.
– Sí -repuso tranquilamente él-. Es el único sitio donde mi plan tendrá buen resultado. Si muerde el anzuelo que le he lanzado, me llevará a algún lugar donde no haya gente.
– Pero tendrá a sus hombres allí. Te meterás en la boca del lobo.
– Creo que podré escapar de ella. Gardeaux se asegura-rá de que no voy armado, así que, en algún momento de la tarde, quiero que te cueles en el auditorio y pegues con cin-ta adhesiva esta Magnum 44 bajo el asiento A14. -Sacó el arma del bolsillo y se la entregó-. En la primera fila del pa-sillo central.
– ¿Y crees que podrás escapar de la trampa? ¿Qué pien-sas hacer?
– Manipular a Gardeaux y llevarlo hasta una posición que me permita ganarle.
– ¿Cómo?
– Después de conseguir que me lleve al auditorio tendrá que improvisar. No será la primera vez que lo haga.
– Te matará.
Tanek sonrió.
– Siempre hemos sabido que existe esa posibilidad, ¿no? Pero no creo que suceda, esta vez. No si tú me ayudas.
– Sucedió con tu amigo O'Malley.
– Nell, es el único modo de hacerlo. Ayúdame.
Lo tenía absolutamente decidido.
– ¿Eso es todo lo que quieres que haga? -preguntó ella, seca.
Tanek dio unos golpecitos con el dedo sobre otro pun-to del plano.
– El puente levadizo. Estará vigilado, pero dudo que esté levantado, ya que los invitados irán llegando y marchándo-se. Tendrás que librarte de los guardias antes de las once cuarenta y cinco. Porque a esa hora, exactamente, tienes que estar junto a la caja de fusibles, a cuatro metros y medio a la izquierda de esta puerta. -Indicó hacia el lado sur del audi-torio en el plano de la planta-. Quiero que cortes la corrien-te del auditorio y que luego corras como una posesa hacia el puente levadizo. Jamie estará esperando en el bosque, al otro lado del foso, con el coche. Y yo llegaré justo después de ti.
– Quizás.
Tanek ignoró el comentario.
– Seguro que Gardeaux apostará un guardián en la puer-ta del auditorio cuando entremos. Quizá tengas que ocu-parte de él antes de entrar por la puerta sur. Intenta hacerlo silenciosamente, o puede que me maten. ¿Te parece una buena dosis de responsabilidad?
– Más de la que creía que me darías. -Más de la que que-ría siquiera imaginar. No quería ni pensar en ello, ahora-. Esperaba que fueras más egoísta.
– Lo soy. Me reservo a Gardeaux para mí. Y me sor-prende que no discutas conmigo por un privilegio tal.
Ella sacudió la cabeza.
– Tiene que morir, y yo tengo que participar en ello, pero estoy contenta de que lo hagas tú. Gardeaux… me re-sulta muy lejano. No le he visto nunca, jamás he escuchado su voz. Sé que es tan culpable como Maritz, quizá más, pero para mí no está vivo. Y para ti, sí. -Apretó los labios-. Sin embargo, no intentes desviarme de Maritz.
– Primero uno y después el otro.
– ¿Eso suena a evasiva?
– Tienes toda la razón, maldita sea. No quiero pensar en Maritz ahora. Bastante pánico me da que te involucres en todo este jaleo.
– ¿De veras? ¿No me crees capaz de cumplir con mi mi-sión?
– Si no te creyera capaz, te habría echado un somnífero en el café y te dejaría encerrada hasta que todo hubiera ter-minado. -Sonrió-. Eres inteligente y hábil, y Jamie tiene ra-zón. Ojalá hubiéramos podido contar contigo en los viejos tiempos. -La sonrisa se desvaneció-. Y eso no significa que me guste en absoluto la idea de tenerte ni siquiera a cien mi-llas de Bellevigne.
– Tengo derecho a estar allí.
– Tienes derecho. -Le lanzó un guiño-. Pero no pierdas de vista la cafetera.
Nell se sintió más relajada y también le sonrió.
– No me separaré de ella ni medio minuto.
– Quizá no sea necesario que la vigiles tan de cerca… -Tanek tomó la taza de café de entre las manos de ella y la dejó junto a la chimenea-. Podría ser molesto que entorpeciera la acción. -Lentamente, atrajo a Nell hacia sus brazos. Susurró-: ¿De acuerdo?
Totalmente de acuerdo. Pasión. Bienestar. Sensación de estar en casa. Nell le devolvió el abrazo.
– De acuerdo.
– Está resultando muy fácil. Quizá debería irme más a menudo. -La besó-. ¿O es tan sólo que le ofreces consuelo y cariño a un pobre guerrero antes de la batalla?
– Cállate -susurró ella-. Yo también voy al campo de batalla. -Nell necesitaba aquello. Le necesitaba a él. Se echó hacia atrás y empezó a desabrocharse los botones de su blu-sa-. Creo que eres tú el que debería proporcionar consuelo.
– Pero aquí no. -La ayudó a ponerse en pie-. ¿Dónde está tu habitación? Me niego a ser seducido junto a un cam-ping-gas. No hacemos acampada.
Tanek se estaba vistiendo. Parecía tan sólo una sombra bo-rrosa y pálida, a la luz grisácea de antes del amanecer que llenaba la habitación.
– Ve con cuidado -susurró Nell.
– No quería despertarte. -Se sentó en la cama. Hubo un silencio-. ¿Por qué, Nell?
Ella le cogió la mano.
– Ya te lo dije, necesitaba consuelo y cariño.
– Anoche diste más de lo que recibiste. ¿Dónde está toda aquella rabia?
– No lo sé. Sólo sé que te he echado de menos. Ahora mismo no puedo pensar con demasiada claridad.
– Bueno, todavía tienes la cabeza llena de arena. -Le aca-rició suavemente los cabellos-. Pero quizás estés pensando con más claridad de la que crees. A veces, es mejor fiarse del instinto. -Sonrió-. En este caso, concretamente, fue incom-parablemente mejor.
Nell asió con fuerza la mano de Tanek.
– No es un buen plan, Nicholas. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal.
– Jamás tendremos un plan o una ocasión mejor. -Y aña-dió, en tono cansado-: Estoy harto, hastiado de todo este asunto. Me pone enfermo que esa escoria de Gardeaux viva tan tranquilo y como un gato gordo y mimado en su casti-llo. Estoy harto de pensar en Terence y en lo inútil que fue su muerte. Estoy harto de preocuparme por ti. Quiero acabar el trabajo e irme a mi casa. -La besó en la frente-. Por última vez, Nell, ¿merece la pena todo esto?
– Vaya momento para preguntármelo. Ya sabes la res-puesta.
– De todos modos, te lo pregunto.
– Me estás ofreciendo una salida. No la quiero. -Buscó su mirada-. Mataron a mi hija, deliberadamente, con cruel-dad. Le quitaron la vida como si no tuviera ningún valor y su muerte ha quedado impune. Y seguirán haciendo daño a gente inocente mientras… -Se detuvo-. No, no lo hago para evitar que hagan sufrir a otra gente. No soy tan altruista. Lo hago por Jill. Todo lo hago por Jill.
– Bien. Esa era la respuesta que esperaba oír. Pero si ves que algo empieza a fallar, déjalo todo y corre. ¿Me oyes?
– Sí.
– Pero no te convence. Te lo diré en otras palabras: si te matan en Bellevigne, Gardeaux y Maritz seguirán vivos y nadie pagará jamás por la muerte de Jill.
Nell sintió una sacudida de dolor.
– Sabía que esto sí haría mella en ti. -Se levantó y se diri-gió hacia la puerta-. A las once cuarenta y cinco. No llegues tarde.