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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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Cuando se cumplieron los treinta días de duelo y se reunieron junto a la tumba, Yánkele había intentado alejarla de allí. La había agarrado por los hombros cuando ella se puso a gritar de repente: «Mentira, mentira, mentira, todo es mentira, es mentira». La había sujetado con delicadeza, pero el cuerpo de ella ardía y el brazo de él le resultaba demasiado pesado en la piel, su solo contacto la molestaba como si de una quemadura se tratara, así es que se había sacudido para quitárselo de encima. Por otro lado, al oírse a sí misma gritando, se acordó de la promesa que había hecho la mañana en la que les dieron la noticia, que consistía en no dejarse llevar por los nervios. Había tomado la decisión -hasta ella se había sorprendido entonces al darse cuenta de la frialdad con la que actuaba- de no cejar en su empeño hasta que toda la verdad saliera a la luz, y de reservar todas sus fuerzas para esa sola empresa. La tristeza debilita, sólo proporciona la ilusión de sentir un alivio momentáneo, por lo que a su costa desaparecería la contención que protegía la decisión que había tomado. Pero el trigésimo día de duelo aquellas letras habían venido a comunicarle algo a Rajela, unas letras aparecidas debajo del nombre y por encima de la fecha de nacimiento de Ofer según el calendario hebreo -Ofer había nacido en t"u bi-shvat, unas cuantas semanas después de que los almendros hubieran adelantado su floración en rosa y en un blanco virginal a causa de aquel invierno tan seco, e incluso los girasoles se habían adelantado por aquel simulacro de primavera, tan falsa, que aquel año llegaba en enero, de manera que ya habían doblado las cabezas el día que lo llevó a casa desde el hospital envuelto en el mantón blanco que pasaba de niño a niño, el mismo en el que también había envuelto a sus hijas-, le habían anunciado que tenía una batalla más que librar, que se le había abierto un nuevo frente del que no había sido consciente hasta el momento en el que se plantó delante del mármol blanco -«estándar», le habían explicado después, sesenta centímetros de largo por cuarenta y uno de ancho tiene la piedra que se erige como estela y que se llama «cabezal»- y vio lo de «Caído en acto de servicio» grabado debajo de su nombre y por encima de las fechas del calendario hebreo. Entonces no sabía que se trataba de «la segunda fórmula», una de las tres versiones fijas y únicas que se graban en la lápida. Distinta de «Caído en combate», y que ellos llaman la primera fórmula, la segunda está reservada para casos de muerte en accidente de maniobras y para los suicidios que resultan por la presión del servicio militar, una fórmula más digna, a los ojos de ellos, que la que dice «Caído en el cumplimiento de su deber», que es la tercera fórmula y la de menos categoría de las tres, porque significa que ha muerto en circunstancias que no tienen nada que ver con el servicio militar, de una enfermedad hereditaria o que se ha suicidado por motivos familiares. Y ante la frase grabada le había brotado, en medio de todas aquellas personas que la miraban asustadas, otro grito que se perdió en el espacio vacío de detrás de la lápida: «Asesinos, lo han asesinado y ahora me dicen que cayó en el cumplimiento de su deber». Sentía en el cuello la pesada respiración de Yánkele. Todos estaban asustados. Ella había quebrantado todas las reglas. Las madres nacidas en el país, las auténticas nativas que pierden a sus hijos, y con mayor motivo si son de origen askenazí, se contienen y se comportan con respeto en los entierros de sus hijos. Todos los presentes saben, en ese momento, que el mundo se les ha venido abajo, pero de eso no se habla. Ante esa certeza no hay nada que hacer. Es demasiado espantosa como para poder expresarla. Se la encubre con todo tipo de recursos espirituales que van sacándole brillo a la glorificación del dolor, a la sutileza de las palabras, hasta convertirse a sus ojos en algo sublime. Lo que ellos quieren es que la madre permanezca ante ellos como una especie de Níobe, petrificada en medio de su dolor, después de que los dioses mataran a sus siete hijos y a sus siete hijas. Quieren que la lengua se le pegue al paladar y que se le convierta en una piedra, que los miembros se le congelen y que la sangre no fluya más por sus venas, que ya no pueda doblar el cuello ni mover los brazos. A las madres que han perdido a sus hijos se les permite, como mucho, derramar unas lágrimas silenciosas que se les hielen en un rostro petrificado. Les está completamente prohibido gritar. Si gritaran algo como «Daría mi vida a cambio de la tuya», entonces sí. A las madres que han perdido a sus hijos también les está permitido querellarse para sus adentros con Dios y echarle en cara lo que haga falta, pero tienen terminantemente prohibido criticar al ejército. A causa del grito que ella había lanzado, las personas que la rodeaban estaban ahora aterradas. Aunque no les veía las caras, porque ella estaba mirando hacia la piedra, y tampoco quería vérselas por la humillación que sentía -las palabras de la lápida lo habían embozado todo-, sin embargo notaba muy bien la confusión, el pavor y la impotencia de todas aquellas personas que parecían haberse convertido en un solo ser que hubiera nacido allí, en la sección militar del cementerio del moshav, una especie de oruga deforme, flácida y pegajosa, que apestaba a miedo y que iba avanzando hasta rodearlo todo, y ese hedor había que cortarlo con un cuchillo, talarlo con un hacha, volarlo por los aires.

Ahora Yánkele estaba ahí, mirando al muchacho de mármol, observándole los pies -había que reconocer que los pies le habían salido muy bien-, pero sin pronunciar palabra. Tampoco aquella mañana, cuando llegaron de repente, había dicho nada. «Mudo, más que mudo, di algo». Aquella mañana caían pesadas unas silenciosas gotas de lluvia, y ella había podido oír con toda claridad el ruido de un motor que le hizo volver la cabeza y ver un vehículo desconocido que llegaba salpicando el barro del camino. Salió precipitadamente a su encuentro porque creyó que se trataba de los técnicos que venían a arreglar la máquina clasificadora que se había averiado, pero en cuanto salió se dio cuenta de que no se trataba de los técnicos. Eran tres, un hombre y una mujer vestidos de militares y otro hombre de civil. En un primer momento no se le ocurrió que pudiera tratarse de ellos, porque no tenía ningún motivo por el que estar preocupada ya que Ofer estaba realizando un cursillo muy seguro en una base del Ejército del Aire cerca del moshav. Pero, todavía distraída, cuando se acercó al cobertizo de los tractores, la asaltó el temor de que pudieran haber venido por algún asunto que no fuera a entender y que tuviera que verse obligada, como ya le había pasado antes, a permanecer delante de ellos limitándose a asentir con la cabeza, por lo que tendría que ir a buscar a Yánkele, que ahora estaba en los naranjales, para que él hablara con ellos. El hombre del uniforme militar, que tenía la graduación de teniente coronel y que llevaba la pechera adornada con otras insignias, señaló la casa y le preguntó si vivía ahí la familia Avni y si ella era Rajel Avni, y al contestarle afirmativamente a ambas preguntas fue la soldado, una pelirroja con pecas con la graduación de mayor, la que le pidió que entraran en la casa. Ella no les preguntó de inmediato ni por qué ni para qué, aunque mientras los guiaba hacia la entrada de atrás y pasaban los cuatro por el estrecho pasillo entre la gata y tres pares de botas de goma negras, presintió algo, pero todavía no ataba cabos, porque no acababa de convertir la situación en palabras mientras su cuerpo avanzaba con pesadez, como si caminara en medio de un sueño, y bajo la piel los dedos le empezaban a latir por las puntas, como si la sangre se le retirara hacia dentro, desde los pies hacia el vientre, el corazón le palpitaba con fuerza y su respiración era agitada. Extendió el brazo para indicarles el camino hacia la sala de estar y los tres pasaron delante de ella esquivando a los perros, que estaban tendidos en el suelo de la cocina, primero el teniente coronel, tras él, con paso vacilante, la oficial, y después el hombre vestido de civil que aún no había pronunciado ni una palabra.

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