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Asesinato en Belleville

Электронная книга - «Asesinato en Belleville». Краткое содержание книги:

La tensión crece en el barrio obrero de Belleville cuando se intensifica una huelga de hambre en protesta contra las estrictas leyes de inmigración. Aimée Leduc se salva por los pelos de morir en un atentado con coche bomba mientras persigue a terroristas entre nacionalistas argelinos y fundamentalistas islámicos que conforman una red clandestina norteafricana en París. Desde que Simenon escribiese las novelas de Maigret, nadie había hecho unas novelas policíacas tan parisinas como las de Cara Black; pasear por las calles de Belleville de la mano de Aimée Leduc te transportará a los rincones más recónditos de la Ciudad de la Luz.
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Su último pensamientos consciente fue el de un olor a éter cuando un trapo húmedo le cubrió la cara, lo que le recordó a cuando le extrajeron las anginas.

Tiempo después, no sabía cuánto, la cabeza de Bernard comenzó a desarrugarse, como si cada capa empapelada de tejido de la conciencia se soltara con un esfuerzo. Abrió los ojos, y se dio cuenta de que, casi pegadas a su nariz, unas burbujas plateadas subían a la superficie. Estaba frente a un acuario que borbotaba, y tenía la espalda apoyada en una pared. Respiraba, pero no podía llenar los pulmones con aire suficiente.

Ante él, en el suelo, una figura encapuchada y vestida de negro, con cartuchos de dinamita alrededor de la cintura, jugaba con una niña de leotardos rosas a construir con Lego. El rostro encapuchado miró hacia arriba.

– Bienvenido al colegio, monsieur Berge -dijo el hombre sin que se le moviera el pasamontañas negro-. Merci por el documento; sin embargo, han surgido nuevos problemas, y nos gustaría que nos ayudara a solucionarlos.

Bernard se dio cuenta de que sus resuellos y jadeos querían decir que estaba hiperventilando.

– ¡No puedo respirar!

– Calmez-vous; nos gustaría pedirle algunos privilegios cuando esté más tranquille-le dijo Rachid, que gritó algo en árabe a otro encapuchado que llevaba un mono negro y que salía de un vano con una ametralladora colgada sobre el pecho.

– Liberaremos a los tres niños más pequeños para mostrar nuestra buena fe, monsieur Berge. Pero usted debe quedarse aquí y ayudarnos a conseguir nuestras peticiones.

Bernard asintió.

– Estoy autorizado…

– Ahora mismo está autorizado para escuchar -lo interrumpió.

* * *

En el exterior de Café Tlemcen, la llovizna se había convertido en un chaparrón. El viento agitaba las hojas y las pequeñas ramas con fuerza, y se quedaban enganchadas en el pelo de Aimée. Dejó la antena de radio sobre la mesa, y estiró su abrigo mojado encima de unas sillas. René y Gaston apiñaron los planos de la école maternelle en la mesa redonda del café.

– Aimée, tenemos una noticia buena. La école maternelle tiene ordenador -dijo René-. ¿Preparada para oír la mala?

Aimée refunfuñó.

– El ordenador no funciona -dijo René.

Que un ordenador no funcionara no era el fin del mundo; los dos lo sabían.

– Pero eso no nos ha detenido en el pasado, René -dijo ella-. Es sólo un poco de trabajo y algo de tiempo.

– Tiempo es algo que no tenemos -dijo él en tono más bajo.

Ella oyó el cambió en su voz y se preocupó.

– Tiens, ¿ha ocurrido algo más?

– Se puede decir que sí-respondió él-. ¡Han conectado el sistema de seguridad del edifico a la bomba humana! Mira este mapa, Aimée.

Mientras la cortina de lluvia empañaba las ventanas del café, ella examinaba el mapa de la estructura del edificio. Las únicas entradas o salidas de los planos del edificio estaban conectadas al sistema central. ¿Cómo iba a entrar?

Aimée se detuvo y señaló con el dedo varias equis que había al lado del antiguo alcantarillado.

– ¿Puedes descifrar eso, René? -le preguntó ella.

Él asintió.

– Son unos viejos socavones -contestó él, y miró más de cerca los planos-. Tapiados.

– ¿Que van adónde? -preguntó ella.

– A un afluente del canal cercano -contestó él-. El bulevar Richard Lenoir es la continuación pavimentada del canal Saint Martin.

Aimée reprimió su emoción, que iba in crescendo.

– ¿Alguna idea de cuándo se tapiaron?

René examinó los planos.

– Diría que lo hicieron cuando se pavimentó el canal. Deja que lo compruebe.

Le dio a varias teclas del portátil cercano. Aimée lo miraba mientras en la pantalla aparecía una cuadrícula del siglo XIX superpuesta a un mapa de Belleville contemporáneo. Aimée lo observaba paralizada.

– ¿Qué clase de mago eres, René? -dijo ella.

– Es sólo un nuevo programa que he encontrado. -Se rió entre dientes-. Lo mejor está por venir.

La nítida resolución resaltaba los estrechos callejones y calles que el varón Haussmann había sustituido en el siglo XIX por los anchos bulevares y avenidas del Belleville de hoy.

– ¡Increíble!

Los ojos de René se iluminaban mientras tecleaba.

– Hay más.

Un sistema subterráneo de arroyos y afluentes del Sena, como ramas de un árbol, se desplegaba en diversos colores.

– Esa gruesa línea azul indica el viejo afluente del canal Saint Martin, y las verdes son los antiguos manantiales de Belleville.

A Aimée el corazón le latía deprisa.

– Si de algún modo pudiéramos entrar, ¿un socavón es navegable?

René se encogió de hombros.

– Como es tierra porosa compuesta de limo de río, ¿quién sabe? El suelo se asentó, para luego hundirse. Hay viejos socavones por todo París, especialmente en el décimo, undécimo, decimonoveno y vigésimo arrondissements. Todo el mundo se olvida de eso.

Aimée se quedó callada.

– Belleville es donde se encuentran todos, ¿verdad?

– Parece que hay un socavón tapiado en el sótano -dijo él-.Que va de la école maternelle a la calle. El embalse de Belleville y las torres de agua están a unas pocas manzanas de allí.

René abrió los ojos de par en par.

– ¿Estás pensando lo mismo que yo?

– Entramos por el socavón -dijo ella, y tocó el lugar en el mapa de la pantalla-. Encendemos el ordenador, pasamos el cableado de la bomba del sistema de seguridad al ordenador, transferimos la conexión e introducimos el código de bloqueo. -Hizo una pausa y respiró-. Lo único que quedaría sería sacar a los niños del socavón.

– ¡Caramba, Aimée! -exclamó él-. Muy buen razonamiento si funcionara el ordenador. Otra historia es si esta teoría se puede poner en práctica. -Le dio a «imprimir»-. Nadie sabe qué pasa realmente ahí abajo.

Aimée se sacó el móvil de la cinturilla. Intentó que René no viera que le temblaban las manos.

– No es mi estilo ser una rata de alcantarilla. Ni me gustó la última vez en el Marais -le dijo René-. Aunque en aquella ocasión no había niños ni agujeros subterráneos inestables.

Ella estudió el mapa y dejó sus temblorosas manos metidas en los bolsillos.

– Piénsalo, René -dijo Aimée-. Simulamos la conexión del ordenador, engañamos al sistema e introducimos el código de bloqueo.

René frunció el ceño.

– Aimée, me preocupa… no hay garantías de ese modo.

– No hay garantía alguna, René. Pero si inutilizamos el artefacto explosivo, Anaïs y esos niños tendrán una oportunidad. Con los tiradores de la raid, me temo que van a ser carne de ametralladora.

René negó con la cabeza.

– No podemos hacerlo solos.

Su corazón le latía muy deprisa mientras veía cómo el plano subterráneo salía de la impresora de René.

– La cuestión es si pedimos ayuda o lo hacemos solos -quiso saber Aimée.

René puso los ojos en blanco.

– Soy demasiado bajo para esos uniformes de comando. Además, mi fontanero se ha trasladado a Valence. Necesitaríamos dinamita.

– Gaston fue militar, ¿no es así? -dijo ella, y se volvió hacia él-. ¿Eres bueno con el desatascador?

– Fui aprendiz en el Cuerpo de Ingenieros del Ejército -le contestó él-. Antes de pasarme a la inteligencia.

– Perfecto -dijo ella.

– Las bombas te ponen nerviosa, Aimée -le dijo René, con preocupación en su voz-. Dejemos que los mandamases nos den acceso. Entonces tendremos más posibilidades.

Antes de que ella pudiera responder, oyeron un disparo a lo lejos.

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