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Último Recurso

Электронная книга - «Último Recurso». Краткое содержание книги:

El jefe de policía estaba sentado detrás de un gran escritorio, firmando papeles. Sin levantar la mirada de su trabajo, le pidió a Bosch que se sentara al otro lado de la mesa. Al cabo de treinta segundos, el jefe firmó su último documento y miró a Bosch. Sonrió. -Quería recibirle y felicitarle por su regreso al departamento.
Tras tres años Harry Bosch vuelve al Departamento de Policía de Los Angeles. Junto con su antigua compañera Kiz Rider forma pareja en la Brigada de Casos Abiertos, unidad de élite creada para intentar aclarar unos ocho mil antiguos casos no resueltos.
El primer caso al que se enfrentan tiene implicaciones racistas y de corrupción policial. Se trata del asesinato de Rebecca Verloren, joven mestiza de dieciséis años asesinada en 1988. El hallazgo de ADN en el revólver empleado en el crimen permite reabrir la investigación muchos años después. El uso de las nuevas tecnologías en la investigación (comparación de ADN, bases de datos, búsquedas en Internet…) es una de las novedades destacables en esta novela, con guiños a CSI incluidos.
En esta novela, Bosch, que echaba de menos la placa, recupera antiguas sensaciones: vuelve a sentirse a gusto trabajando con Kiz, y sufre los habituales encontronazos con Irvin S. Irving que, a pesar de haber sido degradado por el nuevo jefe de policía, se resiste a perder su influencia.
Una trama construida con maestría.
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Bosch miró a Rider, que se había levantado. Vio que tenía parte del cabello chamuscado por la descarga de la pistola. Le había ido de un pelo.

– ¿Vas a ponerte bien?

– En cuanto pare este zumbido.

Bosch levantó la mirada y vio el pequeño agujero de bala en el techo. Oía las sirenas que se acercaban. Cogió a Stoddard del codo y tiró de él hacia la puerta del dormitorio.

– Voy a bajar y pondré a este tipo en un coche. Lo llevaremos a Devonshire, lo retendremos allí hasta que presentemos los cargos.

Rider asintió, pero Bosch sabía que todavía estaba pensando en lo que acababa de ocurrir. El zumbido en su oído era un recordatorio de lo justo que había ido.

Bosch cogió a Stoddard del brazo al bajar por la escalera. Cuando llegaron a la sala de estar, Stoddard habló con un tono de desesperación en la voz.

– Puede hacerlo ahora.

– ¿Hacer qué?

– Dispararme. Diga que traté de huir. Quíteme una de las esposas y diga que me solté. Quiere matarme, ¿verdad?

Bosch se detuvo y lo miró.

– Sí, quería matarle. Pero eso sería demasiado bueno para usted. Va a tener que pagar por lo que les hizo a esa chica y a su familia. Y matarle aquí mismo ni siquiera cubriría los intereses de estos diecisiete años.

Bosch lo empujó con rudeza hacia la puerta. Salieron al jardín delantero justo cuando un coche patrulla se detenía y apagaba la sirena. Bosch vio por la barra de luz aerodinámico del techo que era uno de los modelos nuevos con equipamiento de primera. El departamento sólo podía permitirse unos cuantos vehículos así en cada ciclo presupuestario.

El coche le dio a Bosch una idea. Levantó la mano e hizo un círculo en el aire con el dedo, la señal de que no había problemas.

Al conducir aStoddard hacia el coche vio que Muriel Verloren caminaba por el centro de la calzada hacia su casa. Estaba mirando a Stoddard. Tenía la boca muy abierta como si fuera a gritar horrorizada. Echó a correr hacia ellos.

41

Bosch viajó con Stoddard en el asiento de atrás del coche patrulla en el trayecto hasta la División de Devonshire. Rider se quedó atrás en la casa de los Verloren para calmar a Muriel y para que el personal médico la revisara. Cuando le dieran la autorización volvería en el coche de Bosch a la comisaría.

El trayecto hasta la división era de sólo diez minutos. Bosch sabía que tenía que darse prisa si quería que Stoddard hablara. Lo primero que hizo fue leerle al director sus derechos. Stoddard había hecho ciertas admisiones mientras estaba encerrado en el dormitorio de Rebecca Verloren, pero el hecho de que pudieran utilizarse en un juicio era cuestionable, puesto que no habían sido grabadas y él no había sido advertido de sus derechos, entre los que se incluía el de guardar silencio.

Después de leerle sus derechos de una tarjeta de visita que le había pedido antes a Rider, Bosch simplemente preguntó:

– ¿Quiere hablar conmigo ahora?

Stoddard estaba inclinado hacia delante porque todavía tenía las manos esposadas a su espalda. Tenía la barbilla casi en el pecho.

– ¿Qué hay que decir?

– No lo sé. O sea, no necesito que hable. Le tenemos. Acciones y pruebas, tenemos todo lo que necesitamos. Sólo pensaba que a lo mejor querría explicar las cosas, nada más. En este punto mucha gente quiere explicarse.

Al principio, Stoddard no respondió. El coche se dirigía hacia el este por Devonshire Boulevard. La comisaría estaba a unos tres kilómetros.

Antes, cuando había hablado con los dos patrulleros en el exterior del coche, le había pedido al conductor que fuera despacio.

– Es gracioso -dijo Stoddard al fin.

– ¿El qué?

– Soy profesor de ciencias, ¿sabe? O sea, antes de ser director daba clases de ciencias. Era el jefe del departamento de ciencias.

– Ajá.

– Y les enseñaba a mis alumnos lo que era el ADN. Siempre les decía que era el secreto de la vida. Descodificar el ADN era descodificar la vida.

– Ajá.

– Y ahora…, ahora, bueno, se ha usado para descodificar la muerte. Por ustedes. Es el secreto de la vida. Es el secreto de la muerte. No lo sé. Supongo que en realidad no tiene gracia. En mi caso es más bien irónico.

– Si usted lo dice.

– Un tipo que enseña el ADN es atrapado por el ADN. -Stoddard se echó a reír-. Eh, es un buen titular -dijo-. No se olvide de contárselo.

Bosch se inclinó y usó una llave para soltarle a Stoddard las esposas. Después volvió a cerrarlas por delante del torso del detenido para que éste pudiera incorporarse.

– En la casa ha dicho que la amaba -dijo Bosch. Stoddard asintió.

– La amaba. Todavía la amo.

– Bonita manera de demostrarlo, ¿no?

– No estaba planeado. Nada estaba planeado esa noche. La había estado vigilando, nada más. Siempre que podía, la vigilaba. Pasaba en coche por delante de su casa muchas veces. La seguía cuando iba en coche. También la vigilaba cuando estaba trabajando.

– Y siempre llevaba una pistola.

– No, la pistola era para mí, no para ella. Pero…

– Descubrió que era más fácil matarla a ella que a usted.

– Esa noche… vi que la puerta del garaje estaba abierta. Entré. No estaba seguro de por qué lo hice. Pensaba que iba a usar la pistola conmigo mismo. En su cama. Sería mi forma de demostrarle mi devoción.

– Pero en lugar de ponerse encima de la cama se metió debajo.

– Tenía que pensar.

– ¿Dónde estaba Mackey?

– Mackey. No sé dónde estaba.

– ¿No estaba con usted? ¿No le ayudó?

– Me dio la pistola. Hicimos un trato. La pistola por el graduado. Yo era su profesor y su tutor. Era mi trabajo de verano.

– Pero ¿no estaba con usted esa noche? ¿La subió usted solo por la colina?

Los ojos de Stoddard se abrieron y miraron a la distancia, a pesar de que su punto de enfoque estaba sólo en el asiento delantero.

– Entonces era fuerte -dijo en un susurro.

El coche patrulla pasó a través de la abertura en el muro de hormigón que rodeaba la comisaría de la División de Devonshire. Stoddard miró por la ventanilla. Ver todos los coches patrulla estacionados en la parte de atrás de la comisaría debió de actuar de despertador para él. Se dio cuenta de cuál era su situación.

– No quiero hablar más -dijo.

– Está bien -dijo Bosch-. Lo pondremos en un calabozo y podrá pedir un abogado si lo desea.

El coche se detuvo delante de unas puertas de doble batiente, y Bosch salió. Rodeó el coche, sacó a Stoddard y entró con él en comisaría. El despacho de detectives estaba en la segunda planta. Cogieron un ascensor y los recibió el teniente al mando de los detectives de Devonshire. Bosch lo había llamado desde la casa de los Verloren. Había una sala de interrogatorios preparada para Stoddard. Bosch lo sentó y le enganchó una de las esposas a una anilla de metal atornillada al centro de la mesa.

– Siéntese -le dijo Bosch-. Volveré.

En la puerta, miro a Stoddard y decidió dar un último paso.

– Y por si sirve de algo, creo que su historia es mentira -dijo.

Stoddard lo miró con sorpresa en el rostro.

– A qué se refiere. Yo la quería. No pretendía…

– La acechó con un único propósito. Matarla. Le rechazó y no pudo aceptarlo, así que quería su muerte. Y ahora, al cabo de diecisiete años, quiere contarlo de una manera distinta, como si se tratara de Romeo y Julieta. Es un cobarde, Stoddard. La vigiló y la mató, y debería ser capaz de reconocerlo.

– No. Se equivoca. La pistola era para mí.

Bosch volvió a entrar en la sala y se inclinó sobre la mesa.

– ¿Sí? ¿Y la pistola aturdidora, Stoddard? ¿También era para usted? Ha omitido esa parte de la historia, ¿verdad? ¿Para qué necesitaba una pistola aturdidora si iba a suicidarse?

Stoddard se quedó en silencio. Era casi como si después de diecisiete años hubiera conseguido borrar de la memoria la Professional l00.

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