La estación de la calle Perdido [Perdido Street Station - es]
- Автор: Мьевилль Чайна
- Год: 2001
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-463-2
- Переводчик: Carlos Lacasa Martin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La estación de la calle Perdido [Perdido Street Station - es]». Краткое содержание книги:
Dotado de un especial talento para las ambientaciones exóticas, China Miéville convierte a Nueva Crobuzon en un vigoros escenario en el que se dan cita los ecos de un Londres victoriano, la distopía más agria, la poderosa imaginería de la literatura gótica y originales razas atropomórficas. Sirviéndose de los recursos clásicos de la literatura fantástica y de anticipación, inaugura una fórmula narrativa fresca y novedosa, capaz de fascinar por igual a público y crítica hasta convertir La estación de la calle Perdido en la gran revelación de 2000 en el Reino Unido, donde ha sido galardonada con los principales premios literarios.
—Pues ya ves —respondió Isaac apesadumbrado—. Me temo que hasta que no me encargue de lo que cono sea que he liberado por la ciudad, y hasta que pueda traer de vuelta a Lublamai de donde esté, los problemas del vuelo y los motores de crisis, por emocionantes que sean, pierden gas.
—Me condenas a mi vergüenza… —siseó Yagharek como rápida respuesta. Isaac lo interrumpió.
— ¡David conoce lo de tu supuesta vergüenza, Yag! —gritó—. ¡Y no me mires así, así es como trabajo, y es mi colega, y así es como he conseguido hacer progresos con tu puto caso!
David miraba con dureza a Isaac.
— ¿Cómo? —susurró—. ¿Motores de crisis…?
Isaac sacudió la cabeza irritado, como si tuviera un mosquito en el oído.
—He hecho unos progresos en la física de crisis, nada más. Luego te lo cuento.
David asintió confuso, aceptando que aquel no era el momento de discutir aquello, aunque sus ojos traicionaban su sorpresa. ¿Nada más?
Yagharek se mecía nervioso, inundado por una terrible desdicha.
—N-necesito tu ayuda… —comenzó.
—Sí, igual que Lublamai —gritó Isaac—, y me temo que eso ahora es más urgente… —después suavizó el tono—. No te estoy dejando tirado, Yag, ni se me ocurriría hacer eso. Pero el caso es que ahora mismo no puedo proseguir. —Isaac pensó unos instantes—. Si quieres que acabemos con esto lo antes posible, podrías ayudar… No te largues sin más. Quédate aquí, coño, y ayúdanos a solucionar esto. De ese modo podremos regresar enseguida a tus problemas.
David miraba a Isaac con recelo. Ahora sus ojos decían, ¿Sabes lo que estás haciendo? Viendo aquello, Isaac se envalentonó.
—Puedes dormir aquí, comer aquí… A David le dará igual, ni siquiera vive aquí. Yo soy el único que lo hace. Entonces, cuando sepamos algo, podremos… bueno, podremos buscarte alguna utilidad, si sabes a qué me refiero. Puedes ayudar, Yagharek. Nos serías de muchísima utilidad. Cuanto antes acabemos con esto, antes retomaremos tu programa. ¿Entiendes?
Yagharek se sentía sumiso. Tardó unos instantes antes de hablar, y lo único que logró fue asentir brevemente y decir que sí, que permanecería en el almacén. Estaba claro que no podía pensar en otra cosa que su investigación sobre el vuelo. Isaac estaba exasperado, pero no lo tuvo en cuenta. La escisión, el castigo que había sufrido Yagharek, se había aposentado en su alma como una cadena de plomo. Era totalmente egoísta, pero tenía sus motivos.
David se quedó dormido, exhausto y triste. Aquella noche durmió en su silla, mientras Isaac cuidaba de Lublamai. La comida que le habían dado parecía haber llegado a su destino, y la primera tarea era limpiar las heces.
Hizo un hatillo con la ropa sucia y la metió en una de las calderas del almacén. Pensó en Lin. Esperaba que llegara pronto.
Se dio cuenta de que estaba suspirando.
26
Las cosas se agitaban en la noche.
Por la mañana, en las horas anteriores al alba y después de que se alzara el sol, se encontraron más cuerpos idiotas. Esta vez eran cinco. Dos vagabundos ocultos bajo los puentes de Gran Aduja. Un panadero que volvía a casa tras su trabajo en la Letrina. Un doctor en la Colina Vaudois. Una barquera más allá de la Puerta del Cuervo. Una salpicadura de ataques que desfiguraban la ciudad sin patrón alguno. Norte, este, oeste, sur. No había barrios seguros.
Lin durmió mal. Se había sentido conmovida por la nota de Isaac, al pensar que había cruzado toda la ciudad solo para dejar un trozo de papel en su puerta, pero también sentía preocupación. El párrafo tenía un tono histérico, y la súplica de que acudiera al laboratorio era tan impropia que le asustaba.
No obstante, hubiera acudido de inmediato de no haber regresado tarde a Galantina, demasiado como para viajar. No había estado trabajando, pues la mañana anterior había despertado para encontrar una nota debajo de su puerta.
Inexcusables negocios requieren el aplazamiento de los encuentros hasta nuevo aviso. De ser posible, recibirá instrucciones para reanudar las tareas.