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Spin [es]

Электронная книга - «Spin [es]». Краткое содержание книги:

Tres adolescentes, los gemelos Diane y Jason Lawton y su mejor amigo, Tyler Dupree, contemplan las estrellas cuando, de repente, éstas se apagan. Ha nacido el Spin, un peculiar escudo alrededor del planeta, de origen y objetivo desconocidos. Spin trata de los extraños años en la vida de este trío, mientras el Universo verá transcurrir tres mil millones de años al otro lado del escudo que resulta ser, también, una discontinuidad temporal creada por fuerzas e ingenieros desconocidos, los misteriosos Hipotéticos.
Jason, un genio, invertirá su vida de célibe en una lucha contra el tiempo para descubrir los porqués del Spin, siguiendo primero los dictados de su poderoso padre y enfrentándose a él en momentos crucialess, Tyler se convertirá en médico y será el narrador de la historia gracias a ser el amigo y confidente de Jason, mientras mantiene oculto su amor, nunca correspondido, por Diane, la única que se dejará llevar por el nuevo fanatismo religioso que el Spin desencadena irremediablemente. Aprovechando el tiempo al otro lado del escudo, se terraformará Marte y la llegada posterior de un descendiente de humanos nacido en Marte centrado en las biotecnologías ofrece la posibilidad de entrar en el Cuarto Estado, “una madurez más allá de la madures”, casi una inmortalidad…

Premio Hugo 2006.
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—¿Y no lo es?

—Ha triunfado y tiene algo de presencia, pero estas cosas son relativas, Ty. Hay diez mil E. D. Lawtons en este país. E. D. no hubiera llegado a ninguna parte si su padre y su abuelo no hubieran financiado sus primeros negocios… que estoy segura que en realidad esperaban que resultaran ser valores en pérdidas para desgravar impuestos, nada más. E. D. era bueno en lo que hacía, y cuando el Spin le presentó una oportunidad, la aprovechó, y eso atrajo la atención de personas verdaderamente poderosas. Pero seguía siendo básicamente un nuevo rico en lo que a los chicos grandes se refería. Jamás tuvo ese trasfondo de Yale-y-Harvard-y-Sociedades- Secretas-a-lo-Skull-and-Bones. Nada de bailes de sociedad para mí. Éramos los chicos pobres del barrio. Quiero decir, era un buen barrio, pero está el dinero viejo y está el dinero nuevo, y desde luego éramos dinero nuevo.

—Supongo que las cosas parecían diferentes —dije—, desde el otro lado del jardín. ¿Qué tal está Carol?

—La medicina de Carol sigue saliendo de la misma botella de siempre. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo van las cosas entre tú y Molly?

—Molly se ha ido —dije.

—Ido como en «ha ido a la tienda», o…

—Marchado. Rompimos. No tengo ningún eufemismo mono para ello.

—Lo siento, Tyler.

—Gracias. Pero ha sido para bien. Es lo que dice todo el mundo.

—Simon y yo estamos bien —dijo aunque no le había preguntado—. Lo de la iglesia es duro para él.

—¿Más política de la iglesia?

—El Tabernáculo del Jordán está metido en algún problema legal. No conozco los detalles. No estamos directamente implicados, pero Simon lo está pasando mal. ¿Estás seguro de que estás bien? Pareces un poco ronco.

—Sobreviviré —dije.

La mañana anterior a las elecciones llené un par de maletas (mudas limpias, unos cuantos libros de bolsillo, mi maletín médico), fui en coche hasta la casa de Jason y lo recogí para el viaje a Virginia. Jase seguía siendo aficionado a los coches de calidad, pero teníamos que viajar sin llamar la atención. Mi Honda, por tanto, no su Porsche. Las interestatales no eran seguras para los Porsches en esos días.

El mandato de Garlan habían sido buenos tiempos para cualquiera con unos ingresos superiores al medio millón de dólares. Y malos tiempos para todos los demás. Eso era obvio ante el estado de la carretera, un ondulante retablo de almacenes de minoristas encajados entre centros comerciales abandonados y tapiados, aparcamientos donde los okupas vivían en coches sin neumáticos, pueblos de autopista que subsistían de los ingresos de un Stuckey’s[18] y una trampa de radar. Carteles de advertencia puestos por la policía anunciaban NO DETENERSE DESPUÉS DE ANOCHECER Y LLAMADA VERIFICADA AL 911 REQUERIDA para respuesta rápida. La piratería de autopista había reducido el volumen del tráfico de vehículos pequeños a la mitad. Pasamos gran parte del viaje encajados entre monstruos de dieciocho ruedas, algunos de ellos en un estado lamentable de mantenimiento y camiones de verde camuflaje de transporte de tropas que se dirigían a varias bases militares.

Pero no pensamos en nada de eso. Y no hablamos de las elecciones, que en todo caso eran algo ya cantado, Lomax recibiría más votos que cualquiera de los otros dos candidatos principales y los tres candidatos menores. No hablamos de los replicadores comedores de hielo o de Wun Ngo Wen. Y desde luego no hablamos de E. D. Lawton. En vez de eso, hablamos de los viejos tiempos y de buenos libros, y gran parte del tiempo no hablamos en absoluto. Yo había cargado la memoria del coche con el tipo de jazz a contracorriente y anguloso que sabía que le gustaba a Jason: Charlie Parker, Thelonius Monk, Sonny Rollins… gente que mucho tiempo atrás habían medido la distancia entre las calles y las estrellas.

Paramos frente a la Gran Casa al anochecer.

La casa estaba brillantemente iluminada, las grandes ventanas resplandecían con un amarillo de mantequilla bajo un cielo del color de tinta iridiscente. El tiempo de las elecciones era frío ese año. Carol Lawton descendió del porche para recibir al coche, su cuerpo menudo envuelto en bufandas de cachemira y un suéter de punto. Estaba casi sobria, a juzgar por su paso firme aunque ligeramente demasiado meditado.

Jason se desplegó lenta, cuidadosamente del asiento del pasajero.

Jase estaba en remisión, o tan cerca de la remisión como podía estarlo en esos días. Con un poco de esfuerzo, podía pasar por normal. Lo que me sorprendió fue que dejara de esforzarse tan pronto como llegó a la Gran Casa. Se tambaleó apresuradamente hacia la entrada de la sala del comedor. No había criados presentes… Carol había dispuesto que tuviéramos la casa para nosotros solos durante un par de semanas, pero el cocinero había dejado una bandeja de carnes frías y vegetales por si llegábamos con hambre. Jason se derrumbó en una silla.

Carol y yo nos reunimos con él. Carol había envejecido visiblemente desde la muerte de mi madre. Su pelo era tan fino ahora que mostraba los contornos de su cráneo, rosado y simiesco, y cuando la cogí del brazo tuve la sensación de estar tocando una ramita seca cubierta de seda. Tenía las mejillas hundidas. Sus ojos tenían la frágil y nerviosa celeridad de un bebedor que se obligaba a estar sobrio, al menos temporalmente. Cuando le dije que me alegraba de volver a verla, me sonrió con pesar:

—Gracias, Tyler. Sé perfectamente que tengo un aspecto terrible. Parezco Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. No estoy lista para mi secuencia final, muchísimas gracias de nada. —No tenía ni idea de lo que me estaba hablando—. Pero resisto. ¿Cómo está Jason?

—Igual que siempre —dije.

—Gracias por mentir. Pero lo sé, bueno, no puedo afirmar que lo sepa todo. Pero sé que está enfermo. Al menos eso me contó. Y sé que espera que lo trates. Algún tratamiento poco ortodoxo pero efectivo. —Apartó su brazo y me miró a los ojos—. ¿Es efectiva, verdad, esa medicación que pretendes darle?

Me quedé demasiado sorprendido para decir otra cosa que no fuera:

—Sí.

—Porque me ha hecho prometerle que no haría preguntas, y supongo que está bien. Jason confía en ti. Por tanto, yo confío en ti. Aunque cuando te miro no pueda evitar ver al chaval que vive en la casa al otro lado del jardín. Pero también veo a un niño cuando miro a Jason. Niños desaparecidos… no logro recordar dónde los perdí.

Esa noche dormí en el dormitorio de invitados de la Gran Casa, una habitación que sólo había vislumbrado desde el pasillo en todos los años que viví en la propiedad.

Conseguí dormir durante parte de la noche, de todas formas. Otra parte la pasé despierto y tumbado en la cama, intentando evaluar el riesgo legal que había aceptado al venir aquí. No sabía exactamente qué leyes o protocolos había violado Jason al pasar de contrabando preparados farmacológicos marcianos fuera del complejo de Perihelio, pero ya me había convertido en cómplice de ese acto.

A la mañana siguiente Jason se preguntaba dónde deberíamos guardar los varios viales de líquido claro que Wun le había pasado; suficientes para tratar de cuatro a cinco personas. («En caso de que se nos pierda una maleta», había explicado al principio del viaje. «Redundancia»).

—¿Esperas un registro?

Me imaginé a varios funcionarios federales en trajes de riesgo biológico subiendo los escalones de la Gran Casa.

—Por supuesto que no. Pero nunca es mala idea minimizar los riesgos. —Me miró con más atención, aunque sus ojos seguían disparándose a la izquierda cada pocos segundos, otro síntoma de su enfermedad—. ¿Te sientes un poco aprensivo?

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18

Cadena de tiendas de carretera en los Estados Unidos. (N. del T.)

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