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Las astronaves de madera [The Wooden Spaceships - es]

Электронная книга - «Las astronaves de madera [The Wooden Spaceships - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinticinco años desde que los habitantes de Land se vieron obligados a trasladarse a Overland, el planeta hermano que comparte su atmósfera, donde ahora están establecidos en pequeñas comunidades distanciadas entre sí. Contra todo pronóstico, los que se quedaron en Land han conseguido la inmunidad contra la pterthacosis, la enfermedad que forzó la emigración. Su ambicioso soberano reclama derechos sobre Overland, iniciando una guerra que amenaza la vida de los emigrantes. Toller Maraquine, el protagonista de la primera parte, es llamado para organizar una defensa desesperada al frente de una flota de satélites y aeronaves hechos de madera.
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Aunque el dolor de la herida de la espalda no era muy intenso, sus piernas estaban débiles y tenía una extraña dificultad para controlarlas. Se detuvo con la parte inferior de la curvatura de metal casi rozando su cabeza, e intentó realizar una última jugada que le costase cara al enemigo, pero las piernas le fallaron y cayó bajo un furioso ataque concentrado.

—¡Sondeweere! —llamó cuando la luz gris fue interceptada por las chorreantes figuras marrones, y las espadas de los seres extraños empezaron a encontrar su objetivo—. ¡No permitas que los pigmeos tengan esa satisfacción! Por favor, haz volar la nave… por mí…

Te queremos, Toller, dijo ella dentro de su cabeza. Adiós.

Inesperadamente, en los segundos que le quedaban… antes de que su cuerpo fuese dividido en átomos por un conflicto de geometrías naturales y artificiales, Toller logró un triunfo finaclass="underline" descubrió que no quería morir. Y hubo alegría en ese descubrimiento. Recuperó la dimensión completa de su humanidad al adquirir la conciencia de que era mucho peor para un hombre vivir cuando deseaba morir, que morir cuando deseaba vivir.

«Y hay aún otro consuelo», pensó, cuando la última noche se extendió a su alrededor. «Nadie podrá nunca decir que mi muerte ha sido una muerte común».

Capítulo 19

Bartan y Berise siguieron mirando atrás sobre sus hombros mientras caminaban de nuevo sobre Overland, y estaban a casi doscientos metros de la nave cuando ésta desapareció de repente.

Un segundo antes estaba allí —una esfera grisácea situada sobre la cumbre de una colina baja—, y al siguiente era un conjunto de globos de radiación que se expandían y contraían al chocar unos con otros. No se produjo ningún sonido, pero incluso el sol del antedía era débil en comparación con la intensa luz que emitió. Se elevó verticalmente hacia el cielo, ganando velocidad, cambiando de forma. Durante un momento, Bartan vio una estrella de cuatro puntas con los lados curvados hacia dentro. El núcleo estaba sembrado de manchas de brillos multicolores, pero al intentar centrar su mirada en la hermosa estrella, se fue haciendo cada vez más pequeña, apartándose del gran disco de Land hasta desvanecerse en el azul.

La confusión emocional de Bartan se convirtió en un desconsuelo que aumentó el dolor de la herida de su hombro. Había pasado menos de una hora desde que estuvo en Farland, azotado por la lluvia, contemplando cómo sus amigos morían uno a uno: Zavotle, Wraker y finalmente Toller Maraquine. En cierto modo, incluso en aquellos terribles segundos, esperó que el gran hombre no muriera. Le parecía inmortal, un gigante imperturbable destinado a seguir luchando sus guerras para siempre. Hasta que no le pidió a Sondeweere que le llevara con ella a la desolación del infinito, no se dio cuenta de que Toller era algo más que un gladiador. Ahora era demasiado tarde para intentar conocerlo, demasiado tarde para agradecerle el obsequio de la vida.

Además de su pesar por Toller, Bartan se vio obligado a aceptar que su esposa ya no sería su esposa, que se había convertido en otro tipo de gigante, en un coloso intelectual con quien no podría mantener una relación de hombre a mujer. Sabía que Sondeweere aún no había abandonado la galaxia, que durante algunos días estaría guiando a Gotlon en su regreso al hogar, pero de alguna forma estaba ya más lejos de él que las estrellas más lejanas. Su Gola particular se había apartado de su existencia, dejándolo sin ninguna orientación para la vida.

—No creo que tengamos que andar mucho —dijo Berise—. Parece que estamos cerca de la ciudad.

Bartan hizo visera con una mano y miró hacia Prad, cuyos arrabales se encontraban a unos tres kilómetros. Estaba mirando a través de una pantalla cambiante de imágenes consecutivas, pero pudo distinguir las nubes de polvo que desprendían las carretas y los jinetes que circulaban por la sinuosa carretera. Algunos campesinos, sin duda atraídos por el espectáculo de la nave simbonita, se aproximaban corriendo desde los campos cercanos.

—Me alegro de que tengamos tantos testigos —continuó diciendo Berise—; de otro modo el rey no creería todo lo que tenemos que contarle.

—Testigos —dijo Bartan Drumme con tono abatido—. Sí, testigos.

Berise miró atentamente su rostro.

—Creo que no deberías seguir andando. Será mejor que te sientes y me dejes revisar ese vendaje.

—En seguida estaré bien. Todavía me queda un remedio excelente.

Bartan desató el odre de coñac de su cinturón y se disponía a quitar el tapón cuando sintió la mano de Berise apoyada en su hombro.

—En realidad no necesitas esa medicina, ¿verdad? —le dijo ella.

—¿Qué tiene eso que ver con…? —hizo una pausa, mirando con asombro el rostro de Berise, advirtiendo que en su expresión había más preocupación que enfado—. No, en realidad no necesito la bebida.

—Entonces tírala.

—¿Qué?

—Tírala, Bartan.

De repente se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por lo que hacía, pero aún así dejó caer al suelo de mala gana el recipiente de cuero.

—De todas formas, estaba casi vacío —murmuró—. ¿Por qué sonríes?

—Por nada —la sonrisa de Berise se ensanchó—. Por nada en absoluto.

FIN
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