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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]

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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
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No obstante, a pesar de que muchos perseguían el olvido, eran incluso más los que obtenían satisfacciones trabajando para alcanzar unos objetivos que trascendieran a sus propias vidas. La investigación científica avanzó considerablemente, al utilizar los inmensos recursos que ahora eran gratuitos. Si un físico necesitaba cien toneladas de oro para un experimento, ello sólo constituía un pequeño problema de logística, no de presupuestos.

Había tres problemas que les preocupaban. El primero era el seguimiento continuo del Sol, no porque quedara alguna duda, sino para pronosticar el año, el día y la hora exacta de detonación…

El segundo era la búsqueda de inteligencia extraterrestre que se reanudaba ahora con desesperada urgencia, olvidada tras siglos de fracaso. E incluso al final, el resultado parecía no tener mayor éxito que en las ocasiones anteriores. El Universo seguía dando vagas respuestas a las preguntas del hombre.

El tercero era, por supuesto, la siembra de la raza humana en las estrellas cercanas, con la esperanza de que la Humanidad no se extinguiera al morir el Sol.

En los albores del último siglo, naves sembradoras de cada vez mayor velocidad y sofisticación habían sido enviadas a más de cincuenta objetivos. Tal como se preveía, la mayoría de estas misiones fracasaron, pero diez de ellas habían informado de un éxito al menos parcial. Se tenía aún mayores esperanzas en los últimos y más avanzados modelos, aunque éstos no alcanzarían sus lejanos objetivos hasta después de la desaparición de la Tierra. El último modelo que iba a ser puesto en órbita podía viajar a un veintavo de la velocidad de la luz, y aterrizaría al cabo de novecientos cincuenta años, si todo iba bien.

Loren recordaba todavía el lanzamiento del Excalibur desde su plataforma en la base de Lagrangian, entre la Tierra y la Luna. Aunque por aquel entonces él tenía solamente cinco años, sabía que esta nave sembradora era la última de su tipo. Sin embargo, era demasiado joven para entender por qué había sido cancelado este programa secular precisamente cuando había alcanzado su madurez técnica. Tampoco podía adivinar entonces el cambio que se produciría en su propia vida con aquel asombroso descubrimiento que lo transformó y dio a la Humanidad una nueva esperanza en las últimas décadas de la historia terrestre.

Aunque se habían realizado numerosos estudios teóricos, nadie había conseguido encontrar una razón para un vuelo espacial tripulado a la estrella más cercana. El hecho de que ese viaje pudiera durar un siglo no era ya un factor decisivo, la hibernación podía solucionar ese problema. En el hospital satélite Luis Pasteur un mono estaba dormido desde hacía casi un milenio y mostraba una actividad cerebral perfectamente normal. No había ninguna razón para suponer que no ocurriría lo mismo con los seres humanos, si bien el récord, un paciente con una extraña forma de cáncer, no superaba los dos siglos.

El problema biológico había sido resuelto; era el problema de ingeniería el que parecía insalvable. Una nave que pudiera transportar miles de pasajeros dormidos, imprescindibles para una nueva vida en otro mundo, debería tener las mismas dimensiones que los grandes trasatlánticos que una vez surcaron los mares de la Tierra.

Sería bastante fácil construir esta nave fuera de la órbita de Marte y usar los abundantes recursos del cinturón asteroide. Sin embargo, era imposible idear unos motores que le permitieran alcanzar las estrellas en un período razonable de tiempo. Incluso a una décima parte de la velocidad de la luz, los objetivos más prometedores estaban a más de quinientos años de distancia. Esa velocidad había sido alcanzada por sondas robot, que recorrían a toda velocidad sistemas estelares cercanos y transmitían sus informes y observaciones durante las agitadas y escasas horas del trayecto. Pero era completamente imposible reducir la velocidad para acoplarse a otra nave o aterrizar, y estaban destinadas a seguir viajando a través de la galaxia para siempre.

Este era el problema fundamental de los cohetes, y nadie había descubierto hasta entonces una alternativa para la propulsión ultraespacial. Era tan difícil perder velocidad como ganarla, y llevar la carga propulsora necesaria para la deceleración no simplemente doblaba la dificultad de la misión, sino que la elevaba al cuadrado.

Se podía construir una hibernave a escala real que alcanzara la décima parte de la velocidad de la luz. Requeriría un millón de toneladas de algún exótico material como carga propulsora; era difícil, pero no imposible.

Pero para anular la velocidad al final del viaje, la nave debería despegar no con un millón, sino con millones de toneladas de carga propulsora. Esto, por supuesto, estaba tan fuera del alcance que nadie había pensado seriamente en ello desde hacía mucho tiempo.

Y después, por una de las mayores ironías de la historia, se le dieron a la Humanidad las llaves del Universo, y un siglo escaso para utilizarlas.

8. Recuerdos de un amor perdido

Qué contento estoy, pensó Moses Kaldor, por no haber sucumbido nunca a esta tentación, a ese seductor señuelo que el arte y la tecnología habían dado a la Humanidad hace más de mil años. Si hubiese querido, hubiese podido traer conmigo al exilio al fantasma electrónico de Evelyn, metido en algunas cintas de programación. Podía haber aparecido ante mí, en alguno de los escenarios que amábamos, y mantener una conversación tan convincente que un desconocido no hubiera nunca adivinado que nadie, nada estaba realmente allí.

Pero yo lo hubiera sabido al cabo de cinco o diez minutos, a no ser que me engañase a mí mismo mediante un acto deliberado de voluntad. Y yo sería incapaz de hacerlo. Aunque sigo sin saber por qué mis instintos se rebelan contra ello, siempre me niego a aceptar el falso alivio de un diálogo con los muertos. Ni tan siquiera poseo, ahora, una simple grabación de su voz.

Es mejor así, verla moverse en silencio en el pequeño jardín de nuestro último hogar, sabiendo que no es una ilusión de los creadores de imágenes, sino que ocurrió de verdad, hace doscientos años, en la Tierra.

Y la única voz que se oirá será la mía, aquí y ahora, hablando a la memoria que todavía existe en mi propio cerebro vivo y humano.

Grabación privada. Número Uno. Aparato Alpha. Programa autodestructible.

Tenias razón, Evelyn, y yo no. Aunque sea el más viejo de esta nave, parece que todavía puedo ser útil.

Cuando me desperté, el capitán Bey estaba a mi lado. Me sentí halagado… en cuanto pude sentir algo.

— Vaya, capitán — dijo—. Esto sí que es una sorpresa. Esperaba que me arrojara al espacio como algo inservible.

Se echó a reír y respondió:

— No esté muy seguro todavía; el viaje no ha acabado. Pero le necesitamos ahora. Los que planearon la misión fueron más listos de lo que usted pensaba.

— Me inscribieron en el manifiesto de la nave como Embajador—Consejero, y ¿en calidad de qué se me requiere?

— Probablemente en ambas. Y quizás en calidad de…

— No dude en decir cruzado, aunque nunca me gustó la palabra y nunca me consideré líder de ningún movimiento. Sólo intenté que la gente pensara por sí misma. Nunca quise que nadie me siguiera ciegamente. La historia ha visto ya demasiados líderes.

— Sí, pero no todos han sido malos. Fíjese en su tocayo.

— Se le ha sobrevalorado, aunque puedo comprender su admiración. Después de todo, usted también dirige las tribus sin hogar a una tierra prometida. Me imagino que ya habrá surgido algún pequeño problema.

El capitán sonrió y respondió:

— Me alegro de ver que ya está totalmente despierto. Hasta ahora, no ha surgido ni un problema, y no hay razones para pensar que surja. Pero se ha presentado una situación inesperada, y usted es oficial diplomado. Tiene unas cualidades que nunca pensamos que íbamos a necesitar.

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