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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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– Está ocupado -dijo ella-. ¿No lo ves?

– Vaya lío. Voy a meterme en un lío si no encuentro al corso -dijo Aimée. La botella de Stella Artois que tenía la gótica en la mano estaba vacía-. Pregúntaselo, ¿vale? Te pido una cerveza mientras lo haces.

El rostro de la mujer mostraba una expresión vacilante mientras el discjockey anunciaba un descanso. Para cuando Aimée regresó, estaban juntos. Aimée le pasó la cerveza y la mujer se lo recompensó encogiendo los hombros de nuevo y pasándosela a su novio.

– ¿Corso? Ya sé quién dices -dijo el discjockey extendiendo la mano cubierta de anillos-. No está aquí. Ya le doy yo la mezcla.

Aimée no sabía qué hacer. Vaciló. ¿Qué ocurriría si le daba un disco y se le ocurría ponerlo? Aunque dudaba de que un disjóquey trabajara con la mezcla de otro ya que se suponía que era su firma, su marca de la casa, había algo en ese hombre con esmalte de uñas negro y una manicura mejor que la suya de lo que ella no se fiaba. Lo único que tenía en la bolsa eran disquetes vacíos.

– Tiene el pelo y los ojos oscuros y es un músico que mezcla polifonía y tecno. ¿Estamos hablando de la misma persona?

– Eres la segunda persona esta noche -dijo el discjockey poniendo cara rara.

¿La segunda?

– ¿Qué dices?

– Digo que es hora del gótico, no de relajación -repuso él-. Ese es un peso ligero. -Parecía aburrido y suspiró de forma despectiva-. Igual tienes más suerte en la sala de chill out.

Así que no era la única que buscaba a Sarti.

La sala de chill out… ¿Estaría aquí o en otro club? Se dirigió hacia la barra y siguió a una pareja hacia dentro de la cueva de detrás, llena de góticos que pululaban por allí. Su atuendo negro era como un uniforme. El humo y el olor a podrido de las paredes que el papier d'arménie no conseguía enmascarar la estaban mareando. Y en el aire húmedo y como pantanoso sus extensiones se habían empezado a aflojar. El adhesivo temporal ya se había fundido en su cuello como un pegote delator. Si no salía de allí pronto se soltarían a mechones. Se puso un fular de red sobre la cabeza con la esperanza de que se mantuvieran en su sitio.

De algún sitio salía el sonido del bajo y la batería con unos toques de jazz. Siguió el ritmo de la música hasta otra caverna donde una multitud variopinta se encontraba desparramada sobre los sofás o bailaba con los ojos cerrados.

El hombre que estaba desenvolviendo su cofre (una caja de plástico duro para los platos) asintió cuando le preguntó.

– DJ Ketlogic, un hombre de chill out, sin duda -dijo-. Buena mezcla trance.

Ella sonrió como si entendiera lo que él quería decir.

– ¿Dónde está?

– Acaba de salir.

* * *

De vuelta en Montmartre encontró un tercer club. Por lo menos se podría quitar el pelo falso y meterlo de cualquier modo en el bolso. ¿No solía decirse que lo que no mata engorda?

Entró en el club lleno de humo que vibraba al ritmo de la música tecno y que estaba situado en lo que una vez fue un elegante hôtel particulier de altos techos. La chimenea de mármol albergaba montones de periódicos alternativos. Sobre ella se encontraba un deslucido espejo fin de siécle y al final de unos escalones de piedra tan gastados que casi habían desaparecido, un escenario teatral.

– ¿Pincha hoy DJ Ketlogic? -preguntó.

– Mira en la barra -dijo un hombre con la cabeza afeitada y unos ojos castaños sin vida.

El mismo Lucien estaba allí de pie junto a los barriles de servir la cerveza. En su bolsillo vibró el teléfono móvil, precisamente cuando había encontrado a Lucien.

– Allô?-dijo impaciente.

– Aimée -dijo Saj-, tuviste una buena idea. He estado investigando y he descubierto una conexión entre el centro de escuchas central en Les Invalides y Orejas Grandes.

– ¡No me digas! -No importaba cómo. Saj había tomado su idea y la había llevado a la práctica. ¡Y había encontrado una relación!-. Sigue, Saj -dijo, mientras miraba cómo Lucien recogía su maletín.

– ¡Están vigilando Montmartre desde un piso del quartier, ni más ni menos! Suena a montaje muy dulce. Muy acogedor, acaban de encargar comida china. Apuesto a que mañana mismo nos escucharán, o cuando quiera que descifren esto.

– ¿Dónde? -preguntó ella.

– Rué Nicollet 16. Ten cuidado.

– Superbe, Saj.

Sería mejor que llegara allí antes de que cerraran. Pero como acababa de encontrar, por fin, a Lucien, no podía marcharse con las manos vacías. Como si hubiera sentido su presencia, él se volvió. Sus ojos negros brillaban en la tenue luz de la barra mientras la miraba de arriba abajo.

– ¿Es ese tu atuendo habitual?

Se había olvidado de su ropa gótica. No le extrañaba que la gente en el metro se hubiera mantenido a distancia.

– Hace la vida más interesante -dijo. Se movió hacia él y lo cogió del brazo.

– Como vivir al límite, ¿verdad?

– Han montado una operación y esa operación eres tú -le dijo ella al oído-. Se supone que tengo que entregarte. Voy a tener que hacerlo a no ser que me lleves hasta Petru y me ayudes a encontrarlo.

– No te rindes, ¿no?

– Si lo hago, vendrán a por ti de cabeza. Esta noche, mañana o al día siguiente. Tú eliges.

Él se encogió de hombros.

– No sé dónde ha ido el salaud.

– Ahora te creo. Pero puedes ayudarme a encontrarlo. Vamos a coger un taxi.

* * *

Por encima de ellos se adivinaban las empinadas escaleras de la rue Nicollet, una estrecha callejuela en el lado menos de moda del Sacré Coeur. Desde una ventana abierta flotaban en el aire retazos de música africana. Al lado de una verja, sobre los escalones, se encontraban unos contenedores verdes de plástico para la basura; las ramas de los árboles enviaban sus sombras como palos sobre el pequeño patio del número 16 rodeado por un muro. Antes de que Aimée pudiera pedir a Lucien que esperara, escuchó gruñidos en la sombra. Quejidos humanos. Apurada, se preguntó si se habrían tropezado con una pareja en situación amorosa. O… los gruñidos aumentaban… ¿sería el sonido de alguien que sufría?

Esquivó los contenedores de basura y se situó sobre la oscura acera mojada que llevaba a un edificio trasero. Una figura se acurrucaba contra la pared posterior. Alumbró con su linterna y vio a un hombre con el abrigo de cuero negro rasgado y sangrando sobre las empapadas hojas secas. Era Petru.

– Salaud, bastardo -juró Lucien, seguido por más palabras en corso que ella no entendió. Sacó un cuchillo y amenazó con él a Petru, que estaba temblando.

– ¡Para! -Nunca pensó que protegería a este tipo, pero ahora tiró del brazo de Lucien-. Espera, tengo que hablar con él.

– Ahora mismo lo están bajando -dijo con dificultad un pálido Petru-. Las pistolas, los lanzagranadas. Tengo que hablar con ellos…

– ¿Decírselo a la DST?

Él asintió, desplomándose. Hizo una mueca de dolor.

Así que Petru era un informador de la DST.

– Mentiroso, me tendiste una emboscada -le acusó Lucien retirando a Aimée de un empujón.

– ¿Por qué pagaste a Cloclo? -preguntó Aimée.

– Para seguirte la pista -repuso Petru cogiendo aire-. Saber qué averiguabas. Yo estaba pegando palos de ciego, intentando atrapar al villano real, pero la DST piensa que eras tú, Lucien. Tengo que decírselo…

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