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La justicia de los inocentes

Электронная книга - «La justicia de los inocentes». Краткое содержание книги:

Aclamado como `el rey de la sordidez`, el editor de prensa Dennis Luxford está acostumbrado a desentrañar los pecados y escándalos de la gente que se encuentra en posiciones expuestas. Pero cuando abre una carta dirigida a él en su periódico, `The Source`(`El Manantial`), descubre que alguien más destaca en desentrañar secretos tan bien como él.
A través de esta carta se le informa que Charlotte Bowen, de diez años, ha sido raptada, y si Luxford no admite públicamente su paternidad, ella morirá. Pero la existencia de Charlotte es el secreto más ferozmente guardado de Luxford, y reconocerla como su hija arrojará a más de una vida y una carrera al caos. Además no únicamente la reputación de Luxford está en juego: también la reputación y la carrera de la madre de Charlotte.
Se trata de la subsecretaría de Estado del Ministerio del Interior, uno de los cargos más considerados y con bastantes posibilidades de ser la próxima Margaret Thatcher. Sabiendo que su futuro político cuelga de un hilo, Eve Bowen no acepta que Luxford dañe su carrera publicando la historia o llamando a la policía. Así que el editor acude al científico forense Simon St. James para que le ayude.
Se trata de un caso que a St. James llena de inquietud, en el que ninguno de los protagonistas del drama parecen reaccionar tal como se espera, considerando la gravedad de la situación. Entonces tiene lugar la tragedia, y New Scotland Yard se ve involucrado.
Pronto el Detective Inspector Thomas Lynley se da cuenta que el caso tiene tentáculos en Londres y en todo el país, y debe simultáneamente investigar el asesinato y la misteriosa desaparición de Charlotte. Mientras, su compañera, la sargento Detective Barbara Havers, lleva a cabo su propia investigación intentando dar un empuje a su carrera, intentando evitar una solución desalentadora y peligrosa que nadie conoce.
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Alex se incorporó. Contempló un momento sus largas piernas, un tiempo que utilizó para serenarse. Por fin, la atrajo a su lado. La rodeó con un brazo y habló con la boca apretada contra su cabeza.

– Eve, escúchame. Aquí estás a salvo. ¿De acuerdo? Estás completamente a salvo conmigo.

«A salvo», pensó ella.

– Aquí, en esta habitación, puedes desahogarte. Yo no siento lo mismo que tú. No puedo, no soy su madre. No me arrogaría el comprender lo que siente una madre en un momento como éste… pero yo la quería, Eve. Yo… -Calló. Eve lo oyó tragar saliva mientras intentaba dominar su dolor-. Si sigues tomando esas píldoras sólo aplazarías el momento del dolor. Es lo que has estado haciendo, ¿verdad? Lo has hecho porque yo me desmoroné. Por lo que dije la otra noche acerca de que no vivías en realidad aquí, sobre que no conocías a Charlie. Dios, cuánto lo siento. Perdí los estribos un momento, pero quiero que sepas que estoy aquí, a tu lado. Aquí puedes desahogarte.

Y luego esperó. Eve sabía lo que le tocaba hacer: buscar su ayuda, suplicar su consuelo e inventar una manifestación creíble de pena. En suma, tenía que fingir con acciones el dolor que no expresaba con palabras.

– Siente lo que necesites sentir -murmuró Alex-. Yo estaré a tu lado.

Eve buscó febrilmente una solución. Cuando la encontró, bajó la barbilla y relajó su cuerpo.

– No puedo… -Inhaló de manera audible-. Hay demasiado en mi interior, Alex.

– No me sorprende. Suéltalo poco a poco. Tenemos toda la noche.

– ¿Me abrazarás?

– ¿Qué clase de pregunta es ésa?

Eve estaba entre sus brazos. Le rodeó con los suyos.

– He pensado que debí ser yo -dijo con la boca apretada contra su hombro-. No Charlotte. Yo.

– Eso es normal. Eres su madre.

La meció. Eve volvió la cabeza hacia él.

– Me siento muerta por dentro. ¿Qué importaría si el resto de mí muriera?

– Sé cómo te sientes. Lo comprendo.

Alex le acarició el pelo. Apoyó la mano sobre su nuca. Eve levantó la cabeza.

– Abrázame, Alex. No dejes que me desmorone.

– Lo haré.

– Quédate conmigo.

– Siempre. Ya lo sabes.

– Por favor.

– Sí.

– No me dejes.

– No.

Cuando sus bocas se encontraron, pareció la conclusión lógica de la conversación sostenida. El resto fue fácil.

– Así que dividieron el condado en cuadrantes -dijo Havers por teléfono-El sargento de aquí, un tipo llamado Stanley, tiene a todos los agentes registrando las granjas, pero Payne piensa…

– ¿Payne? -preguntó Lynley.

– El detective Payne. Me esperó en la comisaría de Wootton Cross. Es del DIC de Amesford.

– Ah. Payne.

– Piensa que ceñirnos sólo a las maquinarias de las granjas es poco productivo. Dice que la grasa encontrada bajo las uñas podría proceder de otras cosas. Las exclusas del canal, un aserradero, un molino de maíz, una caravana, un muelle. A mí me parece razonable.

Lynley cogió con aire pensativo la grabadora que descansaba sobre su escritorio, entre otras tres fotografías de Charlotte Bowen que su madre le había entregado, el contenido del sobre que St. James le había dado en Chelsea, las fotografías e informes recogidos por Hillier y su propio compendio escrito de todo cuanto St. James le había relatado en su cocina. Eran las once menos trece minutos y acababa de tomar una taza de café cargado, cuando Havers le telefoneó desde su alojamiento en Wiltshire con el escueto anuncio de «Me alojo en un BB de la localidad. El Lark's Haven, señor», y con un igualmente escueto número de teléfono, antes de explicar los datos que había reunido. Lynley había tomado notas. Apuntó la grasa de eje, la mosca y el tiempo aproximado que el cadáver llevaba en el agua, así como una lista de nombres, desde Wootton Cross a Devises, cuando la advertencia de Havers sobre la investigación restringida del sargento Stanley le recordó algo que ya había oído aquella noche.

– Espere un momento, sargento -dijo, y pulsó el botón de reproducción de la grabadora para escuchar una vez más la voz de Charlotte Bowen.

«Cito -dijo la niña-: Este hombre dice que tú puedes sacar-me de aquí. Dice que debes contar una historia a todo el mundo. Dice…»

– ¿Ésa es la niña? -preguntó Havers.

– Espere.

Lynley rebobinó la cinta hacia adelante. La voz se convirtió en un gorjeo por un momento. Lynley disminuyó la velocidad. La voz prosiguió.

«No tengo retrete, pero hay ladrillos. Un poste de mayo.» Lynley detuvo la cinta.

– ¿Lo ha oído? -preguntó-. Parece que habla del lugar donde la retenían.

– ¿Ha dicho ladrillos y un poste de mayo? Sí. Ya lo tengo. Vaya usted a saber qué significa. -Un hombre habló al fondo. Lynley oyó que Havers tapaba el auricular con la mano. Después volvió a hablar, con voz alterada-. Señor, Robin piensa que los ladrillos y el poste de mayo pueden proporcionarnos una pista.

– ¿Robín?

– Robin Payne. El detective de Wiltshire. Me alojo en el BB de su madre. Lark's Haven. Ya se lo he dicho. Su madre es la propietaria.

– Ah.

– No hay ningún hotel en el pueblo, y como Amesford está a veintisiete kilómetros de distancia y del lugar donde encontraron el cuerpo, pensé…

– Sargento, su lógica es impecable.

– Muy bien. Sí. Claro.

Havers procedió a delinear su plan para el día siguiente. Primero el lugar donde fue encontrado el cadáver, después la autopsia, y luego reunión con el sargento Stanley.

– Haga algunas averiguaciones en Salisbury -dijo Lynley. Le habló de Alistair Harvie, su antagonismo hacia Eve Bowen, su presencia en Blackpool once años antes y su oposición a que en su distrito electoral fuera construida una cárcel-. Harvie es nuestro primer eslabón directo con la conferencia tory y Wiltshire -concluyó Lynley-. Puede que sea un eslabón demasiado conveniente, pero hay que investigarlo.

– Entendido -murmuró Havers-. Harvie… Salisbury. Lynley la imaginó garrapateando en su libreta. Al contrario que la de Nkata, sería de tapas de cartón y estaría gastada en los bordes. A veces, pensó, la mujer daba la impresión de vivir en otro siglo.

– ¿Lleva encima el teléfono móvil, sargento? -preguntó con afabilidad.

– Que les den por el culo -replicó la sargento con idéntica afabilidad-. Odio esos trastos. ¿Cómo fue con Simon?

Lynley eludió la pregunta con un recitado de todos los hechos de su resumen.

– Encontró una huella dactilar en la grabadora -concluyó-. En el compartimiento de las pilas, lo cual le hace pensar que es auténtica. El SO4 la está analizando, pero si obtienen un nombre y nos topamos con un delincuente recalcitrante detrás del secuestro, no me cabrá duda de que alguien le contrató para hacer el trabajo.

– Lo cual podría conducirnos a Harvie.

0 a un montón de personas. El profesor de música. Los Woodward, Stone, Luxford, Bowen. Nkata está investigándolos a todos.

– ¿Y Simon? ¿Todo va bien por allí, inspector?

– Están bien -admitió Lynley-. Muy bien.

Colgó y bebió el resto del café, que estaba a temperatura ambiente, y arrojó el vaso a la papelera. Postergó durante diez minutos pensar en su encuentro con St. James, Helen y Deborah, y durante aquel tiempo leyó de nuevo el informe policial de Wiltshire. Después organizó el material del caso en diferentes carpetas. Por fin, admitió que ya no podía huir del pensamiento de lo sucedido entre él y sus amigos en Chelsea.

Salió del despacho. Se dijo que su jornada había terminado. Estaba cansado y necesitaba aclarar sus ideas. Le apetecía un whisky. Tenía un nuevo CD de la Deutsche Grammophon que aún no había escuchado, y un montón de correo de la casa familiar de Cornualles que aún no había abierto. Necesitaba ir a casa.

Pero cuanto más se acercaba a Eaton Terrace, más sabía que debería desviarse hacia Onslow Square. Se resistió, repitiéndose una y otra vez que había tenido razón desde el primer momento, pero era como si el coche poseyera voluntad propia, porque pese a su determinación de ir a casa, echarse un whisky al coleto y calmarse con algunos acordes de Mussorgsky, se descubrió en South Kensington en lugar de Beigravia. Aparcó el coche a pocas puertas del edificio de Helen.

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