Onitsha
- Автор: Леклезио Жан-Мари-Гюстав
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Onitsha». Краткое содержание книги:
In 1948, a 12-year-old boy named Fintan is sailing to Africa with his Italian mother to live with the British father he doesn't remember. At times, this French novel paints too precious a picture of the young Fintan and his mother, who occasionally writes down poetic bits like In my hands I hold the prey of silence. The ship's voyage can drag, too, with too many hints about the characters' previous lives (upon learning that Fintan has contracted scabies, his mother cries out A barnyard disease!). But once the pair arrive in Onitsha, in Nigeria, Fintan's views of the colonial situation and the different ways that Europeans adapt to their surroundings prove fresh and valuable, though suffused with the unworldly morality of the innocent. He befriends Bony, the son of a fisherman, who teaches him a new way of seeing nature. The relationship between Fintan's parents crackles with difficulty as they attempt to readjust to each another after their long separation and as his mother strains against local customs. At a dinner party hosted by a man who has commissioned prisoners to dig a swimming pool, Fintan's mother insists that the chained prisoners be allowed something to eat and drink. Her request is met, but she is then ostracized by polite society. Eventually, Fintan's father loses his job with the United Africa Company and moves the family first to London, then to the south of France. Overall, this novel is choppy, but it generates waves that startle and surprise, and that push the reader from one page to the next.
From Library Journal
Often, looking through youthful eyes focuses readers directly on the brutal truths of such unsavory issues as racism. In this latest translation of a work by noted French author Le Clezio (following The Prospector, Godine, 1993), young Fintan realizes the horrors of racist, colonial society as he journeys with his much-beloved mother to Africa in 1948 to join his father, an agent for a trading company. Even before their ship has arrived, Fintan is becoming aware of Western intolerance of African people, beliefs, and language. The novel offers a compelling contrast between white mistreatment of Africans and the occasionally dangerous natural beauty surrounding the village of Onitsha on the banks of the Niger River. Fintan never forgets the harsh facts of his childhood years, and readers will not forget this novel.
Ya era de día. El casco del Surabaya vibraba con la impulsión de las bielas, el caluroso viento rechazaba el humo sobre popa, a Fintan le ardían los ojos de sueño. En cubierta, asomado a la borda, intentaba ver el mar gris, el mar ceniciento, la negra costa que huía hacia atrás envuelta en nubes de escandalosos pájaros. A proa, en la cubierta de carga, los krus, los ghaneses, los yorubas, los ibos, los dualas permanecían arrebujados en sus mantas, descansando la cabeza en sus bultos. Ya se habían despertado las mujeres; en cuclillas, daban de mamar a los niños de pecho. Lloriqueos infantiles. En sólo un instante los hombres irían a coger sus martillitos puntiagudos, y las cuadernas de hierro, los cuarteles de las escotillas, eternamente oxidados, empezarían a resonar como si el buque fuera un gigantesco tambor, un gigantesco cuerpo palpitando al son de los desordenados latidos de su corazón múltiple. Y Maou iba a volverse en su litera bañada en sudor, lanzaría un suspiro, puede que llamara a Fintan para que le diera un vaso de agua de la jarra que reposaba en la mesilla de caoba. Todo se prolongaba tanto, era tan lento, en este avance siguiendo el propio surco por el mar interminable, a la vez distinto y siempre igual.
En Cotonu, Maou y Fintan caminaron por el largo dique que cortaba las olas. En el puerto descargaban numerosos navios de transporte. Más allá, las barcas de los pescadores rodeadas de pelícanos.
Maou se puso su vestido de gasa, el mismo con el que se bañó en Takoradi. En el mercado de Lomé compró un nuevo sombrero de paja. No quería ni oír hablar del casco. «Eso es cosa de gendarmes», decía. Fintan rehusaba llevar sombrero. Su pelo castaño, lacio, de flequillo recto en la frente, hacía las veces de casco. Desde el día del baño en Takoradi no le apetecía descender a tierra. Se quedaba en cubierta, haciendo compañía al segundo Heylings que vigilaba el movimiento de mercancías.
El cielo estaba bajo, de un gris lechoso. Hacía un calor tórrido desde primeras horas del día. En los muelles, los estibadores amontonaban las cajas de mercancías y preparaban las que iban a embarcar, las pacas de algodón, los sacos de cacahuete. Los palos de carga izaban las redes repletas de mercancías. No quedaba nadie en la cubierta de carga. Todo el mundo había bajado, las mujeres con sus retoños envueltos en sus velos y los fardos encima de la cabeza. Se daba así un silencio extraño: las cuadernas y el casco del buque habían cesado de resonar, las máquinas estaban paradas. Si acaso el ronroneo continuo del generador que accionaba los palos de carga. Por las escotillas abiertas de par en par se veía la cala, el polvo que ascendía iluminado por las bombillas.
«Maou, ¿adonde vas?»
«Vuelvo enseguida, amor mío.»
Fintan miraba con recelo cómo descendía el portalón, seguida por el odioso Gerald Simpson.
«Ven, vamos a pasear por el malecón, vamos a ver la ciudad.»
Fintan se negaba. Tenía un nudo en la garganta, no sabía bien por qué. Tal vez porque un día pasaría lo mismo, habría que bajar por este portalón, entrar en una ciudad, y allí estaría ese hombre esperándolos que diría: «Soy Geoffroy Alien, soy tu padre. Ven conmigo a Onitsha.» Y también cuando miraba la silueta blanca de Maou, su vestido blanco hinchado al viento como una vela. Ella le daba el brazo al inglés, escuchaba sus peroratas sobre África, los negros, la jungla. Era insoportable. Así es que se encerraba en el camarote sin ventanas, encendía la lamparilla y se ponía a escribir una historia en un cuadernillo de dibujo, con un lápiz graso. Escribía primero el título, en mayúsculas: UN LARGO VIAJE.
Luego empezaba a escribir la historia:
ESTHER. ESTHER LLEGÓ A ÁFRICA EN 1948.
SE ECHA AL MUELLE Y SE ENCAMINA A LA SELVA.
Daba gusto, escribir esta historia encerrado en el camarote, sin un ruido, con la luz de la lamparilla y el calor del sol elevándose sobre el casco del buque inmóvil.
EL BARCO SE LLAMA NÍGER. REMONTA EL RÍO DURANTE DÍAS.
Fintan sentía en la frente la quemazón del sol, como antes en San Martín. Un punto de dolor entre los ojos. La abuela Aurelia decía que era su tercer ojo, el ojo que servía para leer el porvenir. Todo era tan lejano, tan antiguo. Como si jamás hubiera existido. En la selva Esther camina rodeada de peligros, acechada por leopardos y cocodrilos. LLEGA A ONITSHA. LE TIENEN PREPARADA UNA GRAN CASA, CON UNA COMIDA, Y UNA HAMACA. ESTHER ENCIENDE UN FUEGO PARA ESPANTAR A LAS FIERAS. El tiempo era una quemazón que progresaba por la frente de Fintan, igual que antes cuando el sol del verano ascendía muy alto sobre el valle del Stura. El tiempo tenía el sabor amargo de la quinina, el olor acre del cacahuete. El tiempo era frío y húmedo como las mazmorras de los esclavos en Gorea. ESTHER MIRA LAS TORMENTAS SOBRE LA SELVA. UN NEGRO HA TRAÍDO UN GATO. I AM HUNGRY, DICE ESTHER. ENTONCES TE DOY EL GATO. ¿PARA COMÉRMELO? NO, COMO PRUEBA DE AMISTAD. La noche llegaba, aliviada la quemazón del sol en la frente de Fintan. Él oía la voz de Maou en el pasillo, el acento chillón de Gerald Simpson. Afuera hacía fresco. Las descargas eléctricas rasgaban el cielo en silencio.
En la cubierta de primeras se encontraba el señor Heylings con el torso desnudo y en pantalón corto caqui. Fumaba mientras miraba el trajín de los palos de carga. «¿Qué haces ahí, Junge? ¿Has perdido a tu mamá?» Y asía al muchacho por la cabeza; le aprisionaba la frente con sus poderosas manos y lo levantaba con todo mimo, hasta que los pies de Fintan se separaban del suelo. Cuando Maou tuvo ocasión de verlo, exclamó: «¡No! ¡Va usted a desgraciarme a mi niño!» El segundo se reía, columpiaba a Fintan por la cabeza. «Esto les viene bien, señora, ¡así crecen!»
Fintan se zafaba. En cuando veía al señor Heylings, se mantenía a distancia.
«Mira aquello; es el canal de Porto Novo. La primera vez que navegué por aquí era muy joven. Mi barco zozobró.» Señalaba el horizonte, unas islas perdidas en medio de la noche. «Nuestro capitán había bebido, ya sabes, atravesó el barco en un banco de arena por culpa de la marea. Nuestro barco taponaba la entrada del canal, ¡nadie podía pasar hacia Porto Novo! ¡Qué risa!»
Aquella noche hubo una gran fiesta en el Surabaya. Era el cumpleaños de Rosalind, la mujer de un oficial inglés. El comandante lo organizó todo. Maou estaba bastante excitada: «Sabes, Fintan, ¡vamos a bailar! Habrá música en el salón de primeras, todo el mundo está invitado.» Le brillaban los ojos. Parecía una colegiala. Dedicó un buen rato a escoger entre sus prendas un vestido, una rebeca, unos zapatos. Se puso polvos de belleza, carmín, peinó sus hermosos cabellos con detenimiento.
A partir de las seis era de noche. Los marineros holandeses habían colgado guirnaldas de bombillas. El Surabaya semejaba un voluminoso pastel. No se sirvió cena aquella velada. En el gran salón de primeras habían apartado a un lado los sillones y dispuesto una larga mesa cubierta con manteles blancos. En la mesa, ramilletes de flores rojas, cestas de fruta, botellas,. bandejas con aperitivos, guirnaldas de papel y, en un rincón, un gran ventilador que recordaba un avión por su sonido.
Fintan permanecía en el camarote sentado en la litera, con el cuaderno a la luz de la lamparilla.
«¿Qué haces?», preguntó Maou. Se acercó con la intención de leer, pero Fintan cerró el cuaderno.
«Nada, nada, son mis deberes.»
Ya se le había pasado el dolor de la frente. El aire era suave y liviano. El oleaje subía y bajaba el casco contra la escollera. África quedaba muy lejos. Perdida en la noche al final de la escollera, en todos los canales e islas anegados por la marea creciente. El agua del río fluía con calma en torno al buque. El señor Heylings se presentó a recoger a Maou. Vestía su elegante uniforme blanco, con sus galones, y su gorra demasiado pequeña para su cabeza de gigante.