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La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]

Электронная книга - «La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]». Краткое содержание книги:

La Radio de Darwin es una intrigante especulación a partir de los actuales conocimientos biológicos y antropológicos, además de un ingenioso y bien tramado thriller que cuestiona casi todas nuestras creencias sobre los origenes del ser humano y su posible destino.
Tres hechos, que al principio parecen no estar relacionados, acabarán convergiendo para sugerir una novedad devastadora y sacudir los cimientos de la ciencia: la conspiración para ocultar los cadáveres de dos mujeres y sus hijos en Rusia, el descubrimiento inesperado en los Alpes de los cuerpos congelados de una familia prehistórica, y una misteriosa enfermedad que sólo afecta a mujeres gestantes e interrumpe sus embarazos.
Kaye Lang, una biológa molecular especialista en retrovirus, y Christopher Dicken, epidemiólogo del Servicio de inteligencia de Epidemias, temen que algo ha permanecido dormido en nuestros genes durante millones de años haya empezdo a despertar. Ellos dos junto al antropólogo Mictch Rafaelson, parecen ser los únicos capaces de resolver un rompecabezas evolutivo que puede determinar el futuro de la especie humana... si ese futuro sigue existiendo.
El premio Nebula, el equivalente en ciencia ficción al Oscar cinematográfico, avala el interés de esta obra, el más sugestivo thriller sobre la investigación genética y el futuro de la especie humana. Cinco premios Nebula, dos premios Hugo, el premio Apollo de Francia y el premio Ignotus en España garantizan la alta calidad e interés de la obra del brillante autor de Marte se mueve y Fundación y caos.

Premio Nebula 2000.
Novela Finalista del Premio Hugo 2000.
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Lipton se sentó en una silla metálica plegable. Dicken permaneció en pie. Paskow les acercó dos cajas llenas de carpetas.

—Hemos realizado treinta desde lo del bebé C —dijo—. Trece D y C y diecisiete de los de la mañana siguiente. Las píldoras actúan durante cinco semanas después del rechazo del feto de la primera fase.

Dicken revisó los informes. Eran directos y concisos, con notas del médico y la enfermera encargados del caso.

—No ha habido complicaciones importantes —dijo Paskow—. El tejido laminal supone una protección contra el lavado salino. Pero hacia el final de la quinta semana se ha disuelto y el embarazo resulta vulnerable.

—¿Cuántas peticiones ha habido hasta ahora? —preguntó Lipton.

—Hemos tenido seiscientas consultas. Casi todas tienen entre veinte y cuarenta años, y conviven con un hombre, casadas o no. Hemos remitido a la mitad de ellas a otras clínicas. Es un incremento significativo.

Dicken dejó las carpetas sobre la mesa.

Paskow le observó con atención.

—¿No lo aprueba, señor Dicken?

—No estoy aquí para aprobar o desaprobar —contestó—. La doctora Lipton y yo estamos haciendo entrevistas de campo para ver si nuestras cifras coinciden con la realidad.

—La Herodes va a diezmar a una generación completa —dijo Paskow—. Una tercera parte de las mujeres que acuden a nosotros ni siquiera dan positivo en los análisis de SHEVA. No han tenido ningún aborto. Simplemente quieren deshacerse del bebé, esperar unos años y ver qué sucede. El control de natalidad está convirtiéndose en un negocio boyante. Las clínicas de este tipo están llenas. Hemos montado dos nuevas salas en el piso de arriba. Muchos más hombres vienen con sus mujeres y sus novias. Puede que sea lo único bueno de todo esto. Los hombres se sienten culpables.

—No hay motivo para poner fin a todos los embarazos —dijo Lipton—. Las pruebas del SHEVA son muy exactas.

—Eso les decimos. No les importa —dijo Paskow—. Están asustadas y no confían en que nosotros sepamos qué puede ocurrir. Mientras tanto, cada martes y jueves, soportamos diez o quince piquetes de la Operación Rescate ahí fuera, clamando que la Herodes es un mito laico humanista, que no se trata de una enfermedad. Son sólo hermosos bebés innecesariamente asesinados. Dicen que se trata de una conspiración mundial. Están muy asustados y hacen mucho ruido. El milenio es joven.

Paskow había hecho copias de los informes estadísticos más importantes. Le tendió los documentos a Lipton.

—Gracias por su tiempo —dijo Dicken.

—Señor Dicken —les gritó Paskow mientras se iban—, una vacuna nos ahorraría muchos problemas a todos.

Lipton acompañó a Dicken hasta su coche. Una mujer negra de unos treinta años pasó junto a ellos y se detuvo ante la puerta azul. Se había envuelto en un abrigo de lana, a pesar de que el día era cálido. Estaba embarazada de más de seis meses.

—He tenido suficiente por hoy —dijo Lipton, pálida—. Regreso al campus.

—Tengo que recoger algunas muestras —dijo Dicken.

Lipton puso la mano sobre la puerta y añadió:

—Debemos informar a las mujeres que están en nuestra clínica. Ninguna de ellas tiene ninguna enfermedad venérea, pero todas han tenido la varicela y una de ellas tuvo hepatitis B.

—No tenemos constancia de que la varicela provoque problemas —dijo Dicken.

—Es un herpesvirus. Tus informes de laboratorio son aterradores, Christopher.

—Están incompletos. Maldita sea, casi todo el mundo ha tenido varicela, o mononucleosis, o herpes labial. Hasta ahora, sólo tenemos certeza respecto al herpes genital, la hepatitis y posiblemente el sida.

—Aún así tengo que decírselo —contestó Lipton y cerró la puerta con fuerza—. Se trata de ética, Christopher.

—Ya —dijo Dicken.

Liberó el freno de mano y encendió el motor. Lipton se dirigió a su propio coche. Al cabo de unos segundos, hizo un gesto de disgusto, apagó de nuevo el motor y se quedó sentado con el brazo asomando por la ventanilla, intentando decidir en qué debería invertir su tiempo las próximas semanas.

Las cosas no iban en absoluto bien en los laboratorios. Los análisis del tejido fetal y placentario de las muestras enviadas desde Francia y Japón mostraban vulnerabilidad a todo tipo de infecciones por herpesvirus. Ni un solo embarazo de la segunda fase había sobrevivido al nacimiento, de los 110 casos estudiados hasta el momento.

Era hora de aceptar la situación. La política de salud pública se hallaba en un momento crítico. Tendrían que tomarse decisiones y efectuar recomendaciones, y los políticos tendrían que reaccionar a esas recomendaciones con medidas que pudiesen ser explicadas ante un electorado claramente dividido.

Puede que no fuese capaz de salvar la verdad. Y en ese momento la verdad parecía algo muy lejano. ¿Cómo era posible que algo tan importante como un suceso evolutivo fundamental fuese desviado y pasado por alto con tanta efectividad?

En el asiento de al lado había amontonado una pila de correo de su oficina de Atlanta. No había tenido tiempo para leerlo en el avión. Alzó uno de los sobres y lanzó un juramento en voz baja. ¿Cómo no lo había visto inmediatamente? El remite y la letra eran lo bastante claros: el doctor Leonid Sugashvili le escribía desde Tbilisi, República de Georgia.

Abrió el sobre. Una fotografía en blanco y negro le cayó sobre el regazo. La recogió y examinó la imagen: figuras de pie ante una vieja y desvencijada casa de madera, dos mujeres con vestidos y un hombre con un mono. Parecían esbeltos, tal vez incluso delgados, pero no había forma de estar seguro. Las caras no se apreciaban.

Dicken desplegó la carta doblada que acompañaba a la foto.

Estimado doctor Christopher Dicken:

Me han enviado esta fotografía desde Atzharis AR, probablemente usted lo conoce como Adzaria. Fue tomada cerca de Batumi hace diez años. Se trata de supuestos supervivientes de las purgas por la que usted se interesaba. No se ve demasiado. Algunos dicen que todavía están vivos. Otros dicen que se trata de verdaderos extraterrestres, pero a ésos no les creo.

Los buscaré y le mantendré informado. El dinero es muy escaso. Agradecería el que su organización, el Centro para Enfermedades Infecciosas, pudiese prestarme apoyo financiero. Gracias por su interés. Creo que es posible que no se trate en absoluto de «abominables hombres de las nieves», ¡sino de personas reales! No he informado a la oficina de CCE en Tbilisi. Me han dicho que confíe únicamente en usted.

Atentamente,

Leonid Sugashvili

Dicken volvió a examinar la fotografía. Era como no tener nada. Una quimera.

«La Muerte cabalga sobre un caballo blanco, segando bebés a diestro y siniestro —pensó—. Y yo me he aliado con un grupo de chiflados y excéntricos en busca de dinero.»

52

Baltimore

Mientras Kaye se duchaba, Mitch marcó el número de su apartamento de Seattle. Tecleó su código y escuchó los mensajes. Había dos llamadas de su padre, una llamada de un hombre que no se identificaba y a continuación una llamada de Oliver Merton desde Londres. Anotó el número al tiempo que Kaye salía del baño envuelta en una toalla.

—Disfrutas provocándome —le dijo. Ella se secó el pelo con otra toalla, contemplándole con una mirada fija y apreciativa que resultaba desconcertante.

—¿Quién era?

—Recogía mis mensajes.

—¿Antiguas novias?

—Mi padre, alguien que no conozco, un hombre, y Oliver Merton.

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