Электронная книга - «Cuernos». Краткое содержание книги:
La vida de Ig Perrish es un verdadero infierno desde que su novia Merrin fuera asesinada un año atrás, en un episodio que si bien le fue ajeno tendió sobre él un manto de sospechas que nunca pudo sacudirse.
Una mañana, después de una fuerte borrachera, se encuentra con unos cuernos creciendo en su frente. Con el pasar de las horas descubrirá que tienen un extraño efecto en la gente: les hace contarle sus más oscuros deseos y secretos. Así, Ig se entera de que todo el pueblo, incluso sus padres, creen que él fue quien mató a Merrin. Tras el desconcierto de los primeros momentos, Ig aprenderá a sacar ventaja de ser el mismísimo diablo…
Joe Hill, príncipe del terror y autor prodigio de la exitosa novela El traje del muerto, vuelve a ponernos los pelos de punta con esta extravagante, original e imaginativa historia, en la que todo es, aparentemente, extraño e inexplicable.
– Merrin, ¿estás bien?
Negó con la cabeza.
– No…, sí. Lee, por favor, para. Para aquí.
Hablaba en un hilo de voz rebosante de tensión.
Se dio cuenta de que estaba a punto de vomitar. La noche se arrugaba a su alrededor, se le iba de las manos. Merrin estaba a punto de vomitar en su Cadillac, un pensamiento que, para ser sinceros, le anonadaba. Lo que más había disfrutado de la enfermedad de su madre y de su muerte había sido que le dejó como único dueño del Cadillac, y si Merrin vomitaba dentro se iba a poner furioso. Era imposible hacer desaparecer el olor a vómito de un coche.
Vio el desvío a la vieja fundición a la derecha y giró para tomarlo, a demasiada velocidad. La rueda delantera derecha patinó en la tierra al borde de la carretera y el coche se escoró violentamente hacia el lado contrario, lo menos indicado si se lleva a una chica a punto de vomitar en el asiento del pasajero. Reduciendo la velocidad enfiló la abrupta pista forestal, mientras los arbustos golpeaban los costados del coche y éste levantaba nubes de grava. Los faros iluminaron una cadena que atravesaba el camino y se aproximaba hacia ellos a gran velocidad y Lee continuó pisando el freno, haciendo detenerse el coche poco a poco, con suavidad. Por fin se detuvo con un gemido del motor y el parachoques casi incrustado en la cadena.
Merrin abrió la puerta y empezó a vomitar con una fuerte arcada que sonó como una tos. Lee puso el coche en punto muerto. Él también estaba temblando, pero de ira, y tuvo que hacer un esfuerzo por recuperar la serenidad. Si iba a meter a Merrin en la ducha aquella noche, tendría que ser paso a paso y llevándola de la mano. Podía hacerlo, podía llevarla a donde ambos estaban destinados a terminar, pero para ello necesitaba controlarse, controlar aquella noche que amenazaba con echarse a perder. Hasta ahora nada había ocurrido que no se pudiera enderezar.
Salió y caminó hasta el otro lado del coche mientras la lluvia le mojaba la espalda y los hombros de la camisa. Merrin tenía los pies apoyados en el suelo y la cabeza entre las piernas. La tormenta empezaba a perder fuerza y la lluvia golpeaba en silencio las hojas que pendían sobre el camino.
– ¿Estás bien? -preguntó.
Merrin asintió y Lee siguió hablando:
– Vamos a llevar a Terry a su casa y después te vienes conmigo a la mía y me cuentas todo lo que ha pasado. Te pondré una copa y podrás desahogarte. Hará que te sientas mejor.
– No, gracias. Ahora mismo quiero estar sola. Necesito pensar.
– No quiero que te quedes sola esta noche. En tu estado sería lo peor que puedes hacer. Además, en serio, tienes que venir a mi casa. Te he arreglado la cruz y quiero ponértela.
– No, Lee. Quiero irme a casa, ponerme ropa seca y tranquilizarme un poco.
Tuvo otra oleada de irritación. Típico de Merrin pensar que podían posponer aquello indefinidamente, como si pudiera esperar que la recogiera en El Abismo y la llevara a donde ella quisiera sin darle nada a cambio. Pero apartó este sentimiento. La miró con su blusa y su falda mojadas, tiritando, y caminó hasta el maletero del coche. Sacó su bolsa de gimnasia y se la ofreció.
– Tengo ropa de deporte. Una camiseta y un pantalón. Están secos y limpios.
Merrin vaciló, después agarró la bolsa por las asas y salió del coche.
– Gracias, Lee -dijo sin mirarle a los ojos.
Lee no soltó la bolsa, sino que se aferró a ella -y a Merrin- por un instante, impidiendo que desapareciera en la oscuridad para cambiarse.
– Tenías que hacerlo y lo sabes. Era una locura pensar que tú…, que cualquiera de los dos…
Merrin dijo tirando de la bolsa:
– Sólo quiero cambiarme, ¿vale?
Se volvió y se alejó con paso rígido y la falda pegada a los muslos. Al pasar delante del coche, los faros iluminaron su blusa, que se transparentaba como papel de cera. Pasó por encima de la cadena y continuó avanzando hacia la oscuridad, camino arriba. Pero antes de desaparecer se volvió y miró a Lee con el ceño fruncido y una ceja levantada en señal de interrogación. O de invitación. Sígueme.
Lee encendió un cigarrillo y se lo fumó de pie junto al coche, preguntándose si debería seguirla, dudando si internarse en el bosque con Terry mirando. Pero transcurridos un minuto o dos comprobó que éste se había tumbado en el asiento trasero con una mano sobre los ojos. Se había dado un buen golpe en la sien derecha y antes de eso ya estaba bastante colocado, más cocido que una gamba de Nochevieja, de hecho. Era curioso, encontrarse allí junto a la fundición, como el día en que conoció a Terry Perrish y éste hizo volar un gigantesco pavo por los aires con Eric Hannity. Se acordó del porro de Terry y lo buscó en el bolsillo. Tal vez un par de caladas le asentarían el estómago a Merrin y la volverían menos arisca.
Observó a Terry unos minutos más, pero cuando comprobó que no se movía tiró la colilla del cigarro en la hierba húmeda y echó a andar por el camino en busca de Merrin. Siguió los surcos de grava trazando una curva y después una pequeña pendiente, y allí estaba la fundición, perfilada contra un cielo de furiosas nubes negras. Con su gigantesca chimenea, parecía una fábrica de pesadillas a granel. La hierba mojada relucía y se agitaba con el viento. Pensó que tal vez Merrin había ido a cambiarse dentro del torreón de ladrillo en ruinas y envuelto en sombras, pero entonces la escuchó llamarle desde la oscuridad, a su izquierda.
– Lee -dijo.
La vio a pocos metros del camino.
La bolsa de gimnasia estaba a sus pies y las ropas mojadas dobladas y puestas a un lado, con los zapatos de tacón encima. Había algo metido en uno de ellos, parecía una corbata, doblada varias veces. ¡Cómo le gustaba a Merrin doblar cosas! A veces Lee tenía la impresión de que llevaba años doblándole a él en pliegues cada vez más pequeños.
– No tienes ninguna camiseta. Sólo pantalones de chándal.
– Es verdad. Se me había olvidado -dijo caminando hacia ella.
– Pues vaya mierda. Dame tu camisa.
– ¿Quieres que me desnude?
Merrin trató de sonreír, pero sólo consiguió suspirar con impaciencia.
– Perdona, Lee, pero… no estoy de humor.
– Claro que no. Lo que necesitas es una copa y alguien con quien hablar.
Le enseñó el porro y sonrió, porque sentía que debía sonreír en ese momento.
– Vamos a mi casa y si hoy no estás de humor lo dejamos para otro día.
– ¿De qué hablas? -preguntó Merrin frunciendo el ceño, con las cejas muy juntas-. Quiero decir que no estoy de humor para bromas. ¿De qué estás hablando tú?
Lee se inclinó y la besó. Los labios de Merrin estaban fríos y húmedos. Se estremeció y dio un paso atrás, sorprendida. La cazadora se deslizó de sus manos, pero la sujetó para interponerla entre los dos.
– ¿Qué estás haciendo?
– Sólo quiero que te sientas mejor. Si estás triste es en parte culpa mía.
– Nada es culpa tuya.
Merrin le miraba con los ojos muy abiertos y expresión desconcertada. Pero poco a poco iba cayendo en la cuenta de lo que ocurría. Parecía una niña pequeña. Era fácil mirarla y olvidarse de que tenía veinticuatro años y no era una jovencita virgen de dieciséis.
– No he roto con Ig por ti. No tiene nada que ver contigo.
– Excepto que ahora podemos estar juntos. ¿No era ése el motivo de todo este numerito?
Merrin dio otro paso atrás tambaleándose, con una expresión de suspicacia cada vez mayor y la boca abierta como disponiéndose a gritar. Sólo que no gritó. Se rió, una sonrisa forzada e incrédula. Lee hizo una mueca de dolor. Por un momento fue como oír a su madre riéndose de él. Deberías pedir que te devuelvan el dinero.