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El poder del perro

Электронная книга - «El poder del perro». Краткое содержание книги:

La guerra contra las drogas al desnudo. Un thriller épico, coral y sangriento que explora los rincones de la miseria humana.
Cuando su compañero aparece muerto con signos de haber sido torturado por la mafa de la droga, el agente de la DEA Art Keller, emprende una feroz venganza. Encadenados a la misma guerra, se encuentran una hermosa prostituta de alto standing; un cura católico confdente de ésta y empeñado en ayudar al pueblo, y Billy «el niño» Callan, un chico taciturno convertido en asesino a sueldo por azar. Narcovaqueros, campesinos, mafa al puro estilo italo-americano, policías corruptos, un soplón y un santo milagrero conforman el universo de esta historia de traiciones, frustración, amor, sexo y fe sobre la búsqueda de la redención.
Una trama vertiginosa y absorbente, repleta de sangre, narcos mexicanos, nacionalistas irlandeses, implicaciones políticas nternacionales, torturas, venta de armas, alta tecnología. Un universo en sí misma.
La novela transporta al lector de los suburbios de Nueva York, a San Diego, de los desiertos mexicanos pasando por el río Putumayo en Colombia hasta un violento desenlace fnal.
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– No es para mí.

– Entonces…

– Le pido que sea pastor de mi tío.

– Jesús caminó sobre las aguas -dice Parada-. Que yo sepa, no ha vuelto a repetirse.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Qué quiero decir? -contesta Parada mientras coge un paquete de cigarrillos, se lleva uno a la boca con una mano temblorosa y lo enciende-. Que pese a la línea oficial del partido, debo creer que algunas personas están más allá de la redención. Lo que tú pides es un milagro.

– Pensé que se dedicaba al negocio de los milagros.

– Así es -contesta Parada-. Por ejemplo, en este mismo momento estoy intentando dar de comer a miles de personas hambrientas, proporcionarles agua potable, casas decentes, medicinas, educación y alguna esperanza de futuro. Cualquiera de estas cosas sería un milagro.

– Si es una cuestión de dinero…

– Métete el dinero en el culo -dice Parada-. ¿Me he expresado con claridad?

Adán sonríe, y recuerda por qué quiere a este hombre. Y por qué el padre Juan es el único cura lo bastante duro para ayudar a Tío.

– Mi tío vive en un tormento-dice.

– Bien. Se lo merece.

Cuando Adán enarca una ceja, Parada dice:

– No estoy seguro de creer en el infierno de las llamas, Adán, pero si existe uno, no me cabe duda de que tu tío acabará en él.

– Es un adicto al crack.

– Me abstendré de comentar la ironía de la circunstancia -dice Parada-. ¿Conoces el concepto de karma?

– Vagamente -dice Adán-. Sé que necesita ayuda. Y sé que usted no puede negarse a ayudar a un alma atormentada.

– Un alma que acude arrepentida de verdad, en busca de una forma de cambiar su vida -dice Parada-. ¿Describe esa frase a tu tío?

– No.

– ¿Te describe a ti?

– No.

Parada se levanta.

– Entonces, ¿de qué tenemos que hablar?

– Vaya a verle, por favor -dice Adán. Saca una libreta del bolsillo de la chaqueta y escribe la dirección de Tío-. Si pudiera convencerle de que fuera a una clínica, a un hospital…

– Hay cientos de personas en mi diócesis que quieren seguir ese tratamiento y no se lo pueden permitir -dice Parada.

– Envíe cinco con mi tío, y me envía las facturas a mí.

– Como ya he dicho antes.

– Sí, que me meta el dinero en el culo -dice Adán-. Sus principios, el sufrimiento de los demás.

– Por culpa de las drogas que vendes.

– Y lo dice con un cigarrillo en la boca.

Adán agacha la cabeza, contempla el suelo durante un segundo.

– Lo siento. He venido a pedirle un favor. Tendría que haber cambiado de actitud en la puerta. Quería hacerlo.

Parada da una larga calada al cigarrillo, se acerca a la ventana y mira el zócalo, donde los vendedores callejeros han extendido sus mantas y dispuesto los milagros que venden.

– Iré a ver a Miguel Ángel -dice-. Dudo que sirva de algo.

– Gracias, padre Juan.

Parada asiente.

– Padre Juan…

– ¿Sí?

– Hay mucha gente que quiere saber esa dirección.

– No soy policía -replica Parada.

– No tendría que haber dicho nada -contesta Adán. Camina hacia la puerta-. Adiós, padre Juan. Gracias.

– Cambia de vida, Adán.

– Es demasiado tarde.

– Si de veras lo creyeras, no habrías venido.

Parada acompaña a Adán hasta el pequeño vestíbulo, donde está esperando una mujer con una pequeña bolsa de viaje colgada del hombro.

– Tengo que irme -dice Nora a Parada. Mira a Adán y sonríe.

– Nora Hayden -dice Parada-. Adán Barrera.

– Mucho gusto -dice Adán.

– Mucho gusto. -Nora se vuelve hacia Parada-. Volveré dentro de unas semanas.

– Ojalá sea así.

Ella se vuelve para salir.

– Yo también me voy -dice Adán-. ¿Puedo llevarle la bolsa? ¿Necesita un taxi?

– Muy amable.

Nora besa a Parada en la mejilla.

– Adiós.

– Buen viaje.

– Esa sonrisa irónica… -dice ella fuera, en el zócalo.

– ¿Yo he sonreído con ironía?

– … no viene a cuento. No es lo que usted piensa.

– Me ha malinterpretado -dice Adán-. Quiero y respeto a ese hombre. Jamás envidiaré la felicidad que pueda encontrar en este mundo.

– Solo somos amigos.

– Como usted diga.

– Es la verdad.

Adán mira al otro lado de la plaza.

– Allí hay un buen café. Me disponía a desayunar, y detesto comer solo. ¿Tiene tiempo y ganas de acompañarme?

– No he comido nada.

– Pues vamos -dice Adán. Cruza la calle con ella-. Perdone, tengo que llamar por teléfono.

– Adelante.

Saca el móvil y marca el número de Gloria.

– Hola, sonrisa de mi alma -dice cuando ella contesta. Ella es la sonrisa de su alma. Su voz es su aurora y su crepúsculo-. ¿Cómo te encuentras esta mañana?

– Bien, papá. ¿Dónde estás?

– En Guadalajara. He ido a ver a Tío.

– ¿Cómo está?

– Bien, también -dice Adán. Contempla la plaza donde se han reunido los vendedores ambulantes-. Consuelo de mi corazón, aquí venden pájaros cantores. ¿Quieres que te traiga uno?

– ¿Qué cantan, papá?

– No sé. Creo que tienes que enseñarles canciones. ¿Te sabes alguna?

– Papá, yo siempre te canto -ríe la niña, complacida, pues sabe que su padre está bromeando.

– Ya lo sé.

Tus canciones me parten el corazón.

– Sí, papá, por favor. Me encantaría tener un pájaro.

– ¿De qué color?

– ¿Amarillo?

– Creo que veo uno amarillo.

– O verde. De cualquier color, papá. ¿Cuándo volverás a casa?

– Mañana por la noche -dice Adán-. Tengo que ir a ver a tío Güero, y después vuelvo.

– Te echo de menos.

– Yo también te echo de menos. Te llamaré esta noche.

– Te quiero.

– Te quiero.

Finaliza la llamada.

– ¿Su novia? -pregunta Nora.

– El amor de mi vida -contesta Adán-. Mi hija.

– Ah.

Eligen una mesa de la terraza. Adán le acerca una silla, y después se sienta. Contempla aquellos increíbles ojos azules. Ella no aparta la vista, se encoge o enrojece. Sostiene su mirada.

– ¿Y su mujer?

– ¿Qué pasa con ella?

– Es lo que le iba a preguntar -dice Nora.

La puerta chasquea como un disparo.

El metal destroza la madera.

El pito de Tío se sale de la chica cuando se vuelve y ve que los federales irrumpen por la puerta.

Art piensa que es casi cómico ver a Tío arrastrar los pies con los pantalones en los tobillos, en un burdo intento de correr, el gotero móvil siguiéndole como un lacayo servil, con la intención de llegar a las armas amontonadas en un rincón de la habitación. Entonces el gotero móvil se derrumba, le arranca la aguja del brazo, Tío cae sobre las armas y se levanta con una granada de mano, forcejeando con la anilla hasta que un federal le arrebata la granada de la mano.

Un culo gordo y blanco sobresale de la mesa de la cocina, como una pila de masa gigantesca. Ramos se acerca y lo golpea con la culata del rifle.

Ella suelta un «Ay» indignado.

– Tendrías que haber preparado el desayuno, puta perezosa.

Ramos la agarra del pelo y la levanta.

– Ponte los pantalones, nadie quiere ver tus gordas nalgas.

– Te daré cinco millones de dólares -dice Ángel al federal-. Cinco millones de dólares norteamericanos si me sueltas. -Entonces ve a Art y sabe que los cinco millones no van a servirle de nada, no hay dinero suficiente. Se pone a gritar-. Mátame. Por favor, mátame ahora.

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