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Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaración de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocrática familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqués habría manifestado con excesivo ardor sus simpatías hacia Hitler y la nueva situación hace aconsejable desaparecer del país. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatlántico de la compañía Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo sólo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo más rápidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos engañados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciarán su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, están los héroes que deberán responder al desafío de los autores de un sofisticado plan que hará de éste viaje fuera de lo normal y mucho más largo de lo que debiera haber sido según los responsables de Pan Am.
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Margaret se imaginó en aquella situación y comprendió que haría exactamente eso.

– Una noche -prosiguió Harry-, te pedirían que «fueras amable» con un corredor de bolsa borracho, y en caso de negarte te sujetarían para que él gozara de ti. -Margaret cerró los ojos, asqueada y asustada al pensar en lo que podría haberle sucedido-. Al día siguiente te irías, pero ¿a dónde? Aunque tuvieras unos francos, no bastarían para volver a casa. Y empezarías a meditar lo que dirías a tu familia cuando llegaras. ¿La verdad? Jamás. De modo que volverías al alojamiento, con las demás chicas, que al menos te tratarían con cordialidad y comprensión. Después, empezarías a pensar que si lo has hecho una vez, puedes hacerlo dos, y con el siguiente agente de bolsa te lo tomarías con más calma. Antes de que te dieras cuenta, sólo pensarías en las propinas que los clientes te dejarían por la mañana en la mesilla de noche.

Margaret se estremeció.

– Es lo más horrible que he oído en mi vida -dijo.

– Por eso creo que no se debe dejar en paz a Frankie Gordino.

Se quedaron en silencio uno o dos minutos.

– Me pregunto qué relación existe entre Frankie Gordino, y Clive Membury -dijo Harry después, meditabundo.

– ¿Existe alguna?

– Bueno, Percy dice que Membury lleva una pistola. A mí ya me había parecido que era un policía.

– ¿De veras? ¿Por qué?

– El chaleco rojo. Es lo que un policía pensaría apropiado para pasar por un playboy.

– Quizá colabore en la custodia de Frankie Gordino.

– ¿Por qué? Gordino es un malchechor norteamericano que vuela camino a una cárcel norteamericana. Se halla fuera de territorio británico y bajo custodia del fbi. No se me ocurre por qué Scotland Yard enviaría a alguien para colaborar en su vigilancia, sobre todo teniendo en cuenta el precio del billete.

Margaret bajó la voz.

– ¿Es posible que te siga a ti?

– ¿A Estados Unidos? ¿En el clipper? ¿Con una pistola? ¿Por un par de gemelos?

– ¿Se te ocurre otra explicación?

– No.

– En cualquier caso, lo de Gordino hará olvidar el espectáculo que dio mi padre durante la cena.

– ¿Por qué crees que perdió los estribos así? -preguntó Harry con curiosidad.

– No lo sé. No siempre fue así. Recuerdo que era bastante razonable cuando yo era más joven.

– He conocido a pocos fascistas… Suelen ser personas asustadas.

– ¿Tú crees? -Margaret consideraba la idea sorprendente y poco plausible-. Pues parecen muy agresivos.

– Lo sé, pero por dentro están aterrorizados. Por eso les gusta desfilar arriba y abajo y llevar uniformes. Se sienten a salvo cuando forman parte de una banda. Por eso no les gusta la democracia; demasiado incierta. Se sienten más a gusto en una dictadura, pues siempre se sabe qué ocurrirá a continuación y no hay peligro de que el gobierno caiga por sorpresa.

Margaret comprendió la sensatez de aquellas aseveraciones. Asintió con aire pensativo.

– Me acuerdo, incluso antes de que el carácter se le agriara tanto, que se irritaba hasta extremos inimaginables con los comunistas, los sionistas, los sindicalistas, los independentistas irlandeses, los quintacolumnistas… Siempre había alguien decidido a someter a la nación. Si te paras a pensarlo un momento, nunca pareció muy verosímil que los sionistas sometieran a Inglaterra, ¿verdad?

– Los fascistas siempre están enfadados -sonrió Harry-.

Suele ser gente decepcionada de la vida por un motivo u otro.

– Es el caso de papá. Cuando mi abuelo murió y heredó la propiedad, descubrió que estaba en bancarrota. Vivió en la ruina hasta que se casó con mamá. Entonces, se presentó al Parlamento, pero no fue elegido. Ahora, le han expulsado de su propio país.

– De pronto, se dio cuenta de que comprendía mejor a su padre. Harry era sorprendentemente perceptivo-. ¿Dónde has aprendido tantas cosas? No eres mucho mayor que yo.

Harry se encogió de hombros.

– Battersea es un sitio muy politizado. La sección más poderosa del partido Comunista en Londres, creo.

Al comprender un poco más a su padre, Margaret se sintió menos avergonzada de lo ocurrido. No tenía excusa, desde luego, pero resultaba consolador pensar en él como un hombre amargado y asustado, en lugar de un ser desquiciado y vengativo. Harry Marks era muy inteligente. Ojalá la ayudara a escapar de su familia. Se preguntó si querría volver a verla cuando llegaran a Estados Unidos.

– ¿Ya sabes dónde irás a vivir? -preguntó.

– Supongo que me alojaré en Nueva York. Tengo algo de dinero y no tardaré en conseguir más.

Qué fácil parecía, dicho así. Debía ser más fácil para los hombres. Una mujer necesitaba protección.

– Nancy Lenehan me ha ofrecido un empleo -dijo ella, guiada por un impulso-, pero tal vez no pueda cumplir su promesa, porque su hermano está tratando de robarle la empresa.

Él la miró y después apartó la vista, con una inusual impresión de timidez en el rostro, como si, por una vez, se hallara inseguro.

– Bien, no me importaría, o sea, echarte una mano. Era lo que ella estaba deseando escuchar.

– ¿De verás lo harás?

Daba la impresión de pensar que no podía hacer gran cosa.

– Podría ayudarte a encontrar una habitación. Qué alivio tan tremendo.

– Sería maravilloso. Nunca he buscado alojamiento, y no sabría por dónde empezar.

– Mirando en los periódicos.

– ¿Cuáles?

– Todos.

– ¿En los periódicos informan sobre alojamientos?

– Sacan anuncios.

– En el Times no salen anuncios de alojamientos. Era el único periódico que papá compraba.

– Los periódicos vespertinos son mejores.

Ignorar cosas tan sencillas la hacía sentirse como una tonta.

– Supongo que, al menos, podré protegerte del equivalente norteamericano de Benny de Malta.

– Estoy tan contenta. Primero, la señora Lenehan. Después, tú. Ahora sé que podré tirar adelante si tengo amigos. Te estoy tan agradecida que no sé qué decir.

Davy entró en el salón. Margaret reparó en que el avión volaba con suavidad desde hacía cinco o diez minutos.

– Miren todos por las ventanas -dijo Davy-. Dentro de unos segundos verán algo.

Margaret miró por la ventana. Harry se desabrochó el cinturón y se acercó para mirar por encima de su hombro. El avión se inclinaba a babor. Al cabo de un momento, vio que volaban a baja altura sobre un gran transatlántico, iluminado como Piccadilly Circus.

– Habrán encendido las luces en nuestro honor -dijo alguien-. Suelen navegar a oscuras desde que se declaró la guerra… Tienen miedo de los submarinos.

Margaret era consciente de la cercanía de Harry, que no la disgustaba lo más mínimo. La tripulación del clipper habría hablado por radio con la del barco, pues los pasajeros del buque se habían congregado en la cubierta, contemplando el avión y agitando las manos. Estaban tan cerca que Margaret pudo distinguir su indumentaria: los hombres llevaban chaquetas de esmoquin blancas y las mujeres trajes largos. El barco se movía con rapidez. Su proa hendía las gigantescas olas sin el menor esfuerzo y el avión pasó sobre él con suma lentitud. Fue un momento especial; Margaret se sentía hechizada. Miró a Harry y ambos intercambiaron una sonrisa, compartiendo la magia. Él apoyó su mano derecha en la cintura de la muchacha, en la parte que ocultaba el cuerpo, para que nadie lo viera. Su tacto era suave como una pluma, pero ella notó que la quemaba. Estaba excitada y confusa, pero no deseaba que apartara la mano. Al cabo de un rato, el barco fue disminuyendo de tamaño; sus luces se fueron apagando una a una, hasta extinguirse por completo. Los pasajeros del clipper volvieron a sus asientos y Harry retrocedió.

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