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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– No se detenga -murmuró.

Recorrimos el largo pasillo flanqueado por luces mortecinas hasta unas escaleras que nos condujeron a otro largo corredor para llegar a una portezuela que daba al vestíbulo de la planta baja y a la salida, donde nos esperaba un Mercedes-Benz con el motor en marcha y un chófer que tan pronto vio a Valera nos abrió la portezuela. Entré y me acomodé en la cabina. El automóvil disponía de calefacción y los asientos de piel estaban tibios. Valera se sentói a mi lado y, con un golpe en el cristal que separaba la cabina del compartimento del conductor, le indicó que emprendiera la marcha. Una vez el coche hubo arrancado y se alineó en el carril central de la Vía Layetana, Valera me sonrió como si tal cosa y señaló a la niebla que se apartaba a nuestro paso como maleza.

– Una noche desapacible, ¿verdad? -preguntó casualmente.

– ¿Adonde vamos?

– A su casa, por supuesto. A menos que prefiera usted ir a un hotel o…

– No. Está bien.

El coche descendía por la Vía Layetana lentamente. Valera observaba las calles desiertas con desinterés.

– ¿Qué hace usted aquí? -pregunté finalmente.

– ¿Qué le parece que estoy haciendo? Representarle y velar por sus intereses.

– Dígale al conductor que pare el coche -dije.

El chófer buscó la mirada de Valera en el espejo retrovisor. Valera negó y le indicó que siguiera.

– No diga tonterías, señor Martín. Es tarde, hace frío y le acompaño a su casa.

– Prefiero ir a pie.

– Sea razonable.

– ¿Quién le ha enviado?

Valera suspiró y se frotó los ojos.

– Tiene usted buenos amigos, Martín. En la vida es importante tener buenos amigos y sobre todo saber mantenerlos -dijo-. Tan importante como saber cuándo uno se empecina en seguir por un camino erróneo.

– ¿No será ese camino el que pasa por Casa Marlasca, en el número 13 de la carretera de Vallvidrera?

Valera sonrió pacientemente, como si estuviera reprendiendo con afecto a un niño díscolo.

– Señor Martín, créame cuando le digo que cuanto más alejado se mantenga de esa casa y de este asunto, mejor para usted. Acépteme aunque sólo sea ese consejo.

El chófer torció por el paseo de Colón y fue a buscar la entrada al paseo del Born por la calle Comercio. Los carromatos de carne y pescado, de hielo y especias, se empezaban a apilar frente al gran recinto del mercado. A nuestro paso cuatro mozos descargaban la carcasa de una ternera abierta en canal dejando un rastro de sangre y vapor que podía olerse en el aire.

– Un barrio lleno de encanto y vistas pintorescas el suyo, señor Martín.

El chófer se detuvo al pie de Flassaders y descendió del coche para abrirnos la puerta. El abogado se apeó conmigo.

– Le acompaño hasta el portal – dijo.

– Van a pensar que somos novios.

Nos adentramos en el cañón de sombras del callejón rumbo a mi casa. Al llegar al portal, el abogado me ofreció la mano con cortesía profesional.

– Gracias por sacarme de ese lugar.

– No me lo agradezca a mí – respondió Valera, extrayendo un sobre del bolsillo interior de su abrigo.

Reconocí el sello del ángel sobre el lacre incluso en la penumbra que goteaba del farol que pendía del muro sobre nuestras cabezas. Valera me tendió el sobre y, con un último asentimiento, se alejó de regreso al coche que le estaba esperando. Abrí el portal y ascendí las escalinatas hasta el rellano del piso. Al entrar fui directo al estudio y deposité el sobre en el escritorio. Lo abrí y extraje la cuartilla doblada sobre la caligrafía del patrón.

Amigo Martín:

Confío y deseo que esta nota le encuentre en buen estado de salud y ánimo. Se da la circunstancia de que estoy de paso en la ciudad y me complacería mucho poder disfrutar de su compañía este viernes a las siete de la tarde en la sala de billares del Círculo Ecuestre para comentar el progreso de nuestro proyecto.

Hasta entonces le saluda con afecto su amigo,

ANDREAS CORELLI

Doblé de nuevo la cuartilla y la introduje cuidadosamente en el sobre. Encendí un fósforo y sosteniendo por una esquina el sobre lo acerqué a la llama. Lo contemplé arder hasta que el lacre prendió en lágrimas escarlata que se derramaron sobre el escritorio y mis dedos quedaron cubiertos de cenizas.

– Vayase al infierno -murmuré mientras la noche, más oscura que nunca, se desplomaba tras los cristales.

Esperé un amanecer que no llegaba sentado en la butaca del estudio hasta que me pudo la rabia y salí a la calle dispuesto a desafiar la advertencia del abogado Valera. Soplaba aquel frío cortante que precede al alba en invierno. Al cruzar el paseo del Born me pareció oír pasos a mi espalda. Me volví un instante, pero no pude ver a nadie excepto a los mozos del mercado que descargaban los carromatos y continué mi camino. Al llegar a la plaza Palacio, avisté las luces del primer tranvía del día esperando entre la neblina que reptaba desde las aguas del puerto. Serpientes de luz azul chispeaban sobre la catenaria. Abordé el tranvía y me senté al frente. El mismo revisor de la otra vez me cobró el billete. Una docena de pasajeros fue goteando poco a poco, todos solos. A los pocos minutos, el tranvía arrancó e iniciamos el trayecto mientras en el cielo se extendía una red de capilares rojizos entre nubes negras. No hacía falta ser un poeta o un sabio para saber que iba a ser un mal día.

Para cuando llegamos a Sarria, el día había amanecido con una luz gris y mortecina que impedía apreciar los colores. Ascendí por las callejuelas solitarias del barrio en dirección a la falda de la montaña. A ratos me pareció volver a escuchar pasos tras de mí, pero cada vez que me detenía y miraba a mi espalda no había nadie. Finalmente llegué hasta la boca del callejón que conducía a Casa Marlasca y me abrí camino entre el manto de hojarasca que crujía a mis pies. Crucé el patio lentamente y ascendí los escalones hasta la puerta principal, escrutando los ventanales de la fachada. Tiré del llamador tres veces y me retiré unos pasos. Esperé un minuto sin obtener respuesta alguna y llamé de nuevo. Oí el eco de los golpes perderse en el interior de la casa.

– ¿Buenos días? -llamé.

La arboleda que envolvía la finca pareció absorber el eco de mi voz. Rodeé la casa hasta el pabellón que albergaba la piscina y me aproximé a la galería acristalada. Las ventanas quedaban oscurecidas por postigos de madera entornados que impedían ver el interior. Una de las ventanas junto a la puerta de cristal que cerraba la galería estaba entreabierta. El pestillo que aseguraba la puerta podía verse a través del cristal. Introduje el brazo por la ventana entreabierta y liberé el pestillo de la cerradura. La puerta cedió con un sonido metálico. Miré a mi espalda una vez más, asegurándome de que no había nadie, y entré.

A medida que mis ojos se ajustaban a la penumbra, empecé a adivinar los contornos de la sala. Me acerqué a los ventanales y entreabrí los postigos para ganar algo de claridad. Un abanico de cuchillas de luz atravesó la tiniebla y dibujó el perfil de la cámara.

– ¿Hay alguien? -llamé.

Escuché el sonido de mi voz hundirse en las entrañas de la casa como una moneda cayendo en un pozo sin fondo. Me dirigí hacia el extremo de la sala donde un arco de madera labrada daba paso a un corredor oscuro flanqueado por cuadros que apenas podían verse sobre los muros de terciopelo. Al otro extremo se abría un gran salón circular con suelos de mosaico y un mural de cristal esmaltado en el que se distinguía la figura de un ángel blanco con un brazo extendido y dedos de fuego. Una gran escalinata de piedra ascendía en una espiral que rodeaba la sala. Me detuve al pie de la escalera y llamé de nuevo.

– ¿Buenos días? ¿Señora Marlasca?

La casa estaba sumida en un silencio absoluto y el eco mortecino se llevaba mis palabras. Ascendí por la escalera hasta el primer piso y me detuve en el rellano desde el que se podía contemplar el salón y el mural. Desde allí pude ver el rastro que mis pasos habían dejado en la película de polvo que cubría el suelo. Aparte de mis pisadas, el único signo de paso que pude advertir era una suerte de pasillo trazado sobre el polvo por dos líneas continuas separadas por dos o tres palmos y un rastro de pisadas entre ellas. Pisadas grandes. Observé aquellas marcas, desorientado, hasta que comprendí lo que estaba viendo. El paso de una silla de ruedas y las huellas de quien la empujaba.

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