Los detectives salvajes
- Автор: Боланьо Роберто
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los detectives salvajes». Краткое содержание книги:
La obra se divide en tres partes. La primera y la última comprenden la búsqueda de Tinajero por parte de Belano, Lima y un joven seguidor, Juan García Madero. En la segunda, un narrador innombrado sigue las pistas de los dos poetas a lo largo de 20 años y recorre el mundo, partiendo del DF, y pisando entre otros lugares, Managua, París, Barcelona, Tel Aviv, Austria y África.
Antes de partir, Lima y Belano forman un grupo, un movimiento de poesía, llamado los real visceralistas, un homenaje al estilo de Tinajero, que se desintegra poco después de su partida. El libro se estructura como una serie de testimonios tomados por un autor desconocido, de los miembros, sus allegados y las personas con las que Lima y Belano tuvieron contacto en sus viajes. Los testimonios, narrados en primera persona, no siguen nigún orden aparente, lo que ha servido a algunos críticos para comparar Los detectives salvajes con Rayuela de Cortazar.
Belano es considerado por algunos críticos como el alter ego de Roberto Bolaño.
Luis Sebastián Rosado, estudio en penumbras, colonia Coyoacán, México DF, marzo de 1979. Sí, el fenómeno es curioso, pero por causas bien ajenas a las que con una pizca de candor esgrime Jacinto Requena. En México, en efecto, hubo una explosión demográfica de poetas. Esto se hizo patente, digamos, a partir de enero de 1977. O de enero de 1976. La exactitud cronológica es imposible. Entre las varias causas que lo propiciaron, las más obvias son un desarrollo económico más o menos sostenido (desde 1960 hasta ahora), un afianzamiento de las clases medias y una universidad cada día mejor estructurada, sobre todo en su vertiente humanística.
Veamos de cerca a esta nueva horda poética en la que yo, al menos por edad, estoy incluido. La gran mayoría son universitarios. Un porcentaje amplio publica sus primeros versos e incluso sus primeros libros en revistas y editoriales dependientes de la universidad o de la Secretaría de Educación. Un porcentaje amplio, asimismo, domina (es un decir) además del español otro idioma, generalmente el inglés o, en menor medida, el francés, y traducen a poetas de estas lenguas, no faltando, por lo demás, noveles traductores del italiano, del portugués y del alemán. Algunos de ellos, a su vocación poética unen una labor de editores aficionados, lo que propicia la aparición, a su vez, de varias y a menudo valiosas iniciativas de esta índole. Probablemente nunca en México haya habido tantos poetas jóvenes como ahora. ¿Quiere esto decir que los poetas menores de treinta años, por ejemplo, son mejores que los que estaban en esa franja de edad en la década de los sesenta? ¿Es dable encontrar en los poetas más rabiosamente actuales los equivalentes de Becerra, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis? Esto aún está por verse.
La iniciativa de Ismael Humberto Zarco, sin embargo, me parece perfecta. ¡Ya era hora de hacer una antología de la joven poesía mexicana con el rigor de aquella de Monsiváis, memorable en tantos aspectos, La poesía mexicana del siglo xx! ¡O como la ejemplar y paradigmática obra que acometieron Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Hornero Aridjis, Poesía en movimiento! Debo reconocer que me sentí en cierto modo halagado cuando Ismael Humberto Zarco me telefoneó a casa y me dijo: Luis Sebastián, tienes que asesorarme un poco. Yo, por supuesto, con o sin asesoramiento ya estaba incluido en su antología, digamos que naturalmente (lo que ignoraba era con cuántos poemas), y también mis amigos, me consta, así que la visita que realicé chez Zarco fue en principio únicamente como asesor, por si a éste se le había pasado por alto un detalle, que en este caso concreto significaba una revista, una publicación de provincias, dos o más nombres que el afán totalizador del empeño zarquiano no podía permitirse el lujo de ignorar.
Pero en el intervalo entre la llamada de Ismael Humberto y mi visita, tres días escasos, el destino quiso que me enterara del número de poetas que el antologo pensaba incluir, un número a todas luces excesivo, democrático pero poco realista, singular como empresa pero mediocre como crisol de poesía. Y el diablo me tentó, metió ideas en mi cabeza en aquellos días que mediaron entre la llamada de Zarco y nuestro encuentro, como si la espera (¿pero qué espera, Dios mío?) fuera el Desierto y mi visita el instante en que Uno abre los ojos y ve a su Salvador. Y esos tres días fueron como un tormento de dudas. O de Dudas. Pero un tormento, eso lo percibí con claridad, que me hacía sufrir y dudar (o Dudar) pero que también me hacía gozar, como si las llamas a la par me infligieran dolor y placer.
Mi idea, o mi tentación, era la siguiente: sugerirle a Zarco que incluyera a Piel Divina en la antología. A mi favor tenía el número, en mi contra tenía todo lo demás. La temeridad de esta iniciativa al principio, lo reconozco, me pareció más bien como para morirse de risa. Literalmente, me asusté de mí mismo. Luego me pareció como para morirse de pena. Y luego, cuando por fin pude verla y sopesarla con una cierta frialdad (aunque esto es un decir, claro), me pareció digna y triste y temí seriamente por mi integridad mental. Tuve, eso sí, la discreción o la astucia de no anunciar mi propósito al principal interesado, es decir a Piel Divina, a quien veía tres veces al mes, dos veces al mes, en ocasiones sólo una vez o ninguna, pues sus ausencias solían ser prolongadas y sus apariciones imprevistas. Nuestra relación, desde el segundo y trascendental encuentro en el estudio de Emilito Laguna, había seguido una marcha irregular, en ocasiones ascendente (sobre todo en lo que a mí respecta), en ocasiones inexistente.
Nos solíamos ver en un departamento que mi familia tenía en la Nápoles y que estaba vacío, aunque el método empleado para nuestros encuentros era mucho más complicado. Piel Divina me telefoneaba a casa de mis padres y como yo casi nunca estaba dejaba un recado a nombre de Estéfano. El nombre, lo juro, no fui yo quien se lo sugerí. Según él era un homenaje a Stephane Mallarmé, autor a quien sólo conocía de oídas (como casi todo, por otra parte) pero que, vaya uno a saber por qué peregrina asociación mental, consideraba como uno de mis manes tutelares. En una palabra: el nombre bajo el que dejaba sus recados era una suerte de homenaje a lo que él creía era lo más caro para mí. Es decir, el nombre fingido escondía una atracción, un deseo, una necesidad (no me atrevo a llamarlo amor) auténtica de o hacia mí, lo cual, con el paso de los meses y tras incontables meditaciones, comprendí que me llenaba de alborozo.
Tras sus recados solíamos encontrarnos en la Glorieta de Insurgentes, en la entrada de una tienda dedicada a la alimentación macrobiótica. Después nos perdíamos por la ciudad, en cafeterías y cantinas de la zona norte, por los alrededores de La Villa, en donde yo no conocía a nadie y en donde Piel Divina no tenía empacho alguno en presentarme amigos y amigas que aparecían en los lugares más inesperados y cuyas cataduras hablaban más de un México penitenciario que de la otredad, aunque la otredad, como se lo intenté explicar, era dable de ser vista en cualquier parte. (Como el Espíritu Santo, dijo Piel Divina, en fin, noble bruto.) Llegada la noche, como dos peregrinos, nos alojábamos en pensiones u hoteles de ínfima categoría, pero con un cierto esplendor (no quiero ponerme romántico, pero incluso diría: con una cierta esperanza), sitos en la Bondojito o en los alrededores de Talismán. Nuestra relación era espectral. No quiero hablar de amor, me resisto a hablar de deseo. Compartíamos pocas cosas: algunas películas, algunas figurillas de artesanía popular, su gusto por contar historias desesperadas, mi gusto por escucharlas.
A veces, era inevitable, me regalaba alguna de las revistas que sacaban los real visceralistas. En ninguna vi un poema suyo. De hecho, cuando se me ocurrió hablarle a Zarco de su poesía yo sólo tenía dos poemas de Piel Divina, ambos inéditos. Uno era una mala copia de un mal poema de Ginsberg. El otro era un poema en prosa que Torri no hubiera desaprobado, extraño, en donde vagamente hablaba de hoteles y combates, y que yo pensaba que estaba inspirado por mí.