Medicina para asesinos
- Автор: Lenormand Frederic
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Medicina para asesinos». Краткое содержание книги:
Algo muy parecido debió de pensar su Primera Esposa pues le obligó a jurar que iba a cambiar ya mismo sus métodos de investigación.
4
Di Yen-tsie busca una solución en las entrañas de un perro; y luego se va a investigar entre las flores.
Y a que la pista de los caídos en desgracia resultaba peligrosa, Di decidió consultar a los principales médicos acreditados en palacio: seguramente el cortesano envenenado cuya identidad le estaban ocultando había consultado a uno de ellos.
Por desgracia, por motivos de seguridad, esa preocupación obsesiva que no estaba facilitando precisamente el trabajo del investigador, los nombres de los médicos admitidos en el círculo del emperador se guardaban tan en secreto como las fechas de las próximas reencarnaciones de Buda.
Esa mañana en lugar de cruzar directamente la puerta del Pájaro Púrpura, Di mandó detener su palanquín y entró a pie en el recinto palaciego. El portero en jefe le vio llegar con una ancha sonrisa: pronto los favores que iba a deberle el viceministro no tendrían límites. Le dio sin vacilar el nombre del sabio al que se acudía siempre que un miembro del primer círculo sufría alguna dolencia imprevista. Estaba formalmente prohibido estar enfermo en el interior de la Ciudad Prohibida, un privilegio reservado a los príncipes. También el diagnóstico tenía ante todo la finalidad de tranquilizarlos sobre un posible contagio.
– Tiene que ver a Saber Absoluto -dijo el portero-. Es exactamente el tipo de persona a la que llamarían para examinar un caso dudoso. Nadie aquí se dejará atender por él, pues no goza de muy buena reputación en lo que se refiere a curaciones, pero es infalible a la hora de identificar el origen de cualquier enfermedad.
Di se prometió recurrir al portero el día que tuviera que elegir un sanador para uso personal.
Luego cruzó la ciudad en palanquín para llegar al tenderete que le había indicado su inestimable informante. Al lado de la entrada, un rótulo anunciaba que en su interior tenía su consulta un sabio eminente, al que sus pares habían dado el nombre de «Saber Absoluto».
Advirtieron al visitante que el honorable A Sheng estaba ocupado en una difícil operación. Como Di insistió, le hicieron entrar en una sala de techo bajo, con las paredes excavadas de nichos en los que descansaban un montón de libros, cubos y bolsas de papel encerado. Un hombre vestido de negro estaba inclinado sobre una mesa más alta de lo normal, con varios instrumentos metálicos en cada mano. El mandarín hizo un gesto de repelús al descubrir lo que tenía a la vista. Era un perro muerto, estirado sobre el lomo, el vientre abierto dejando ver sus órganos sanguinolentos. Di reprimió las ganas de devolver el desayuno y se presentó.
– Muy honrado -respondió A Sheng en el tono de alguien acostumbrado a ver a funcionarios de su nivel en situaciones en que a duras penas podían conservar su dignidad.
Aunque resultaba inútil, Di animó al cirujano a continuar con sus manipulaciones, que parecían muy delicadas. Mientras hurgaba dentro del perro, A Sheng se jactó de atender al emperador en persona, cosa que el mandarín fingió creer.
– Guárdeme el secreto. Una afección hepática -explicó Saber Absoluto exhibiendo el hígado del animal-. He de confesar con toda modestia que, sin mis diagnósticos, el Hijo del Cielo hace mucho tiempo que se habría reunido con sus antepasados.
Di volvió la cara ligeramente para no ver los trozos del sistema digestivo que este inestimable pilar del trono apartaba uno a uno con ayuda de una espátula metálica. Sin más preámbulos, expuso el motivo de su visita: deseaba saber qué cortesano se había visto recientemente aquejado por una enfermedad capaz de provocar alarma en el entorno de Su Majestad. Saber Absoluto le lanzó una mirada de sorpresa y le alargó un instrumento goteante con un líquido rojo y pegajoso que Di conocía demasiado bien.
– Por su pregunta, constato que Su Excelencia sabe ya casi tanto como yo mismo sobre el asunto. Parecen estar muy informados en el Departamento de Aguas y Bosques, dígame…
Di se abstuvo de explicar qué misteriosos vericuetos llevaban de la gestión de recursos naturales a este tipo de preocupaciones. Guardó silencio hasta que su interlocutor se dignara responder.
– Resulta que he oído hablar de este asunto -reconoció aquél-. Lo único que puedo hacer es repetirle lo que los rumores de la gente han traído a mis oídos.
Sin dejar de revolver entre las vísceras rojizas, explicó que unos diez días antes, la Cancillería había ordenado a uno de los sabios acreditados que acudiera al Pabellón de las Virtudes Civiles con su instrumental. Al práctico se lo introdujo en una habitación a oscuras donde el paciente lo esperaba. Llevaba el rostro cubierto por un velo que impedía identificarlo. El médico pudo tan sólo suponer que se trataba de un personaje de muy alto rango, por los miramientos con que se lo trataba y las escasas palabras que pronunció a través de la tela.
Di consideró que los «rumores de la gente» estaban al cabo de la calle de lo que se tramaba en los más lóbregos rincones de la Cancillería. Adivinó lo que había pasado. Un cortesano se había sentido indispuesto dentro de la Ciudad Prohibida. De inmediato le prodigaron los recursos de la medicina, no tanto para su recuperación como para definir el mal que lo aquejaba, pues el enfermo había estado en contacto con Su Majestad.
Saber Absoluto se interrumpió para extirpar el bazo del desdichado perrillo sin malograrlo todo. Cuando terminó, retomó el hilo de su relato.
– Que el emperador enviase a un sanador para atenderlo fue para este desconocido un insigne honor que se volvió en su contra. El sabio del que le hablo diagnosticó una enfermedad que habitualmente se contrae tratando a las señoras, ya ve. Algo que pone nerviosa a mucha gente. El cortesano perdió el derecho a aparecer por la Corte en mucho tiempo.
Una vez terminada la consulta, lo sacaron sin que el paciente llegara a moverse de su asiento. Lo llevaron al gabinete del gran secretario Zhou, a quien reveló la naturaleza y progreso de la enfermedad.
Di ya no tuvo dudas sobre la identidad del médico en cuestión: lo tenía delante, sosteniendo una copela llena de materia viscosa. Saber Absoluto empezó a cortar su hígado con la misma excitación que si estuviese preparando alguna exquisitez.
– ¿Ve su aspecto encogido? Es lo que sospechaba. Este animal sufría una ictericia provocada por un desequilibrio del chi, su flujo vital.
Di ignoraba que los chuchos pudiesen sufrir un desequilibrio en su flujo vital. No dejó por ello de felicitar al cirujano por la conciencia profesional con que verificaba sus diagnósticos. A Sheng lo miró como si de pronto lo considerara un ingenuo.
– Eso es para mí una necesidad tan primordial como lo era su hígado para este animal. Su Majestad no suele perdonar los «más o menos» de quienes lo atienden.
Di lamentó que no hubiera podido salvar al perro, considerando que había identificado su enfermedad.
– Bah, no era una dolencia mortal en absoluto. Pero yo lo necesitaba para ratificar mis competencias.
Di se juró no permitir que atendiera a sus esposas, ni a sus hijos, ni siquiera a sus mascotas. Como ya había conseguido lo que buscaba, se abstuvo de prolongar la amena entrevista y se apresuró a salir en busca de aire fresco. Cada vez entendía menos las motivaciones de sus superiores. No veía qué convertía una enfermedad sexual en un atentado. En general, los hombres solían contraerlas en un momento de placer al que se entregaban por su propia voluntad.
¿Qué relación había entre el cuerpo médico al que se suponía debía investigar, un cortesano caído en desgracia y una marranada pillada en la cama? La respuesta era evidente: todo giraba en torno a una mujer de vida ligera. Di no entendía por qué le empujaban entonces a investigar entre los sabios. Si se pretendía remontarse al punto de partida de la enfermedad, más valía detener a todas las cortesanas de la capital y escoger. Se preguntó si no sería todo una excusa, un truco montado para eliminar a algunos médicos que sabían demasiado.