Ender el Xenocida [Xenocide - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1648-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Ender el Xenocida [Xenocide - es]». Краткое содержание книги:
Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.
Sin embargo, era el deber de Miro. Se levantó lentamente, liberándose de su lugar entre las raíces de Humano. Lo intentaría. Iría a ver al obispo Peregrino y le diría lo que pretendían los pequeninos. El obispo difundiría la noticia y entonces la gente podría sentirse reconfortada al saber que miles de inocentes retoños de pequeninos serían asesinados para compensar la muerte de un hombre.
«¿Qué son los bebés pequeninos, después de todo? Sólo gusanos que viven en el oscuro vientre de un árbol-madre.» A la gente nunca se le ocurriría que apenas había diferencia entre este asesinato en masa de bebés pequeninos y la masacre de inocentes del rey Herodes en la época del nacimiento de Jesús. Sólo buscaban justicia. «¿Qué es la completa aniquilación de una tribu de pequeninos comparado con eso?»
Grego: «de pie en mitad de la plaza, la multitud alerta a mi alrededor, cada uno de ellos conectado a mí por un tenso cable invisible de forma que mi voluntad es la suya, mi boca pronuncia sus palabras, sus corazones laten a mi ritmo. Nunca he sentido esto antes, esta clase de vida, formar parte de un grupo como éste, y no ser sólo una parte, sino su mente, el centro, de forma que mi esencia los incluye a todos ellos, a cientos; mi furia es su furia, sus manos son mis manos, sus ojos sólo ven lo que yo les muestro».
La música, la cadencia de invocación, respuesta, invocación, respuesta:
—El obispo dice que recemos por la justicia, pero ¿es suficiente para nosotros?
—¡No!
—Los pequeninos dicen que ellos destruirán el bosque que asesinó a mi hermano, ¿pero les creemos?
—¡No!
«Ellos completan mis frases; cuando me paro a tomar aliento, ellos gritan por mí, de forma que mi voz no se calla nunca, sino que surge de las gargantas de quinientos hombres y mujeres. El obispo vino a verme, lleno de paz y paciencia. El alcalde vino a verme con sus advertencias de policía y tumultos, y sus amenazas de prisión. Valentine vino a verme, todo intelecto helado, hablando de mi responsabilidad.'Todos conocen mi poder, un poder que yo ignoraba, un poder que empezó sólo cuando dejé de obedecerlos y transmití finalmente a la gente lo que albergaba mi corazón. La verdad es mi poder. Dejé de engañar al pueblo y les di la verdad y ahora ven en qué me he convertido, en lo que nos hemos convertido juntos.»
—Si alguien castiga a los cerdis por matar a Quim, debemos ser nosotros. ¡Una vida humana debe ser vengada por manos humanas! Dicen que la sentencia para los asesinos es la muerte… ¡Pero somos nosotros quienes tenemos el derecho a decidir el verdugo! ¡Somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que la sentencia se cumple!
—¡Sí! ¡Sí!
—¡Dejaron morir a mi hermano en la agonía de la descolada! ¡Contemplaron su cuerpo ardiendo desde dentro! ¡Ahora quemaremos ese bosque hasta el final!
—¡Quemadlos! ¡Fuego! ¡Fuego!
«Ved cómo prende la cerilla, cómo arrancan puñados de hierba y la encienden. ¡La llama que encenderemos juntos!»
—Mañana partiremos en expedición de castigo…
—¡Esta noche! ¡Esta noche! ¡Ahora!
—Mañana. No podemos partir esta noche, tenemos que proveernos de agua y suministros.
—¡Ahora! ¡Esta noche! ¡A quemarlos!
—Os digo que no podremos llegar allí en una sola noche, está a cientos de kilómetros de distancia, harán falta días para llegar…
—¡Los cerdis están justo al otro lado de la verja!
—No los que mataron a Quim…
—¡Todos son unos asesinos hijos de puta!
—Son los que mataron a Libo, ¿no?
—¡Mataron a Pipo y Libo!
—¡Todos son asesinos!
—¡Quemémoslos esta noche!
—¡Quemémoslos a todos!
—¡Lusitania para nosotros, no para los animales!
«¿Están locos? ¿Cómo pueden pensar que los dejaría matar a estos cerdis? Ellos no han hecho nada.»
—¡Es Guerrero! ¡Es a Guerrero y su bosque a quienes tenemos que castigar!
—¡Castigadlos!
—¡Muerte a los cerdis!
—¡Quemadlos!
—¡Fuego!
«Un silencio momentáneo. Un instante de calma. Una oportunidad. Piensa en las palabras adecuadas. Piensa en algo para recuperarlos, se te están escapando. Formaban parte de mi cuerpo, eran parte de mi esencia, pero ahora se escabullen, un espasmo y he perdido el control, si es que alguna vez he llegado a tenerlo. ¿Qué puedo decir en esta fracción de segundo de silencio para devolverlos a la cordura?»
Demasiado tiempo. Grego esperó demasiado para pensar en algo. Fue una voz infantil la que llenó el breve silencio, la voz de un niño que todavía no había alcanzado la adolescencia, exactamente el tipo de voz inocente que podría causar que la santa furia de sus corazones entrara en erupción, para llevarlos a una acción irrevocable.
—¡Por Quim y por Cristo! —gritó el niño.
—¡Quim y Cristo! ¡Quim y Cristo!
—¡No! —gritó Grego—. ¡Esperad! ¡No podéis hacer esto!
Lo rodearon, lo derribaron. Estaba a gatas, alguien le pisó la mano. «¿Dónde está el banco en el que me había subido? Aquí está, agárrate, no dejes que te arrollen, me matarán si no me levanto, tengo que moverme con ellos, levantarme y caminar con ellos, correr con ellos o me aplastarán.»
Entonces se marcharon, dejándolo atrás, rugiendo, gritando, el tumulto de pies saliendo de la plaza a las calles, mientras pequeñas llamas prendían, y las voces gritaban «Fuego» y «Quemadlos» y «Quim y Cristo», fluyendo como una corriente de lava desde la plaza hacia el bosque que esperaba en la colina cercana.
—Dios del cielo, ¿qué están haciendo?
Era Valentine. Grego se arrodilló junto al banco, apoyándose en él, y vio que ella estaba a su lado, mirando la turba que se marchaba de aquel frío cráter vacío donde había comenzado la conflagración.
—Grego, engreído hijo de puta, ¿qué has hecho?
—Iba a conducirlos hasta Guerrero. Iba a guiarlos hacia la justicia.
—Eres físico, joven idiota. ¿No has oído hablar nunca del principio de incertidumbre?
—Física de partículas. Física filótica.
—Física de turbas, Grego. Nunca llegaste a poseerlos. Ellos te poseyeron a ti. Y ahora te han utilizado y van a destruir el bosque de nuestros mejores amigos y abogados entre los pequeninos. ¿Qué vamos a hacer? Será la guerra entre humanos y pequeninos, a menos que tengan un autocontrol inhumano, y será nuestra culpa.
—Guerrero mató a Quim.
—Un crimen. Lo que tú has iniciado aquí, Grego, es una atrocidad.
—¡Yo no lo hice!
—El obispo Peregrino te aconsejó. El alcalde Kovano te advirtió. Yo te supliqué. Y lo hiciste de todas formas.
—Me advirtió de una revuelta, no sobre esto…
—Esto es una revuelta, idiota. Peor que una revuelta. Es un pogrom. Es una masacre. Es un asesinato de niños. Es el primer paso en el largo y terrible camino hacia el xenocidio.
—¡No puede culparme por eso!
La cara de Valentine es terrible a la luz de la luna, a la luz de las puertas y las ventanas de los bares.
—Te echo la culpa sólo de lo que hiciste. Empezaste un fuego en un día seco, caluroso y con viento, a pesar de todas las advertencias. Te responsabilizo de eso, y si no te consideras responsable de todas las consecuencias de tus propios actos, entonces eres realmente indigno de la sociedad humana y espero que pierdas tu libertad para siempre.