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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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Alfred frunció el entrecejo, esforzándose por recordar.

—Solo quedaba miss Shirty. Esperé a que llamase mister Morley, y en vista de que no la recibía, se marchó a la una y media, bastante enfadada.

—¿Y no se te ocurrió subir a ver si mister Morley estaba preparado?

Alfred negó con la cabeza.

—No, señor. Ni soñarlo. Porque sabía que el último cliente estaba todavía arriba. Tenía que esperar a oír el timbre. Claro que de haber sabido lo que había hecho mister Morley...

—¿El timbre suena antes que baje el paciente, o mientras baja?—preguntó Poirot.

—¡Oh, según! En general, cuando ya ha bajado la escalera. Si pide el ascensor, suena a veces mientras bajamos. Pero no hay regla fija. Alguna vez mister Morley esperaba unos minutos antes de llamar. Cuando tenía prisa llamaba en cuanto salían de la habitación.

—Ya... —Poirot hizo una pausa antes de proseguir—. ¿Te ha sorprendido el suicidio de mister Morley, Alfred?

—Me quedé de una pieza. No tenía motivos para hacer eso —los ojos de Alfred abriéronse desmesuradamente—. ¡Oh!... No habrá sido asesinado, ¿verdad?

—Suponiendo que sí, ¿te sorprendería menos? —intervino Poirot antes que Japp pudiera hablar.

—Pues no lo sé, señor. ¿Quién desearía asesinar a mister Morley? Era..., era un hombre muy corriente. ¿De veras le han asesinado?

—Tenemos que considerarlo todo. Por eso te he dicho que podrías ser un testigo muy importante y que debieras probar de reconstruir todo lo sucedido esta mañana —repuso Poirot con gravedad.

Alfred frunció el entrecejo en un prodigioso esfuerzo de memoria.

—No puedo recordar nada más, señor. De veras.

El tono de Alfred convenciólos.

—Está bien. ¿Y estás seguro de que no vinieron más pacientes?

—Sí, señor. Y el novio de miss Nevill..., muy enfadado por no encontrarla aquí.

—¿Cuándo fue eso?—preguntó Japp, receloso.

—Poco después de las doce. Al decirle que miss Nevill pasaría el día fuera, pareció descon-certado y quiso ver a mister Morley. Le dijo que estaría ocupado hasta la hora de comer, pero re-puso que no importaba, que esperaría.

—¿Y esperó?—inquirió Poirot.

Los ojos de Alfred reflejaron asombro al decir:

—¡Oh, no había pensado en eso! Entró en la sala de espera, pero más tarde no estaba allí. Debió de cansarse de esperar y pensaría volver en otra ocasión.

6

Una vez hubo salido Alfred de la habitación, Japp, dijo, mordaz:

—¿Cree usted que era conveniente sugerir al muchacho la idea de asesinato?

Poirot encogióse de hombros.

—Yo creo que sí. Es un estímulo para hacerle recordar cosas olvidadas y que le hará estar alerta por lo que pudiera suceder.

—De todas maneras, no queremos darle este carácter tan pronto.

Mon cher, Alfred lee novelas detectivescas. Está enamorado del crimen. Lo que se le escape a Alfred lo registrará su morbosa imaginación.

—Bien; acaso tenga razón, Poirot. Ahora vayamos a oír lo que tenga que decirnos Reilly.

* * *

La clínica y despacho de mister Reilly, situada en el primer piso, era tan espaciosa como la de arriba, aunque no tan bien equipada, y con menos claridad.

El socio de mister Morley era un hombre joven, alto y moreno, con un mechón rebelde de cabellos cayendo sobre su frente, voz atractiva y mirada astuta.

—Esperamos, mister Reilly—le dijo Japp después de las presentaciones—, que nos dé alguna luz sobre este asunto.

—Están ustedes equivocados. No puedo—respondió el otro—. Solo les digo que Henry Morley era una persona incapaz de suicidarse. Yo podría hacerlo, pero él no.

—¿Por qué habría usted de suicidarse?—inquirió Poirot.

—Porque tengo mil preocupaciones. La primera: el dinero. Nunca supe adaptar mis gastos a mis ingresos. Morley era hombre cuidadoso. Estoy seguro de que no le encontrarán deudas.

—¿Y en cuestiones amorosas...?—insinuó Japp.

—¿Quién? ¿Morley? No sentía la alegría de vivir. ¡Pobre hombre! Estaba dominado por su hermana.

Japp pasó a interrogarle sobre los pacientes de aquella mañana.

—¡Oh! Todos los tengo anotados y a su disposición. La niña Betty Heath es una chiquilla muy mona. He ido a visitar a toda su familia. Uno tras otro. El coronel Abercrombie, también antiguo cliente...

—¿Y qué nos dice de mister Howard Raikes? —preguntóle Japp.

Reilly hizo una mueca.

—¿El que se fue sin verme? Es la primera vez que viene. No sé nada de él. Telefoneó pidiendo hora.

—¿Desde dónde llamó?

—Desde el hotel Holborn Palace. Me parece que es americano.

—Eso dijo Alfred.

—Pues debe saberlo—aseguró mister Reilly—. Es un fanático aficionado al cine Alfred.

—¿Y el otro paciente?

—¿Barnes? Es un hombrecillo gracioso y puntual. Empleado del Estado, ya retirado. Vive en Ealing.

Japp hizo una pausa y luego preguntó:

—¿Qué puede decirnos de miss Nevill?

Reilly arqueó las cejas.

—¿La secretaria rubia? ¡Nada en absoluto! Sus relaciones con Morley eran perfectamente honestas... Estoy seguro.

—Yo no he dicho que no lo fueran —respondió Japp, enrojeciendo ligeramente.

—Ha sido culpa mía —repuso Reilly—. ¿Querrá perdonar mi mentalidad suspicaz? Creí que podría ser un intento por su parte para cherchez la femme. Perdone que emplee su idioma —añadió, dirigiéndose a Poirot—: Tengo buen acento, ¿verdad? Es que he sido educado en un colegio de monjas.

Japp no aprobó esta impertinencia.

—¿Sabe algo del prometido de miss Nevill? Se llama Carter, según creo. Francis Carter.

—Morley no le tenía en buen concepto—explicó Reilly—, y trató de que miss Nevill rompiera con él.

—¿Eso pudo disgustar a Carter?

—Probablemente, muchísimo—convino mister Reilly con regocijo.

Hizo una pausa y prosiguió:

—Discúlpeme, pero es un suicidio lo que está investigando, no un asesinato.

—Y si lo fuese, ¿tendría algo que sugerir?—preguntó Japp, vivamente interesado.

—¡Lo que es yo, no! ¿Quién quiere que fuese? ¿Georgina? Es mujer de temperamento, pero su moral es muy recta. Claro que yo pude subir fácilmente y matarle, pero no lo hice. En resumen, no puedo suponer que quisieran matarle; pero tampoco concibo que se suicidara.

Y añadió en otro tono de voz:

—A decir verdad, lo he sentido mucho. No deben juzgarme por mis modales. Estoy nervioso. Yo apreciaba al pobre Morley y le echaré mucho de menos.

7

Japp colgó el teléfono. Su rostro parecía preocupado al volverse hacia Poirot.

—Mister Amberiotis no se encuentra bien... y no podrá ver a nadie esta tarde. Pues a mí me recibirá... No se me escapa. Tengo a un agente en el Savoy dispuesto a detenerle si trata de escabullirse.

—¿Cree que Amberiotis mató a Morley?—dijo Poirot, pensativo.

—No lo sé. Pero es la última persona que le vio vivo. Y era un paciente nuevo. Según su relato, le dejó vivo y perfectamente a las doce y veinticinco. Eso puede ser o no verdad. Si Morley estaba con vida a esa hora, tendremos que reconstruir lo que pasara después. Aún quedan cinco minutos antes de su próximo cliente. ¿Entró alguien durante esos cinco minutos? ¿Carter? ¿Reilly? ¿Qué sucedió? A las doce y media, o todo lo más a la una menos veinticinco, Morley falleció; de otro modo, habría llamado o avisado de palabra si es que no pensaba recibir a miss Kirby. Como no lo hizo, o bien fue asesinado o alguien le dijo algo que le trastornó hasta el punto de suicidarse.

Hizo una pausa.

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