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Электронная книга - «Las Razones del Corazón». Краткое содержание книги:

Penelope Ashford se ha criado con todas las ventajas: riqueza, posición, y belleza. Sin embargo, dista mucho ser la típica señorita de sociedad: es enérgica, terca y directa hasta las últimas consecuencias; durante años se ha dedicado a dirigir una institución de asistencia para los huérfanos. Pero ahora sus pupilos están desapareciendo misteriosamente. Desesperada, recurre al único hombre que conoce y que podría ayudarla: Barnaby Adair.
Apuesto descendiente de una noble familia, Adair se ha labrado un nombre dentro de la política y en los círculos judiciales. Sus poderes de seducción y observación combinados con pedigrí le han llevado a resolver diversos crímenes de gravedad dentro de la sociedad. Aunque la hace sentirse irritantemente incómoda, Penelope se presenta a altas horas de la noche ante la puerta de su residencia de soltero, decidida a reclutarle para su causa.
Barnaby acepta su desafío, intrigado por su historia tanto como por la mujer, su audaz belleza e innegable intelecto forman un impresionante contraste con las demás señoritas de sociedad, por lo general insípidas. Reclutando la ayuda del inspector Basil Stokes, se infiltran en las calles de Londres. Pero mientras desentrañan el misterio, descubren el rastro de un criminal arraigado en la misma recientemente creada organización para proteger a los londinenses. Y dicho criminal está al tanto de ellos y de sus esfuerzos, y está preparado para amenazar todo lo que aprecian, incluido sus recientes conocimientos sobre las intrigas del corazón humano.
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– Usted es la señora de la casa. Mi madre dijo que iría a buscarme pero en cambio vino el viejo Grimsby.

– Es verdad; te secuestró. Por eso hemos venido a buscaros y a él lo mandaremos a prisión.

Los niños miraban a los agentes que se abrían paso como podían, en su mayoría camino de la calle ahora que los niños estaban a salvo y los villanos detenidos.

– ¿Todos estos policías están aquí por nosotros? -preguntó otro niño.

Ella rebuscó en la memoria el nombre del chico.

– Sí, Dan, así es. Os hemos buscado durante semanas.

Los niños intercambiaron miradas, impresionados de ser objeto de tanta atención.

– Muy bien. -Penelope sonrió a los niños; apenas podía creer que después de tanto investigar por fin los hubieran hallado sanos y salvos. -Ahora os llevaremos al orfanato.

Se movió para ver los ojos de los dos últimos niños, que seguían un poco retirados. De repente, le cayó el alma a los pies. Tendrían que haber sido Dick y Jemmie, pero no lo eran.

Al ver que ella los miraba fijamente, agacharon la cabeza.

Al cabo de un momento, uno la miró a hurtadillas por debajo de un flequillo mugriento.

– ¿Y qué va a pasar con nosotros, señorita? Tommy y yo no íbamos a ir a ninguna casa para huérfanos.

Penelope parpadeó; trató de pensar con lucidez entre la maraña de emociones que la acuciaban.

– No, pero… ahora sois huérfanos, ¿verdad?

Tommy y su amigo cruzaron una mirada y asintieron.

– En ese caso, también podéis venir con nosotros. Luego arreglaremos los detalles, pero no os quedaréis en las calles. Podéis venir con Fred, Dan y Ben, y os daremos un magnífico desayuno y una cama caliente.

La promesa de comida garantizó la buena disposición de los niños para ir a donde ella quisiera. Penelope inspiró profundamente.

– Pero antes, decidme… ¿Había más niños con vosotros aquí? ¿Niños que tendrían que haber ido al orfanato?

– Se refiere a Dick y Jemmie. -Con los ojos brillantes, deseoso de ayudar, Fred asintió. -Están aquí; al menos estaban, pero ayer salieron con Smythe y todavía no han vuelto.

Dejando a los cinco niños al cuidado de Griselda, con órdenes estrictas de que la esperasen, Penelope se abrió paso entre el remolino de agentes, dirigiéndose a la escalera. Llegó al pie al tiempo que Miller bajaba.

– Tengo que hablar con Stokes y Adair; es urgente.

Miller reparó en su tensa expresión. Echó un vistazo escaleras arriba.

– Ya están bajando, señorita.

Miller y Penelope retrocedieron hacia el centro de la habitación al bajar dos agentes fornidos que llevaban esposado a un hombre de aspecto corriente.

Wally, supuso Penelope. Tenía el pelo de punta, la ropa arrugada y una expresión de absoluta incomprensión. No causó ningún problema a los agentes, que lo llevaron a un lado para que los demás pudieran bajar.

Descendieron otros dos agentes, esta vez conduciendo a un hombre de mucha más edad. Grimsby. Su cabezota redonda de mandíbula prominente y pelambrera lacia y gris se apoyaba sobre unos hombros encorvados y un pecho hundido. Grimsby quizás antaño había tenido un aspecto imponente, pero ahora estaba viejo, le pesaban los años. Pese a todo, sus ojos brillaban con astucia mientras miraba todo, reparando en los niños y Griselda, en los demás agentes, en Miller… y en Penelope.

Ésta le hizo fruncir el ceño. Grimsby no la ubicaba.

Stokes y Barnaby fueron los últimos en bajar.

Los agentes pusieron a Grimsby en medio de la zona despejada y le dieron la vuelta, de cara a Stokes. Siguiendo indicaciones de Miller, los agentes colgaron varios faroles que iluminaron bien la habitación.

Penelope aprovechó el momento; adelantándose, llamó la atención de Barnaby y Stokes. Ambos se volvieron hacia ella, que habló en voz baja:

– Dick y Jemmie, los dos últimos niños raptados, no están aquí, -Ellos miraron a los niños. -Sí, hay cinco, pero hay dos de quienes no sabíamos nada. Según los demás, Dick y Jemmie estaban aquí pero Smythe se los llevó ayer y aún no los ha devuelto.

El inspector maldijo entre dientes y cruzó una mirada con Barnaby, que también puso mala cara.

– Si Smythe es la mitad de bueno de lo que dicen, no volverá a acercarse a este lugar.

– Y si necesita niños -observó Barnaby, -se quedará con los dos que tiene; no los soltará.

– ¡Maldita sea! -Stokes dio voz a su frustración. Al cabo de un momento, dijo: -Veamos qué podemos sonsacar a Grimsby.

– Prueba primero con Wally. -Penelope miró al joven. -Parece… más ingenuo.

No exactamente ingenuo, pero desde luego acertaba en que no andaba sobrado de luces. Dando la espalada a Penelope y Barnaby, Stokes se encaró con los detenidos. Penelope deslizó una mano la de Barnaby y le dio un apretón. Luego lo soltó y regresó con los niños; no quería que se sintieran abandonados de nuevo.

Tras un breve titubeo, Barnaby la siguió. Stokes observó impasible a Grimsby y luego a Wally. Finalmente, dijo:

– Wally, ¿verdad? -Cuando el aludido asintió, frunciendo el ceño desconcertado, el inspector preguntó: -¿Quién te pidió que mataras a la señora Carter?

Wally frunció más el ceño y meneó la cabeza.

– Yo no he matado a nadie. ¿Quién es la señora Carter?

Saltaba la vista que decía la verdad.

– Wally, te llevaste a un niño, Jemmie, de casa de su madre; ella era la señora Carter.

Wally asintió y puso cara de entender.

– Sí, me lo llevé. Fui a buscarlo con Smythe. Su madre no se encontraba bien, pero estaba viva cuando nos marchamos.

– Cuando tú te marchaste. -Hizo una pausa y al cabo aventuró: -De modo que tú y Jemmie os fuisteis…

Wally asintió.

– Smythe me dijo que me llevara al niño para poder hablar a solas con su madre. AI salir, dijo que le había dicho que Jemmie tenía que venir con nosotros porque se encontraba mal y necesitaba descansar…

– Entiendo. Y ayer fuiste con Smythe a Black Lion Yard. Wally asintió de nuevo.

– Sí. Teníamos que recoger a otro niño; su abuela estaba enferma. -Volvió a fruncir el ceño. -Pero todo salió mal. Sólo queríamos llevarnos al chico para traerlo a la escuela de Grimsby; así tendría un oficio cuando creciera, pero la gente que había allí no lo entendió.

No era la gente de Black Lion Yard quien no lo había entendido. Stokes miró a Barnaby, que estaba junto a Penelope. Barnaby ladeó la cabeza hacia los niños y, articulando los labios, dijo: «Smythe.»

Centrándose otra vez en Wally, Stokes preguntó:

– ¿Sabes dónde para Smythe? Tiene a dos de los niños, ¿verdad?

– Sí. Anoche se llevó a Dick y Jemmie para entrenarlos en las calles. Dijo que eran los dos más avispados. -Frunció todavía más el ceño al caer en la cuenta. -Aunque no los ha devuelto; bueno, no creo que lo haga con tanta bofia por aquí. Pero no sé dónde cuelga la gorra. A lo mejor el jefe lo sabe.

Miró a Grimsby, que estaba ceñudo.

– No, no lo sé. Smythe no va por ahí repartiendo tarjetas, y mucho menos me invita a tomar unas copas de vez en cuando. Es muy reservado.

Barnaby no había esperado menos. Miró a Penelope y le estrechó los dedos que había deslizado otra vez en su mano.

Stokes se volvió hacia Grimsby.

– Tienes edad suficiente para saber cómo va todo esto, Grimsby. Has montado una escuela aquí para entrenar a niños que ayuden a robar. Ningún juez lo verá con buenos ojos. Pasarás el resto de tu vida entre rejas. No volverás a ver la luz del día.

La indignación de Grimsby aumentó.

– Sí, ya lo sé… -Miró a Stokes especulativamente. -Si me: avengo a ayudar contando todo lo que sé, ¿qué opciones tengo?

La sonrisa del inspector fue la personificación del cinismo.

– Sí, y sólo si logras convencerme de que desnudas tu alma y lo que ofreces nos sirve en la investigación, hablaré con el juez. Lo máximo que puedes esperar es una sentencia menos severa. La deportación en lugar de una celda.

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