Poderes Extraordinarios
- Автор: Файндер Джозеф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Poderes Extraordinarios». Краткое содержание книги:
Poderes extraordinarios es una novela de suspenso escrita por un novelista catalogado como uno de los mejores escritores de thrillers del mundo, Joseph Finder, graduado en la universidad de Yale y Harvard.
La novela narra la historia de Ben Ellison, quien se encarga de investigar el accidente que terminó con la vida de su suegro, director de la CIA en el momento más exitoso de su carrera. Pero, aparentemente, no se trata de un accidente. Ben utilizará sus poderes de percepción extrasensorial para buscar al ex jefe de la KGB, el único que puede revelar la verdad. Pero mientras Ben lleva a cabo su investigación, un asesino le asecha.
Joseph Finder describe una conspiración concebida en el corazón de la inteligencia norteamericana. Una fortuna perdida, de origen soviético y habilidades parapsicológicas condimentan una trama muy atrapante.
El libro tiene un valor tremendo, es muy bueno. Además, su autor afirma que si bien ciertas cosas de la novela son parte de la ficción, la historia está basada en hechos históricos muy misteriosos y poco conocidos, pero existen registros muy interesantes que demuestran su veracidad. A medida que se avanza en la lectura, Joseph Finder presenta artículos periodísticos que respaldan su afirmación.
Se trata de una verdadera obra de arte, te la recomiendo.
Te dejo el link de la página oficial del autor para que encuentres más información si es de tu interés.
– Guten Tag!
Asentí para devolverle el saludo y miré a mi alrededor como buscando un volumen. Después, le pregunté en alemán:
– ¿Hasta qué hora está abierto?
– Las siete -dijo.
– Volveré cuando tenga más tiempo.
– Pero si tiene unos minutos ahora -dijo él-, hay algunas adquisiciones nuevas en la otra habitación.
Se levantó, cerró con llave la puerta del frente y puso un cartel de "Cerrado" en la vidriera. Después, me llevó hacia una habitación llena de libros de tapa dura, recubiertos en cuero. En varias cajas de zapatos había una selección lamentable de armas. Las mejores eran una Ruger Mark II (una semiautomática decente pero sólo.22), un Smith amp; Wesson, y una Glock 19. Elegí la Glock. Es una pistola con más problemas de los necesarios, o eso me dicen mis amigos de la Agencia, pero a mí me gusta. El precio era exorbitante pero al fin y al cabo, estábamos en Suiza.
Durante la cena en el Agnes Amberg de Hottingerstrasse, ninguno de los dos sacó el tema que pesaba en nuestras mentes. Era como si necesitáramos una tregua en la tensión, ser turistas comunes por un rato. Con las manos vendadas, me parecía difícil, hasta doloroso, cortar la comida.
Siga el oro…
Ahora tenía un nombre y un Banco. Estaba varios pasos más cerca.
Una vez que tuviera una dirección, un camino, podría acercarme un poco a la solución del enigma por el cual habían matado a Sinclair: es decir, ¿cuál era la conspiración que había que cubrir? Y sabría si mi epifanía nocturna era cierta.
Comimos en un silencio amenazante. Después, de pronto, antes de que yo pudiera decir nada, Molly interrumpió mis pensamientos.
– ¿Sabías que en este lugar las mujeres no pudieron votar hasta 1969?
– ¿Y?
– Y yo que creía que la profesión médica estadounidense no se tomaba en serio a las mujeres… No creo que vuelva a decirlo nunca después del médico que vi hoy.
– ¿Fuiste a ver a un médico? -pregunté aunque ya lo sabía-. ¿Por lo del estómago?
– Sí.
– ¿Y?
– Y -dijo ella, plegando la servilleta sobre la mesa-, estoy embarazada. Pero eso ya lo sabías.
– Sí -admití-. Ya lo sabía.
44
Casi no podíamos esperar a volver al hotel, Molly y yo. Hay algo en la alegría, en el terror del descubrimiento de que uno está creando un ser humano, que puede ser muy excitante, y esa noche los dos estábamos en celo. Aunque Laura estaba embarazada cuando murió, yo no lo había sabido hasta su muerte. Así que todo eso era nuevo para mí. Y en cuanto a Molly… bueno, durante años había sonado tan antiprocreación que yo esperaba que se sintiera mal y hablara de sacarse de encima el chico, o algo así.
Pero no. Estaba encantada, alegre. ¿Tendría que ver con la reciente pérdida de su padre? Probablemente, pero ¿quién sabe cómo funciona el inconsciente en realidad?
Ella ya me estaba arrancando la ropa antes de que cerráramos la puerta de la habitación del hotel. Me pasó las manos por el pecho, bajo el cinturón, en las nalgas y después al frente mientras me besaba como enloquecida. Yo le respondí con la misma pasión, jugueteando con la blusa de seda, con los botones (algunos cayeron sobre la alfombra) y tratando de acariciarle los senos, los pezones, que ya estaban duros. Después, recordando mi mano vendada y quemada, usé la lengua y la lamí en círculos concéntricos cada vez más cerrados hacia los pezones. Ella temblaba. Con los hombros y el cuerpo -me dolían los brazos y los abría como las pinzas de una langosta-, la empujé contra la enorme cama y caí sobre ella. Pero ella no iba a dejarse dominar tan fácilmente. Luchamos, peleamos con una agresividad que nunca habíamos tenido en el amor y que yo disfrutaba muchísimo, lo cual era todo un descubrimiento. Antes de que la penetrara, ya estaba gimiendo y gruñendo de placer anticipado.
Y después, nos quedamos juntos disfrutando de la dulzura y el sudor y la suciedad y el brillo tibio, acariciándonos, hablando en calma.
– ¿Cuándo pasó? -le pregunté. Me acordaba de cuando habíamos hecho el amor, después de que yo adquiriera la telepatía. Me acordaba de que los dos estábamos tan excitados que ella no se había puesto el diafragma. Pero me parecía demasiado reciente.
– Hace un mes -dijo ella-. No creí que pasara nada.
– ¿Te olvidaste?
– En parte.
Sonreí por el subterfugio, pero no sentía rencor.
– Ya ves -dije-, la gente de nuestra edad trata y trata de concebir y compra equipos para detectar la ovulación y libros y todo eso. Y tú te olvidas de ponerte el diafragma y pasa por accidente.
Ella asintió y sonrió, una sonrisa enigmática.
– No totalmente por accidente.
– Sí, eso suponía…
Ella se encogió de hombros.
– ¿Deberíamos haber hablado antes?
– Probablemente -dije-. Pero no hay problema.
Otra pausa y después, ella dijo:
– ¿Cómo anda la quemadura?
– Muy bien -respondí-. Las endorfinas naturales son excelentes calmantes.
Ella dudó, como si estuviera reuniendo coraje para decir algo importante. No pude evitar oír una frase -esa cosa horrible que era antes- y después, habló:
– Cambiaste, ¿verdad?
– ¿Qué quiere decir eso?
– Ya sabes. Eres otra vez el que juraste que nunca volverías a ser.
– Pero está bien, Mol. No tuve alternativa.
La respuesta fue lenta y triste.
– No. Supongo que no. Pero estás diferente… Lo siento. Lo siento adentro… No necesito telepatía para darme cuenta… bueno, es como si todos los años en Boston hubieran desaparecido por completo. Estás otra vez en el medio de las cosas, en tu ambiente. Y no me gusta. Me asusta.
– A mí también me asusta.
– Hablaste anoche.
– ¿Dormido?
– No, por teléfono. ¿Con quién?
– Con un periodista que conozco, Miles Preston. Lo conocí en Alemania cuando estaba con la CIA.
– Le preguntaste algo sobre la caída de la Bolsa alemana.
– Y yo que creí que estabas completamente dormida…-¿Crees que eso tiene algo que ver con la muerte de papá?
– No lo sé. Tal vez.
– Yo descubrí algo.
– Sí -dije-. Me acuerdo que dijiste algo cuando yo me estaba durmiendo en Greve.
– Creo que ahora entiendo por qué papá me dejó esa carta de autorización.
– ¿De qué hablas?
– ¿Te acuerdas del documento que me dejó en el testamento? Estaba el título de la casa y las acciones y los bonos y ese extraño "instrumento" financiero, como lo llamaron los abogados, que me autorizaba a tener todos los derechos sobre los papeles, en el extranjero y en el país…
– Sí, ¿y?
– Bueno, eso hubiera sido ridículo en el caso de las cuentas nacionales, que de todos modos me pertenecen por ley. Pero en las cuentas del extranjero… donde las leyes bancadas varían tanto… una carta como esa puede ser útil.
– Especialmente si la cuenta está en Suiza.
– Exactamente. -Se levantó y caminó hasta el armario, abrió una valija y sacó un sobre. -El instrumento financiero a sus órdenes -anunció. Hizo unos malabarismos con las manos y sacó el libro que su padre me había dejado por alguna razón misteriosa: la primera edición de las memorias de Alien Dulles, El Oficio de la Inteligencia.
– ¿Para qué mierda trajiste eso? -pregunté.
Ella no contestó. En lugar de eso, volvió a la cama y puso las dos cosas entre las sábanas arrugadas.