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Asesinato En El Kibbutz

Электронная книга - «Asesinato En El Kibbutz». Краткое содержание книги:

Tras el éxito obtenido con Un asesinato literario y El asesinato del sábado por la mañana, Batya Gur vuelve a presentarnos al comisario israelí Michael Ohayon, ahora decidido a resolver un crimen que ha tenido lugar en una sociedad compleja y cerrada: el kibbutz. Informado repetidamente de que «quien no haya vivido en un kibbutz no puede comprender cómo es la vida allí», Ohayon penetra con mayor determinación el espíritu del mundo que debe investigar. De forma gradual, revelando poco a poco los secretos del kibbutz, desenmascarando todas las contradicciones de este estilo de vida tan idealizado, Batya Gur logra crear una ingeniosa y original novela policiaca que examina la crisis de fe política e ideológica de la sociedad israelí a través del fascinante mundo del kibbutz.
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– Se ha marchado.

– ¿Quién era?

– Un hombre, da igual quien fuera. Él también está conmocionado. Se llama… No recuerdo cómo se llama, pero hoy había hablado con él en el comedor. Creo que se llama Boaz, y que es hijo de Matilda, y se cree un donjuán… No, de Matilda no, de Yojeved, y me parece que fue él quien trató de ligar con Osnat y provocó el escándalo ese que montó su mujer en el comedor, me hago un lío… Es un tipo alto, delgado.

– ¿Un seductor de mediana edad? -preguntó Michael.

– Sí -repuso Avigail, y de pronto sonrió-. Un seductor de mediana edad. Ha estado trabajando en el comedor desde que llegué.

– Está en espera de que le asignen otro trabajo -explicó Michael-. Hasta ahora era el encargado de los frutales. Es aberrante esa manera suya de comportarse, exagerada. Al fin y al cabo, sólo llevas aquí tres días.

– Me ha preguntado si estoy sola en la vida -dijo Avigail-, y yo le he dicho que no, que simplemente estaba viviendo aquí sola, pero no se ha conformado. La verdad es que están trastornados. Esta noche, dos personas se quedaron dormidas en el club ante el televisor; y he oído comentar a Yojeved que una mujer, no sé quién, no ha ido a trabajar y se ha pasado todo el día viendo la televisión, y además he visto a dos hombres llevándose a sus hijos pequeños cuando salían a trabajar al campo. Pero a primera vista no se nota nada. Es como si no hubiera pasado nada. Salvo por el hecho de que el comedor está medio vacío. ¡Ah! -exclamó de pronto-, me había olvidado, una mujer exigió una sijá urgente. Le dijo a Dvorka: «Quiero una sijá sobre este asunto», y Dvorka no le respondió, pero Moish, que estaba a su lado, dijo que no era el momento adecuado para una sijá. «¿Qué pretendes, Hila, que convoquemos una sijá para pedirle al asesino que salga a la luz? El asunto está en manos de la policía.” Y ella le replicó a gritos: «No, no, no es uno de nosotros, yo creo que es otra persona, alguien que se marchó y ahora ha vuelto para destruirnos, habría que decírselo a todo el mundo». Y Moish dijo que no tenía sentido celebrar una sijá sobre el tema hasta que no hubiera concluido todo y se hubiera descubierto al asesino y que, entretanto, la tal Hila debería beneficiarse de la ayuda del grupo montado por los psicólogos.

– ¿Y Dvorka? -preguntó Michael-, ¿Qué dijo Dvorka sobre eso?

– Dijo: «¿Por qué? No es necesaria una sijá especial. La vida sigue su curso. Tenemos que superar esta tragedia como cualquier otra».

– ¿Eso es lo que dijo? -dijo Michael sorprendido-. ¿Que era como cualquier otra tragedia? Qué interesante.

– A juzgar por lo poco que he visto -dijo Avigail pensativa-, Dvorka se está portando como si no hubiera sucedido nada. Lleva puesto ese gesto de «aquí no ha pasado nada». ¿Sabes a qué me refiero? Conozco a ese tipo de personas por mi trabajo en el hospital. En cualquier situación de crisis, cuando se produce una tragedia familiar, siempre hay una persona que se ocupa de mantener la normalidad. Un miembro de la familia que dice que la vida debe continuar y se preocupa de que nadie pierda los nervios. Ese tipo de persona que lo supera todo a base de autocontrol quizá no parezca anormal, pero ahora que te veo escandalizado, se me ocurre que tal vez sea algo patológico.

– No, patológico no -dijo Michael-, pero hay algo que me ha sorprendido. Yo creía, estaba seguro de que… -su voz se extinguió; luego explicó-: La idea que me había formado era que Dvorka estaba conteniéndose mientras fuera necesario guardar el secreto y que después se vendría abajo. Pero, por lo visto, está hecha de una pasta más dura. ¿Y Zeev HaCohen?

– Está imponente -dijo Avigail-, pero también es un vanidoso. Se da mucha importancia a sí mismo, como todos los de la generación de los fundadores, pero en su caso también es una pose. No he notado nada raro en su manera de actuar.

– ¿Y Dave?

– Dave -Avigail sonrió-. Dave ha sugerido que se intensifique la actividad de los grupos de estudio dedicados a los temas místicos, que se aumente el número de reuniones. Pero ¿sabías que tiene mezcal?

– ¿Qué es mezcal? -preguntó Michael.

– Un cactus con propiedades alucinógenas, una especie de narcótico.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Michael con desconfianza.

– Lo sé porque una vez hice un curso sobre drogas de América Central, y allí me enseñaron cómo era. Y Dave ni se toma la molestia de ocultarlo. Le pregunté cómo se llamaba el cactus redondo que hay junto a su puerta y me dijo sin el menor rubor: «mezcal».

– ¿Qué estabas haciendo junto a su habitación? -preguntó Michael, perplejo ante la hostilidad de su voz y la súbita punzada de celos que sentía.

– Asistí a su seminario. Y ayer fui a un seminario literario, y anteayer a otro sobre música. Sólo llevo aquí tres noches y ya he asistido a reuniones de tres grupos de estudio, y además me he pasado por una clase de cerámica para adultos. Los seminarios tienen mucha importancia en el kibbutz. Todo el mundo asiste a alguno, y el grupo que dirige Dave sobre misticismo e historia de la mística se reúne en su habitación, donde sirve infusiones. Había más gente que de costumbre, según deduje de lo que dijo Dave, y aunque nadie mencionó el motivo, vi sufrimiento en los ojos de todos… Por un momento pensé que podría haber sido Fania -dijo Avigail de pronto-, que quizá lo había hecho para proteger a Yankele; o que quizá había sido Guta, queriendo evitar que Fania se atormentara a causa de Yankele; y también he pensado en Aarón Meroz. Me han dicho que están interrogándolo otra vez.

– Pero Meroz estaba en Jerusalén -dijo Michael-, y es un poco difícil envenenar a alguien desde allí en un lapso de sólo media hora; y Fania estaba en el taller de costura con otras diez personas, y Yankele estaba en la fábrica con Dave, y Guta en el comedor, hay testigos. Estamos hablando de sólo media hora o tres cuartos de hora durante los que alguien desapareció sin que nadie lo notara, en un entorno que presenta especiales dificultades para lograrlo. Porque todo el mundo te cuenta: «Vengo de tal o cual sitio» o «Voy a no sé dónde». Y, aparte de eso, necesito un móvil.

– Y no hay ningún móvil lógico -apuntó Avigail.

– Eso es lo que me está volviendo loco -confesó Michael-. He repasado su vida milímetro a milímetro. He leído sus cartas, hasta la menor de sus notas, y también he registrado la casa de Meroz, con su permiso. Nada. Nada de nada. Lo más interesante que he encontrado en la habitación de Osnat ha sido la revista del kibbutz, Corrientes de Nuestra Época la llaman… Aquí tienen nombres para todo -comentó haciendo una mueca-; y, de hecho, me he llevado todos los números del último año, con la esperanza de descubrir algo nuevo en ellos, pero es una tarea como para echarse a temblar… Sacan una revista a la semana.

Extendió las manos con gesto de impotencia y las apoyó sobre las rodillas.

– Les echo un vistazo cada vez que se me presenta la ocasión, y además Sarit las está revisando sistemáticamente. Tenía la idea, o el presentimiento, de que iba a descubrir en ellas algo que nadie se ha molestado en ocultar porque no lo consideran significativo. Lo único que se desprende del registro de la habitación de Osnat es que Meroz no mentía al afirmar que estaba consagrada a los asuntos públicos, a la ideología.

– ¿A la ideología? -repitió Avigail con escepticismo.

– Sí -dijo Michael-. ¿A ti qué te parece?

– Es un tanto romántico hablar de ideología en relación con un asesinato -comentó Avigail-. A fin de cuentas, ya se sabe por qué se cometen los asesinatos.

– ¿Ah, sí? -replicó Michael-. ¿Por qué se cometen los asesinatos?

Avigail callaba.

– Entonces, ¿no debemos tratar de descubrir lo que no sabemos? -la miró-. ¿Qué quieres decir, Avigail? ¿Que tenemos que detener la búsqueda? ¿Tienes alguna sugerencia práctica? ¿Algún posible móvil que no sea romántico? ¿Qué piensas tú, Avigail?

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