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Caso Cerrado

Электронная книга - «Caso Cerrado». Краткое содержание книги:

Debería haber sido un caso visto y no visto. El principal presentador de radio del Canadá, Kevin Brace, ha confesado que ha dado muerte a su joven esposa. El cadáver de su mujer yace en la bañera con una herida mortal de cuchillo justo debajo del esternón. Ahora, sólo debería quedar el procedimiento legal: documentar la escena del crimen, llevar el caso a juicio y se acabó. El problema es que, después de musitar esas palabras incriminadoras, Brace se niega a hablar con nadie, ni siquiera con su propia abogada. Con el descubrimiento de que la víctima era una alcohólica autodestructiva, la aparición de unas extrañas huellas dactilares en la escena del crimen y un revelador interrogatorio judicial, el caso, aparentemente sencillo, empieza a adquirir todas las complejidades de un juicio por asesinato ardorosamente disputado.Firmemente enraizada en Toronto, desde la antigua prisión del Don hasta el depósito de cadáveres o los umbríos corredores de la histórica sala de justicia del Ayuntamiento Viejo, Caso cerrado nos conduce en una visita fascinante a una ciudad tan vital y excitante como el mosaico abigarrado que puebla el relato de Rotenberg. Están Awotwe Amankwah, el único periodista negro que cubre el crimen; el juez Jonathan Summers, un ex capitán de la Marina que dirige su tribunal como si todavía estuviera en el puente de mando; Edna Wingate, una «esposa de guerra» británica de ochenta y tres años fervorosa practicante del yoga con calor, y Daniel Kennicott, ex abogado de un gran bufete que se hizo policía después de que su hermano fuese asesinado y la investigación terminara en un callejón sin salida
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Kennicott tomó un sorbo de agua fría y asintió.

– Son unos cabrones. Creen que dirigen la Fiscalía. Todo el mundo detesta a Cutter.

– Lo sé. -Summers parecía nerviosa-. Pero, entonces, Cutter dijo con esa maldita voz sonora que tiene: «Será mejor que ese capullo hispano cierre el pico respecto a eso», y Gild replicó: «Fernández es don Ambición y sabe que este caso es su gran oportunidad». «Exacto -dijo Cutter y añadió-: Y está al corriente de lo que Brace le dijo a su abogada.»

– ¿Qué? -Kennicott dio un respingo-. ¿Cómo va el fiscal a saber lo que Brace ha hablado con su letrada? Las comunicaciones entre ellos no son divulgables.

– Naturalmente que no. -Summers frunció el entrecejo-. Por eso te he llamado. Aquí hay base para un juicio nulo, cuando menos.

Todo esto apesta. También mencionaron a un guardia de la cárcel del Don; lo llamaron «el señor Bunt», o algo parecido.

Kennicott dejó el vaso en la mesa.

– El señor Buzz -dijo.

– Ése. ¿Lo conoces?

– Vosotros, los fiscales, no vais nunca a las cárceles. Todos los abogados defensores conocen al señor Buzz. Es una institución en el Don.

– Esto cada vez se pone peor -dijo Summers, mordiéndose el labio.

Kennicott echó una ojeada por la ventana delantera. Por la acera de la orilla vio a un puñado de hombres y mujeres, bien vestidos y con sus respectivos maletines de trabajo, que se encaminaban a paso ligero al embarcadero del ferry. Lo mismo haría él cada día, si viviera allí.

– Tienes razón -asintió-. Todo esto apesta.

LX

Ari Greene sacó de la guantera la luz intermitente policial y la colocó en el capó del Oldsmobile. Dio media vuelta en redondo y se abrió paso entre el tráfico de la hora punta a la entrada de la autovía. Una vez en ella, aceleró cuanto pudo, pendiente del reloj del salpicadero. Eran las ocho y veinte.

Cuando llegó a la salida de King City, eran casi las nueve en punto. Cuando coronó la cuesta e iniciaba el descenso hacia el centro de la pequeña población, tuvo que frenar en seco. Un autobús escolar se había detenido delante de una casita de madera y dos niñas con pantalón corto y camiseta cruzaban la calle, cargadas con sus mochilas. Cuando estaban en medio de la calzada, una de ellas levantó los brazos y, dando media vuelta, echó a correr hacia la acera de la que había salido, sin mirar si venía algún coche.

Greene ya había visto su fiambrera roja del almuerzo en el bordillo y había aminorado la marcha en previsión de que la niña hiciera precisamente aquello. Sonrió mientras la veía recoger la caja y echar a correr de nuevo hacia el autobús. Regla número uno: no causar daño, se dijo Greene mientras la veía desaparecer a bordo.

Condujo con cuidado hasta el siguiente cruce y tomó al norte, avanzando entre las suaves colinas hasta llegar a la finca de los Torn. Había apagado la sirena. Vio aparcado un remolque en el amplio camino de la casa y cuando llegó a ella, el doctor Torn, vestido con unos pantalones cortos caqui y una camiseta, acababa de sacar un caballo del establo y lo conducía hasta el vehículo.

Greene se apeó. El día ya era caluroso y rompió a sudar.

– Doctor Torn -dijo, tendiéndole la mano-, lamento presentarme sin avisar.

El hombre lo miró con una expresión gélida en sus penetrantes ojos azules.

– Espero que venga a decirme que todo este asunto se ha acabado -dijo. Le estrechó la mano y volvió a concentrarse en la cincha que estaba ajustando-. Allie y yo nos vamos a Virginia esta tarde.

– Todavía no se ha acabado -respondió Greene, cada vez más tenso-. Y necesito su ayuda, señor.

– No estamos interesados en representar el papel de familia de la víctima.

– Doctor -Greene clavó la mirada en Torn-, ya sé que desean permanecer al margen de todo esto.

Torn dejó el estribo y se volvió a Greene, sosteniendo su mirada.

– Necesito hablar con usted -continuó el detective, con voz firme.

Antes de que el hombre pudiera decir nada, se abrió la puerta del garaje y apareció la señora Torn. La mujer se quedó allí plantada mientras los dos perrazos salían disparados hacia el camino, meneando la cola con éxtasis. La mujer llevaba pantalón corto, sandalias y una blusa, con un pañuelo de seda al cuello.

– Deseo hablar con su esposa, doctor, pero sé que ella no puede hablar conmigo. No puede hablar con nadie, ¿verdad?

Torn miró a su mujer, que venía hacia ellos, y de nuevo a Greene. Su expresión ya no era desafiante, sino perdida.

– Usted tenía razón -continuó el detective-. Ya ha salido malparada demasiada gente. -Greene miró a la señora Torn, que se había colocado al lado de su marido-. Doctor, deseo proteger a su esposa, pero sólo podré hacerlo si me permite hablar con ella.

– Yo… yo…

Era la mujer, que intentaba decir algo.

– Por favor, doctor Torn, no me obligue a requerir la presencia de su mujer en el tribunal. Tendrá que quitarse el pañuelo y enseñarle a todo el mundo cómo su hija Kate le rompió las cuerdas vocales cuando intentó acabar con ella estrangulándola.

LXI

– ¡Espere!-gritó Daniel Kennicott mientras corría por el paseo entablado a la orilla del lago, en línea recta hacia el embarcadero del ferry-. ¡Espere!

Fue inútil. Le quedaban doscientos metros, por lo menos, para llegar al transbordador y ya veía cerrarse el portón de acero detrás del último de los pasajeros matutinos. Desesperado, se detuvo y, con las manos alrededor de la boca a modo de bocina, gritó:

– ¡Alto! ¡Policía! ¡Asunto urgente!

Pero, mientras él gritaba, el ferry soltó un último y sonoro bocinazo que ahogó su voz y, con ella, toda esperanza de alcanzar la embarcación. Consultó el reloj. Eran las nueve y media. El trayecto en el ferry duraba media hora. Incluso si conseguía subir a él, iba a ser desembarcar y salir corriendo, si quería llegar al Ayuntamiento Viejo y estar en la sala del tribunal a las diez en punto.

Después de contarle la conversación entre Cutter y Gild, Jo Summers había insistido en prepararle unos huevos al estilo mexicano. Cuando empezaba a comer, había sonado el móvil. De eso hacía cinco minutos. Era el detective Greene.

– Kennicott -le dijo con un tono de tensión en la voz-. Tiene que estar en la sala a las diez. Es urgente.

– ¿Qué? -exclamó Kennicott mientras engullía el primer bocado. Estaba picante y delicioso.

– Acabo de dejar la granja de los Torn, aquí, en King City -dijo Greene-. Katherine Torn tenía propensión a estrangular a la gente. Hace dos años le aplastó las cuerdas vocales a su madre. Por eso la señora Torn no dice nunca una palabra: porque no puede hablar.

– Igual que Brace -apuntó Kennicott mientras se limpiaba los labios con una servilleta roja. Las piezas iban encajando como la parte final de un crucigrama.

– La historia de McGill se sostiene. Su testimonio exonerará por completo a Brace -continuó Greene-. Y Brace va a presentarse esta mañana ante el juez y a declararse culpable para proteger a su esposa y a su hijo.

– Hay algo más que debe saber -dijo Kennicott y, rápidamente, puso a Greene al corriente de lo que Jo Summers había oído decir a Cutter.

– Mierda -exclamó el detective. Era la primera vez, en todos los años que llevaba conociéndolo, que Kennicott lo oía mascullar un juramento-. Tiene usted que ir enseguida.

– Me encuentro aquí, en la isla…

– Debe llegar a tiempo, por el medio que sea. Y póngase corbata. Summers no le dejará hablar en su tribunal si se presenta en calidad de agente de policía. Tal vez lo escuche a usted como abogado.

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