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a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]

Электронная книга - «a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]». Краткое содержание книги:

Catorce son los seres humanos que a bordo del Reina de Hydros navegan por los peligrosos mares de un planeta acuático perdido en el espacio. Descendientes de los antiguos colonos terrestres, detestados por los aborígenes anfibios a causa de su voracidad y violencia, han sido desterrados por éstos. El suyo es un viaje a ninguna parte. Excepto que se considere una parte a un lugar envuelto en mitos y raros misterios, denominado La Faz de las Aguas. El capitán Delagard, un psicópata; el padre Quillan, en busca de una fe que ha perdido; el doctor Lawler, un hombre cínico y solitario. son algunos de los tripulantes de la nave. Una tripulación tan peligrosa para ella misma como las terribles asechanzas de un mar hostil. La Faz de las Aguas es una odisea de proporciones épicas, la parábola de un viaje de iniciación. En ella, Silverberg ha construido uno de los planetas más inquietantes e imaginativos de la ficción científica y una novela de intenso, insondable esplendor.
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—Comed con tranquilidad —les advirtió Delagard cuando se sentaron a la mesa—. No os atiborréis o vais a reventar.

Lis se había superado a sí misma para preparar la comida, haciendo como por arte de magia una docena de salsas diferentes de lo que parecía no ser absolutamente nada. Pero continuaba sin haber agua, lo que convertía el comer en una tarea difícil. Kinverson los animó a comer pescado crudo una vez más, para aprovechar la humedad que contenía. El mojar los trozos sangrantes en agua de mar ayudaba a hacerlos más agradables al paladar, pero aumentaba el problema de la sed.

—¿Qué ocurriría si bebiéramos agua de mar, doctor? —preguntó Neyana Golghoz—. ¿Nos moriríamos? ¿Nos volveríamos locos?

—Ya estamos locos —dijo suavemente Dag Tharp.

—Podemos tolerar una cierta cantidad de agua salada —respondió Lawler, pensando en la cantidad que él mismo había consumido últimamente, aunque no pensaba decir nada de ello—. Si tuviéramos agua dulce, podríamos de hecho aumentar la reserva diluyéndola en un diez o quince por ciento de agua de mar y no nos haría mal ninguno. En realidad, nos ayudaría a reponer la sal que perdemos constantemente con el sudor en este clima cálido.

»Pero no podremos vivir durante mucho tiempo sólo con agua de mar. Nuestros cuerpos conseguirían filtrarla y convertirla en agua pura, pero nuestros riñones no conseguirían librarse de la sal amontonada en ellos sin extraer agua de otros tejidos. Nos secaríamos muy rápidamente. Fiebre, vómitos, delirio, muerte.

Dan Henders instaló una hilera de pequeños alambiques solares, extendiendo plástico transparente sobre la boca de recipientes parcialmente llenos con agua de mar. Cada recipiente tenía un corte en el interior, cuidadosamente emplazado para recoger las gotas de agua dulce que se condensaban en la cara inferior del plástico; pero era un sistema tortuoso. Parecía imposible producir agua potable suficiente como para cubrir las necesidades de todos.

—Y si no llueve pronto, ¿qué va a pasar? —preguntó Pilya Braun—. ¿Qué vamos a hacer?

Lawler hizo un gesto en dirección al padre Quillan.

—Podemos intentarlo con los rezos —respondió.

A la noche siguiente, cuando el calor se les pegaba al cuerpo como un guante ajustado y el barco estaba perfectamente inmóvil sobre las aguas, al dirigirse a su camarote para meterse en la cama, Lawler oyó a Henders y Tharp susurrando en la cabina de radio. En el rasposo sonido de sus voces había algo irritantemente abrasivo. Cuando Lawler se detuvo por un instante en el pasillo, Onyos Felk descendió por la escalerilla y lo saludó con un breve movimiento de cabeza; luego Felk entró en la cabina de radio. Lawler, al detenerse ante la puerta de su camarote, oyó que Felk decía:

—El doctor está aquí fuera. ¿Le digo que entre?

Lawler no pudo oír la respuesta, pero tuvo que ser afirmativa, porque Felk volvió a salir y lo llamó con un gesto.

—¿Podrías entrar aquí un momento, doctor? —le preguntó.

—Es tarde, Onyos. ¿De qué se trata?

—Será sólo un minuto.

Tharp y Henders estaban sentados casi rodilla con rodilla en la diminuta cabina de radio; una vela goteante arrojaba una sombría luz entre ellos. Sobre la mesa había una botella de brandy de bayas marinas y dos vasos. Según recordaba Lawler, Tharp no era un bebedor habitual.

—¿Un poco de brandy, doctor? —preguntó Henders.

—Creo que no, gracias.

—¿Todo va bien?

—Estoy cansado —dijo Lawler, con poca paciencia—. ¿Qué ocurre, Dann?

—Hemos estado hablando de Delagard, discutiendo sobre el jodido lío de este viaje al que él nos ha arrastrado. ¿Qué piensas de él, doctor?

—¿De Delagard? —Lawler se encogió de hombros—. Ya sabes lo que pienso de él.

—Todos nosotros sabemos lo que pensamos todos; nos conocemos desde hace mucho tiempo. Pero dinos lo que piensas, de todas formas.

—Es un hombre de mucha determinación. Testarudo, fuerte, sin ningún escrúpulo. Totalmente seguro de sí mismo.

—¿Es un loco?

—Eso no puedo decirlo.

—Apuesto a que sí podrías —intervino Dag Tharp—. Tú piensas que está fuera de sus jodidos cabales.

—Es muy posible, pero también puede que no lo esté. No estoy en posición de saber lo que le va por la cabeza. Podría muy bien estar loco, pero yo me atrevería a apostar a que puede exponerte razones de perfecta apariencia racional para lo que está haciendo. Este asunto de la Faz de las Aguas puede que sea algo perfectamente sensato para él, claro.

—No trates de parecer tan inocente, doctor —dijo Felk—. Todos los lunáticos creen que sus locuras son perfectamente sensatas. No existe ni un solo hombre en toda la galaxia que haya creído jamás que estaba loco.

—¿Admiras a Delagard? —le preguntó Henders a Lawler.

—No particularmente —se encogió de hombros—. Posee algunos rasgos fuertes, que uno no puede menos que admirar. Es un hombre con visión, aunque no necesariamente creo que sus visiones sean muy admirables.

—¿Te gusta?

—No. En lo más mínimo.

—Al menos en eso eres honrado.

—Oye, ¿hay algún motivo para todo esto? —preguntó Lawler—. Porque, si simplemente estáis divirtiéndoos ante una botella de brandy mientras os decís el uno al otro qué miserable bastardo es Delagard, preferiría irme a la cama, ¿de acuerdo?

—Sólo estamos intentando averiguar de qué lado estás, doctor —dijo Dann Henders—. Dinos, ¿quieres que el viaje continúe como hasta ahora?

—No.

—Bien, ¿y qué estás dispuesto a hacer para cambiar las cosas?

—¿Es que hay algo que podamos hacer?

—Te he hecho una pregunta; no esperaba que me respondieras con otra.

—Estáis planeando un motín, ¿verdad?

—¿He dicho yo eso? No recuerdo haberlo dicho, doctor.

—Un sordo podría haberte oído decirlo.

—Un motín —dijo Henders—. Bien, entonces, ¿qué ocurriría si algunos de nosotros intentaran jugar un papel activo en la decisión de qué camino debe seguir el barco? ¿Qué dirías tú si eso ocurriera? ¿Qué harías?

—Es una idea malísima, Dann.

—¿Lo crees así, doctor?

—Hubo un momento en el que yo estaba tan ansioso como vosotros por conseguir que Delagard hiciera volver el barco. Dag lo sabe; hablé con él al respecto. «Tenemos que detener a Delagard», le dije. ¿Lo recuerdas, Dag? Pero eso fue antes de que la Ola nos trajera en volandas hasta aquí. Desde entonces he tenido mucho tiempo para pensar en el asunto, y he cambiado de opinión.

—¿Porqué?

—Por tres razones. Una es que éste es el barco de Delagard, para bien o mal, y no me gusta mucho la idea de quitárselo. Es una cuestión moral, podría decirse. Podrías justificarlo sobre la base de que está arriesgando nuestras vidas sin nuestro consentimiento, supongo; pero incluso así, no creo que sea una idea inteligente. Delagard es muy taimado. Demasiado peligroso. Demasiado fuerte. Está constantemente en guardia. Y muchos de los otros que están a bordo le son leales o le tienen miedo, lo cual viene a ser lo mismo a nivel práctico. Ellos no nos ayudarían; lo más probable es que lo ayudaran a él. Intenta hacerle alguna jugada rara y lo más probable es que acabes lamentándolo.

La expresión de Henders era glacial.

—Dijiste que tenías tres razones. Nos has dado dos.

—La tercera es el asunto del que Onyos hablaba el otro día —dijo Lawler—. Incluso en el caso de que nos apoderáramos del barco, ¿cómo harías que nos llevara de vuelta al mar Natal? Seamos realistas: no hay viento, y nos estamos quedando sin comida y sin agua a una velocidad mayor de la que quiero pensar. A menos que podamos captar un viento oeste, lo mejor que podemos hacer en este momento es continuar hacia la Faz con la esperanza de poder aprovisionarnos cuando lleguemos allí.

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