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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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El señor Varneshi le había hecho otro regalo. Se trataba de un libro, pequeño pero grueso, encuadernado en un cuero que con el paso de los años había cobrado la dureza de la madera.

Se titulaba Las Leyes y Ordenanzas de las Ciudades de Ankh y Morpork.

Esto también perteneció a mi bisabuelo —le dijo al entregárselo—. Son instrucciones para los miembros de la Guardia. Tienes que aprenderte las leyes de memoria para ser un buen oficial —añadió con tono virtuoso.

Quizá Varneshi habría hecho bien en recordar que a Zanahoria en toda su vida le habían mentido, ni le habían dado instrucciones que no tuviera que cumplir al pie de la letra. El chico había aceptado el libro con solemnidad. Si iba a ser un oficial de la Guardia, ni se le pasaba por la cabeza ser un mal oficial.

Fue un viaje de ochocientos kilómetros y, por sorprendente que parezca, un viaje sin incidentes. Las personas que miden más de un metro ochenta y tienen los hombros de aproximadamente la misma envergadura suelen disfrutar de viajes sin incidentes. Hay gente que salta a su paso desde detrás de las rocas, pero luego dicen «Oops, lo siento, me equivoqué, lo confundí con un amigo mío».

Se había pasado la mayor parte del trayecto leyendo.

Y, ahora, Ankh-Morpork se extendía ante él.

Era un poco decepcionante. Había esperado ver altas torres blancas que dominaban el paisaje, y banderas, muchas banderas. Ankh-Morpork no dominaba nada. Más bien parecía estar a hurtadillas, aferrada al suelo como si temiera que alguien se lo robara. Y no había banderas.

Ante la puerta encontró a un guardia. Al menos, vestía una cota de mallas y la cosa que esgrimía parecía una lanza. Tenía que ser un guardia.

Zanahoria saludó y le mostró la carta. El hombre la miró un rato.

—¿Mmm? —dijo al final.

—Creo que tengo que ver a Supino Garabato p.o. —respondió el chico.

—¿Qué significa lo de p.o.? —preguntó el guardia con gesto de sospecha.

—¿Pronto Operativo? —sugirió Zanahoria, que también se lo había estado preguntando.

—Pues no tengo ni idea de quién es —replicó el guardia—. A quien tienes que ver es al capitán Vimes, de la Guardia Nocturna.

—¿Dónde se encuentran sus cuarteles? —preguntó el chico con educación.

—A estas horas del día, prueba en El Puñado de Uvas, en la Calle Tranquila. —Miró a Zanahoria de arriba abajo—. Te unes a la guardia, ¿eh?

—Espero ser digno de ello, sí. El guardia le dedicó una mirada que se podía calificar de anticuada. Era prácticamente neolítica.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

—¿Disculpe?

—Debes de haber hecho algo.

—Mi padre escribió una carta —respondió Zanahoria con orgullo—. Soy voluntario.

—Infiernos —dijo el guardia.

Volvía a ser de noche, y al otro lado del temible portal.

— ¿Han girado convenientemente las Ruedas del Tormento? —preguntó el Gran Maestro Supremo. ---Los Hermanos Esclarecidos se removieron, nerviosos.

—¿Hermano Vigilatorre? —insistió el Gran Maestro Supremo.

—A mí no me toca hacer girar las Ruedas del Tormento —murmuró el aludido—. Al que le toca hacer girar las Ruedas del Tormento es al Hermano Revocador.

—Ah, no, ni lo sueñes, a mí lo que me toca es engrasar los Ejes del Limón Universal —replicó el Hermano Revocador, acalorado—. Siempre estás diciendo que me toca a mí…

El Gran Maestro Supremo suspiró en las profundidades de su capucha al ver que comenzaba la enésima disputa. ¿Y con aquellos borricos pretendía dar origen a una Era de Racionalidad?

—¿Os queréis callar los dos? —rugió—. La verdad es que esta noche no necesitamos las Ruedas del Tormento. Callaos de una vez. A ver, Hermanos…, ¿habéis traído los objetos que os indiqué?

Hubo un murmullo general.

—Ponedlos en el centro del Círculo de Conjuración —ordenó el Gran Maestro Supremo.

Era una colección lamentable. Les había dicho que trajeran objetos mágicos. Sólo el Hermano Dedos había presentado algo digno de tal nombre. Parecía una especie de adorno de altar, y era mejor no preguntar de dónde había salido. El Gran Maestro Supremo dio un paso hacia adelante y tocó una de las otras cosas con el pie.

—¿Qué es esto? —quiso saber.

—Un amuleto —murmuró el Hermano Yonidea—. Es muy poderoso. Se lo compré a un tipo. Garantizado. Te protege contra las mordeduras de cocodrilo.

—¿Seguro que te puedes permitir prescindir de él? —preguntó el Gran Maestro Supremo.

El resto de los Hermanos, obedientemente, dejaron escapar unas risitas.

—¡Avergonzaos, Hermanos! —rugió, girando sobre sus talones—. Os dije que trajerais objetos mágicos, ¡no bisutería barata y chatarra! ¡Demonios, si esta ciudad está podrida de magia! —Hurgó en el montón de objetos—. Maldita sea, ¿qué es esto?

—Son piedras —respondió el Hermano Revocador con voz titubeante.

—Eso ya lo veo. ¿Qué tienen de mágicas? El Hermano Revocador se echó a temblar.

—Tienen agujeros, Gran Maestro Supremo. Todo el mundo sabe que las piedras con agujeros son mágicas.

El Gran Maestro Supremo volvió a su lugar en el círculo. Alzó los brazos.

—De acuerdo. De acuerdo, muy bien —dijo, cansado—. Si queréis que lo hagamos así, lo haremos así. Si lo que obtenemos es un dragón de un palmo de grande, todos sabremos a qué se debe. ¿Verdad, Hermano Revocador? ¿Hermano Revocador? Lo siento, no he entendido lo que has dicho. ¿Qué has dicho, Hermano Revocador?

—He dicho que sí, Gran Maestro Supremo —susurró el aludido.

—Muy bien. Espero que todo haya quedado bien claro.

El Gran Maestro Supremo se volvió y tomó el libro entre las manos.

—Y ahora —dijo—, si ya estamos preparados…

—Mmm. —EJ Hermano Vigilatorre alzó una mano con timidez—. ¿Preparados para qué, Gran Maestro Supremo?

—Para la invocación, por supuesto. ¡Diantres, debí imaginar…!

—Pero es que no nos has dicho qué tenemos que hacer, Gran Maestro Supremo —gimió el Hermano Vigilatorre.

El Gran Maestro titubeó. Era verdad, pero no estaba dispuesto a admitirlo.

—Claro, por supuesto —bufó—. Porque es obvio. Tenéis que enfocar vuestra concentración. Pensad en dragones —tradujo—. Todos a la vez.

—¿Y eso es todo, nada más? —preguntó el Portero.

—Sí.

—¿No tenemos que entonar ruinas místicas, ni nada por el estilo?

El Gran Maestro Supremo lo miró. El Hermano Portero, ante la opresión, era tan desafiante como puede serlo una sombra anónima oculta bajo una capucha negra. Si se había unido a una sociedad secreta, quería entonar runas místicas. Era lo que más le había atraído.

—Bueno, entona lo que quieras —bufó el Gran Maestro Supremo—. Ahora quiero que… ¿sí, qué pasa, Hermano Yonidea?

El menudo Hermano bajó la mano.

—No me sé ninguna ruina, Gran Maestro. Y entonar, lo que se dice entonar…

—¡Silencio!

Abrió el libro.

Le sorprendió bastante ver que, tras páginas y más páginas de aclaraciones místicas, la invocación en sí no era más que una frase breve. No un cántico, ni siquiera una rima, sino unas cuantas sílabas sin sentido. De Malaquita decía que causaba pautas de interferencia en las ondas de la realidad, pero seguro que el viejo imbécil se lo había inventado sobre la marcha. Eso era lo malo de los magos, tenían que hacer que todo pareciera difícil. En realidad, lo único que se necesitaba era fuerza de voluntad. Y los Hermanos tenían de sobras. Una fuerza de voluntad irracional y vitriólica, sí, cargada de maldad posiblemente, pero a su manera suficientemente poderosa…

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