Pago Sangriento
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Pago Sangriento». Краткое содержание книги:
Con la finalidad de alejar a la prensa el máximo tiempo posible, dada la notoriedad de los principales sospechosos, Lynley y la sargento Havers viajan hacia el aislado lugar. Entre sus sospechosos: el más poderoso productor teatral de Gran Bretaña, dos de las estrellas más queridas del país, y la mujer a la que Lynley ama.
Para Lynley, la investigación requiere toda la delicadeza que pueda reunir, y ello le forzará a enfrentarse también con un dilema personal. Presente en Westerbrae la noche del asesinato estaba Helen Clyde, una mujer con la cual Lynley está compartiendo una complicada relación y una amistad duradera que ha evolucionado hacia el amor. El hecho de que ella ocupara la habitación contigua a la de la víctima, no puede ser pasado por alto. El hecho de que ella no la ocupara sola, no puede ser ignorado.
Luchando para superar los celos que amenazan con enturbiar su juicio y las emociones que podrían llevarle a cometer errores fatales, Lynley se descubre a sí mismo envuelto en escándalos familiares, feroces rivalidades teatrales, y terribles revelaciones. Cuando la vida ocupe más poderosamente sus pensamientos que la muerte, la cuestión será si podrá atravesar la peligrosa línea que existe entre la fría objetividad de un investigador profesional y la furia confusa de un enamorado.
En la mansión, los motivos se ocultan profundamente. Indignada por lo que ella ve como encubrimiento de un asesino de alta categoría social, la sargento Bárbara Havers, arriesgando su carrera y cuestionando su profunda lealtad profesional, empieza por su cuenta una búsqueda de los secretos que guardan no sólo una familia, sino dos, y que se mantienen en el silencio.
Lo más doloroso es que era cierto. De principio a fin. Gabriel gruñó, se incorporó y empezó a buscar sus ropas. La puerta del camerino se abrió.
Sólo tuvo tiempo de mirar en esa dirección y ver una forma corpulenta que se dibujaba contra la oscuridad adicional del pasillo. Sólo tuvo tiempo de pensar «Alguien ha apagado todas las luces del pasillo» antes de que una figura se abalanzara sobre él.
Gabriel olió a whisky, tabaco y sudor. Y una lluvia de golpes se desplomó sobre su cara y pecho, buscando con saña sus costillas. Escuchó, más que sintió, la fractura de los huesos. Probó el sabor de la sangre y sus dientes mordieron el tejido de la mejilla hundida.
El asaltante resolló a causa del esfuerzo, escupió con rabia y dijo con voz rasposa, no sin antes descargar una cuarta patada en la entrepierna de Gabrieclass="underline"
– La próxima vez te guardas tu asquerosa picha en los pantalones, tío.
Antes de perder el sentido, Gabriel sólo pudo pensar «Nunca más con adolescentes.»
Lynley colgó el auricular y miró a Barbara.
– No contesta -dijo. Barbara vio que un músculo de su mejilla se contraía-. ¿A qué hora telefoneó Nkata por primera vez?
– A las ocho y cuarto.
– ¿Dónde estaba Davies-Jones?
– Había ido a un bar, cerca de la estación de Kensington. Nkata estaba en una cabina, afuera.
– ¿Y estaba solo? ¿Helen no le había acompañado? ¿Está segura?
– Estaba solo, señor.
– ¿Habló con ella, Havers? ¿Habló con Helen después de que Davies-Jones se marchara de su casa?
Barbara asintió con la cabeza, sintiendo una preocupación por él que no le hacía la menor gracia. Parecía completamente exhausto.
– Lady Helen me telefoneó, señor, nada más marcharse él.
– ¿Qué dijo?
Barbara repitió pacientemente lo que ya le había referido antes.
– Sólo que se había ido. La primera vez que telefoneé, siguiendo sus instrucciones, intenté mantenerla en la línea durante treinta minutos, pero ella se negó, inspector. Dijo que tenía compañía y que me telefonearía más tarde. -Barbara observó que la ansiedad se reflejaba en el rostro de Lynley-. Creo que quería encargarse del problema por sí sola, inspector. Quizá… bueno, quizá no acaba de creerse que es un asesino.
Lynley carraspeó.
– No. Ya lo ha comprendido. -Acercó las notas de Barbara. Contenían el resultado del interrogatorio efectuado a lord Stinhurst y la conclusión final del inspector Macaskin. Se puso las gafas y empezó a leer.
La noche había calmado el habitual estrépito que reinaba de día en el departamento. Sólo el ocasional sonido de un teléfono, una voz elevada o un estallido de carcajadas les indicaba que no estaban solos. La nieve ahogaba los ruidos de la ciudad.
Barbara se hallaba sentada frente a él, sosteniendo el diario de Hannah Darrow en una mano y el cartel de Las tres hermanas en la otra. Había leído ambos, pero esperaba su reacción al material que le había preparado durante su estancia en East Anglia. Y el atasco de tráfico que le había sorprendido de regreso a Londres.
Vio que fruncía el ceño mientras leía. A juzgar por su aspecto, parecía que los apremiantes requerimientos de los últimos días hubieran socavado su cuerpo. Apartó la mirada y se dedicó a examinar su despacho, meditando sobre las diversas maneras en que reflejaba la dicotomía de su carácter. Los estantes para libros aludían a su trabajo. Contenían volúmenes de derecho, textos forenses, comentarios sobre jurisprudencia y varios trabajos llevados a cabo por el Instituto de Estudios Políticos sobre la eficacia de la policía metropolitana. Conformaban una colección muy corriente en un hombre interesado en su carrera. Sin embargo, las paredes del despacho se apartaban de ese aspecto profesional y revelaban un segundo Lynley, de naturaleza compleja. No había mucho que ver: dos litografías del sudoeste de Estados Unidos, que hablaban de su apego a la tranquilidad, y una fotografía que ponía al descubierto algo grabado desde hacía mucho tiempo en su corazón.
Era una vieja fotografía de St. James, tomada antes del accidente que le había costado una pierna. Barbara reparó en los inocuos detalles: la postura erguida de St. James, apoyado con los brazos cruzados en un bate de cricket; el desgarrón sobre la rodilla izquierda de sus pantalones de franela; la sombra similar a una nube que dibujaba sobre su cadera una mancha de césped; su risa alegre y vital. «El verano pasó -pensó Barbara-. El verano murió para siempre.» Sabía muy bien por qué la foto colgaba allí. Apartó los ojos de ella.
Lynley sostenía su cabeza inclinada con la mano. Se pasó tres dedos por la frente. Transcurrieron varios minutos antes de que levantara la vista, se quitara las gafas y mirase a Barbara.
– No es posible detener a nadie basándonos en lo que pone aquí -dijo señalando la información de Macaskin.
Barbara titubeó. Lynley se había mostrado antes tan contundente por teléfono que casi había llegado a convencerle de su error al sospechar de lord Stinhurst. Se lo pensó dos veces antes de puntualizar lo obvio, pero no hizo falta, porque el propio Lynley se encargó de ello.
– Y Dios sabe que no podemos detener a Davies-Jones basándonos en que su nombre aparece en un cartel de hace quince años. Con las pruebas de que disponemos, daría igual arrestar a cualquiera de ellos.
– Pero lord Stinhurst quemó los libretos en Westerbrae -le recordó Barbara-. Aún nos queda eso.
– Si se refiere a la teoría de que asesinó a Joy para que guardara silencio sobre su hermano, sí. Aún nos queda eso, pero yo no lo veo de esa manera, Havers. Lo peor que Stinhurst hubiera tenido que afrontar habría sido la humillación familiar si la obra de Joy daba a conocer toda la historia de Geoffrey Rintoul. Pero el asesino de Hannah Darrow se exponía a ser descubierto, juzgado y encarcelado si ella escribía el libro. Bien, ¿qué móvil le parece más lógico?
– Tal vez… -Barbara sabía que debía formular su sugerencia con mucho tacto- exista un doble motivo. Pero un solo asesino.
– ¿Otra vez Stinhurst?
– Dirigió Las tres hermanas en Norwich, inspector. Pudo ser el hombre que Hannah Darrow conoció. Y pudo conseguir la llave de la habitación de Joy por mediación de Francesca.
– Olvida algunos datos, Havers. Todo lo relativo a Geoffrey Rintoul había desaparecido del estudio de Joy. Por el contrario, todo lo relacionado con Hannah Darrow, todo cuanto nos conduce hasta su muerte en 1973, se hallaba a plena vista.
– Claro, señor. Stinhurst no pudo pedir a los chicos del MI5 que se apoderasen de las cosas de Hannah Darrow. Eso no interesaba para nada al gobierno. No se trataba exactamente de un secreto oficial. Además, ¿cómo podía saber lo que Joy había reunido acerca de Hannah Darrow? Se limitó a mencionar a John Darrow durante la cena de aquella noche. A menos que Stinhurst, bien, a menos que el asesino hubiera entrado en el estudio de Joy antes del fin de semana, ¿cómo habría podido averiguar lo que ella había conseguido reunir?