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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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Jude le dio la espalda otra vez y dirigió la vista a la puerta irregular dibujada con sangre. Miró estúpidamente la larga y torcida estructura roja, un recuadro vacío que contenía algunas huellas de manos de color escarlata. No estaba terminada todavía y trató de pensar qué más necesitaba. Entonces se le ocurrió que aquello no era una puerta si no había manera de abrirla. Gateó hacia delante y pintó un círculo, un pomo, en el centro del rectángulo.

La sombra de Craddock cayó sobre él. ¿Los fantasmas podían proyectar sombra? Jude se sorprendió. Estaba cansado. Era difícil pensar. Se arrodilló sobre la puerta y sintió que algo daba un golpe por el otro lado. Fue como si el viento, que todavía azotaba la casa en ráfagas furiosas, constantes, tratara de entrar a través del linóleo.

Una línea clara, de incipiente luminosidad, apareció por el borde derecho de la puerta. Enseguida fue una vivida y radiante franja blanca. Algo golpeó otra vez el otro lado, como un león salvaje que estuviera atrapado bajo el suelo. Golpeó por tercera vez. Cada golpe producía un gran estruendo, que estremecía la casa, haciendo que los platos sonaran al bailar en la bandeja de plástico, junto al fregadero. Jude sintió que sus codos comenzaban a ceder un poco y decidió que no había razón para quedarse allí a cuatro patas, y además, ya era demasiado esfuerzo. Se dejó caer hacia un lado, rodó fuera de la puerta y se quedó acostado sobre su espalda.

Craddock estaba de pie sobre Marybeth, con su traje negro de muerto, que tenía torcido un lado del cuello. El sombrero había desaparecido. El fantasma no avanzaba. Se había detenido. Miró con desconfianza la puerta dibujada con sangre que tenía a sus pies, como si fuera una escotilla secreta y él hubiera estado a punto de pisarla y caer por ella.

– ¿Qué es esto? ¿Qué has hecho?

Cuando Jude habló, su voz pareció llegar de una gran distancia, como si se tratara de algún truco de ventriloquia:

– Los muertos reclaman lo suyo, Craddock. Tarde o temprano reclaman lo suyo.

La puerta deforme se hinchó y luego retrocedió en el suelo. Se volvió a hinchar. Casi daba la impresión de estar respirando, o palpitando brutalmente. La línea de luz se extendió por la parte de arriba. Ahora era un rayo de luminosidad tan intenso que no se podía mirar directamente sin riesgo de cegarse. Giró en el ángulo y siguió hacia abajo, por el otro lado de la puerta.

El viento lanzaba un lamento fúnebre, más intenso que nunca, un chillido alto y agudo. Pasado un momento, Jude se dio cuenta de que no se trataba del viento que soplaba fuera de la casa, sino de un vendaval que gemía en los bordes de la puerta dibujada con sangre. No soplaba hacia fuera, sino que estaba siendo absorbido hacia dentro, a través de aquellas líneas blancas, cegadoras. Sus oídos se taponaron de golpe y Jude pensó en un avión que descendiera demasiado rápidamente. Los papeles se arrugaron, luego levantaron el vuelo sobre la mesa de la cocina y empezaron a girar por encima, persiguiéndose unos a otros. Pequeñas y delicadas ondas se movían sobre el ancho charco de sangre, alrededor de la cara inexpresiva y con los ojos desmesuradamente abiertos de Marybeth.

El brazo izquierdo de la mujer estaba estirado sobre el lago de sangre, apuntando a la puerta de entrada. En un momento en que Jude no estaba mirando, se había movido, para dejar la mano señalando de aquella manera. Los dedos descansaban sobre el círculo rojo que había dibujado a modo de pomo.

En algún lugar, un perro empezó a ladrar.

Un instante después, la puerta pintada sobre el linóleo se abrió. Según las leyes de la física, Marybeth debería haber caído al otro lado, pues la mitad de su cuerpo estaba echada sobre la puerta; pero no fue así. En lugar de ello, flotó, como si la sostuviera una hoja de brillante vidrio. Un paralelogramo irregular llenaba el centro del suelo, una trampilla abierta, inundada con una luz sorprendente, un brillo cegador que se alzaba alrededor de ella.

La intensidad de aquella luz que llegaba, desbordante, desde abajo, convirtió la habitación en un negativo fotográfico. Todo fueron claroscuros y sombras planas e imposibles. Marybeth era una figura negra, sin rasgos característicos, suspendida en una hoja de luz. Craddock, de pie sobre ella, con los brazos alzados para protegerse la cara, parecía una de las víctimas de la bomba atómica de Hiroshima, la imagen abstracta de un hombre, de tamaño natural, dibujado con ceniza sobre una pared negra. Los papeles todavía giraban y revoloteaban por encima de la mesa de la cocina, pero se habían vuelto negros y parecían una bandada de cuervos.

Marybeth dio una vuelta sobre sí misma y levantó la cabeza, pero ya no era Marybeth. Era Anna, y rayos de luz llenaban sus ojos y su rostro era tan severo como el juicio del propio Dios. Y la muerta habló:

– ¿Por qué?

Craddock respondió siseando:

– Vete. Regresa.

Luego hizo balancearse la cadena de oro de su péndulo, y la hoja en forma de media luna gimió en el aire, trazando un círculo de fuego plateado.

Anna estaba ya de pie, en la base de la brillante puerta. Jude no la había visto levantarse. En un momento estaba acostada y en el siguiente se encontraba de pie. Tal vez el tiempo se había encogido. El tiempo ya no tenía importancia. Jude levantó una mano para protegerse los ojos de los reflejos más intensos, pero la luz estaba por todas partes y no había manera de esquivarla. Podía ver los huesos de su mano, y la piel tenía el color y la transparencia de la miel. Sus heridas, el corte de la cara, el muñón del dedo índice amputado, latían produciendo un dolor que era a la vez profundo y estimulante. Creyó que podría ponerse a gritar, de miedo, de júbilo, como reacción a lo que ocurría, por todo eso y muchas cosas más. Estaba poco menos que en éxtasis.

Anna se acercó a Craddock y volvió a lanzar su pregunta:

– ¿Por qué?

El padrastro usó la cadena como un látigo, lanzándola hacia ella, y la navaja curva prendida en el extremo le hizo un amplio corte en la cara, desde el ángulo del ojo derecho, por la nariz, hasta la boca…, pero el tajo sólo dio paso a un nuevo rayo de brillante luz, y el punto en que la luz tocaba a Craddock empezó a echar humo. Anna extendió la mano hacia él.

– ¿Por qué?

Craddock chilló cuando ella lo envolvió en sus brazos, gritó más y la cortó de nuevo, esta vez en los pechos, y con ello hizo otra abertura hacia la eternidad. Sobre la cara de Craddock cayó una luz deslumbrante, un brillo que quemó y eliminó sus facciones, que borró todo lo que tocaba. El gemido del fantasma sonó tan fuerte que Jude pensó que sus tímpanos iban a estallar.

Anna repetía, implacable, su pregunta. Lo hizo una última vez antes de poner su boca sobre la del padrastro. En cuanto lo hizo, de la puerta de sangre saltaron los perros negros, los animales de Jude, canes gigantes de humo, de sombra, con colmillos de tinta.

Craddock McDermott luchó, tratando de apartarla, pero ella iba cayendo hacia atrás con él, lentamente, hacia la puerta, y los perros corrían alrededor de sus pies, y mientras saltaban se estiraban y perdían su forma, desenrollándose como ovillos de lana, convirtiéndose en largos trazos de oscuridad que se desplegaban alrededor de él, que subían por sus piernas, envolviéndolo por la cintura, atando al hombre muerto con la chica muerta. Mientras Craddock era arrastrado hacia abajo, hacia la luminosidad del otro lado, Jude vio que la parte de atrás de la cabeza del viejo se desprendía, y un rayo de luz blanca intensísima, azul en los bordes, lo atravesó y dio en el techo, donde quemó el yeso, haciendo que burbujeara y echara espuma.

Cayeron por la puerta abierta y desaparecieron.

Capítulo 45

Los papeles que habían estado girando por encima de la mesa de la cocina bajaron y se posaron con un leve crujido, amontonándose en una pila, casi exactamente en el mismo sitio de donde habían partido. En el silencio que siguió, Jude percibió un delicado murmullo, parecido a un pulso profundo y melódico, que era más bien sentido en los huesos que escuchado. Subía y bajaba, y subía otra vez. Era una suerte de música no humana, no humana, pero tampoco desagradable. Jude nunca había escuchado instrumento alguno que produjera sonidos como aquéllos. Pensó que parecía la melodía casual producida por unos neumáticos deslizándose armónicamente sobre el pavimento. Aquella música baja, poderosa, podía sentirse también en la piel. El aire vibraba con ella. Se diría que era casi una propiedad de la luz, que llegaba inundándolo todo a través del rectángulo torcido que dibujara con sangre en el suelo. Jude parpadeó ante la luz y se preguntó dónde se habría ido Marybeth. «Los muertos reclaman lo suyo», pensó, y sintió un temblor inesperado en todo su cuerpo. Tardó unos instantes en volver a controlarse.

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