La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
La casa del oncle Virolet estaba en una callecita estrecha y sombría que partía de una plaza donde se hallaba enclavada la iglesia, la Casa Consistorial y el cuartelillo de la Guardia Civil. En la plazuela se detuvieron los curiosos y yo me adentré solo en la calle desierta. Caminé aprisa, pegado a los muros, agachándome al pasar frente a las ventanas. Así llegué a mi destino, sin que ningún pormenor turbase la calma del pueblo. Me volví a mirar atrás en el último momento, tentado de pedir ayuda o de salir corriendo. Pero no era posible: aquel asunto tenía que resolverse y eso había de hacerlo yo, a mi modo y por mis medios. Por otra parte, los curiosos no parecían muy dispuestos a intervenir activamente: se habían acomodado bajo los soportales de la plaza y liaban pitillos o daban rítmicos tientos a un porrón colosal.
La puerta de la casa del oncle Virolet estaba entornada; la empujé y vi un largo pasillo en tinieblas. Me hice a un lado y esperé, conteniendo unos segundos la respiración. Nada sucedió. Asomé la cabeza: el corredor continuaba expedito. Al fondo distinguí una rendija de luz. Me introduje en la casa y recorrí la distancia que me separaba de la luz con extrema cautela. Otra puerta entornada. Volví a empujar. Me hice a un lado. Silencio absoluto. Miré y no vi más que una estancia iluminada y aparentemente vacía.
– ¿Hay alguien ahí? -pregunté.
– Javier, ¿eres tú?
Reconocí la voz de María Coral.
– Sí, soy yo. ¿Está Max contigo?
– No, ha salido y tardará en volver. Entra sin miedo.
Entré. Lo primero que sentí fue el cañón de un revólver apoyado en la sien. Luego una mano arrebató mi pistola. María Coral lloraba en un rincón con la cara oculta en los brazos doblados sobre las rodillas.
– Pobre Javier…, oh, pobre Javier -le oí decir entre sollozos.
María Coral nos había dejado a solas. Max se sentó a la mesa y me invitó a ocupar otra de las sillas. Hice lo que me ordenaba y el pistolero guardó sus armas en el cinto, colocando la mía en la mesa, fuera de mi alcance. Luego se quitó el bombín, se aflojó la corbata y me pidió permiso para quedarse en mangas de camisa. «Il fait chaud, n'est-ce pas?» Le dije que sí, que hacía mucho calor. Mientras se despojaba de la chaqueta le observé detenidamente: su rostro barbilampiño y su tez sonrosada no revelaban, a diferencia de la mía, la menor muestra de cansancio. Parecía limpio y fresco, como recién salido de un baño de sales. Captó mi mirada y sonrió.
– Êtes-vous fatigué, monsieur Miranda?
Le confesé que sí; volvió a sonreír y señaló las montañas que se divisaban fragmentariamente a través de la ventana.
– Qu’il fait du bien, le plein air! -exclamó.
Luego se hizo un silencio tenso y, por fin, empezó a hablar en estos términos.
– Ya me perdonará, monsieur Miranda, que haya recurrido a este método tan poco deportivo, pero tiene su justificación en lo que le voy a contar. En primer lugar, no debe reprochar la intervención de María Coral en su vergonzosa captura. Lo hizo para evitar mayores males. Como usted comprenderá, yo no tenía por qué recurrir a esta…, ejem…, tricherie honteuse. Pude matarle, de haber querido, a traición o cara a cara en cualquier momento, á tout bout de champ. Pude hacerlo apenas me informaron, en Cervera, de que usted había salido en nuestra…, comme on dit?, poursuite? Eso es, sí, en nuestra persecución. ¿Por qué no lo hice? Ahora lo sabrá. Ante todo, yo no soy lo que usted piensa. Observe, por ejemplo, que mi castellano es correcto, cosa que hasta el presente me esforcé en disimular. No soy el clásico tueur á gages. Poseo una cierta instrucción, pienso por mi cuenta con bastante sensatez y soy hombre de buenos sentimientos, au fond. Circunstancias ajenas a mi voluntad me han conducido al desempeño de esta triste profesión, cosa que deploro, aunque reconozco que no lo hago mal. En ningún momento, sin embargo, me he sentido identificado con el oficio de matar, y por lo que a usted respecta, monsieur Miranda, jamás sentí animadversión hacia su persona, sino más bien una cierta simpatía. Esto en lo tocante a mí. En cuanto a María Coral, créame, sólo es una víctima inocente a la que usted no ha sabido hacer justicia. Perdone si me interfiero en sus affaires du coeur, cosa que no suelo hacer y que prometo no repetir en el curso de nuestra conversación. Y volviendo a los hechos en l'espéce, le diré que nuestra huida no se debe a meras causas emocionales, como usted sin duda habrá supuesto, sino a otros condicionamientos más fríos, pero a la vez más comprensibles.
Se interrumpió, se peinó con los dedos sus rubios y lacios cabellos y cerró los ojos como si recogiera el hilo invisible de sus pensamientos.
– Sepa usted, ante todo, que Lepprince no le ha dicho la verdad. Al menos, no le ha dicho toda la verdad. Y ese aspecto que ha tenido la prudencia de ocultarle es el que yo le voy a desvelar: Lepprince está… en faillite, ¿cómo se dice en español? ¿Quiebra? Sí, ésa es la palabra: quiebra. No, aún no es cosa oficial, pero ya se sabe en todos los círculos financieros. La fábrica no produce, las mercancías se oxidan en el almacén, los acreedores acosan por todas partes y los Bancos han vuelto la espalda a la firma. Tarde o temprano estallará la situación y, entonces, Lepprince está perdido. Sin dinero, sin influencias y, por decirlo todo, sin mí, sus días están contados. Quienes le han odiado en silence durante años, aprovecharán para caer sobre sus despojos. Y son muchos los que acechan, téngalo por cierto. No diré que los admiro, pero, en cierta medida, los comprendo. Lepprince ha gustado de jugar con los débiles y ha hecho mucho mal. Es justo que ahora pague. Pero no nos desviemos del tema.
Hizo una nueva pausa. Fuera, en la plaza, sonaron las campanas de la iglesia. Ladró un perro a lo lejos. El cielo se había vuelto rojizo y las montañas se recortaban amenazadoras.
– En las circunstancias referidas, monsieur, era lógico que tanto María Coral como yo tratáramos de ponernos a salvo, dado que ambos éramos, y somos aún, las dos personas más étroitement ligadas a Lepprince. Esta actitud, que objetivamente considerada, podría calificarse de déloyale, no lo es si tomamos en cuenta el factor esencial de nuestra relación, c'est á dire, el dinero. Finiquitado éste, resulta lógico que Lepprince se defienda por si mismo (hablo de mi caso) y que busque l'épanouissement en su legitima esposa (hablo de María Coral). María Coral, y no vea en mis palabras un juicio de valor sino la constatación de un hecho, no puede apoyarse en usted. Falto de Lepprince, saldada la empresa, usted queda en el aire; así son las cosas. Decidimos, por lo tanto, huir. De no haber sido por la repentina découverte de la grossesse de María Coral, a estas horas habríamos rebasado la frontera y usted no nos habría dado alcance. Ahora las cosas han cambiado: ella no puede seguir viaje a lomos de un caballo. Por eso recurrimos al método de atraerle y dialogar. No en busca de un enfrentamiento que sólo producirla derramamiento de sangre, sino en busca de su colaboración, dado que la enemistad, actualmente, n'a pas de sens.
Dejó de hablar y reinó el silencio durante largo rato. Yo luchaba por hacerme cargo de la situación, asimilando las razones que me daba el pistolero. Lo que fue en un principio una turbulenta aventura sentimental finalizaba con una fría transacción en torno a una mesa.
– ¿Qué clase de colaboración esperan de mí? -pregunté.
– Que nos dé su automóvil.
– ¿No le sería más cómodo arrebatármelo?
– Supongo que usted opondría resistencia, y tal vez… la cosa tendría un desagradable desenlace.