Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
La locura de Dios - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La locura de Dios

Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorqu?n Ram?n Llull, acompa?a a una partida de almog?vares en una arriesgada expedici?n por tierras de Oriente.
1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76
Перейти на страницу:

Pero era precisamente ante ellos donde Roger no podía dar pruebas de la menor debilidad. Y el veintidós de abril del año de nuestro Señor de mil trescientos cinco, llegamos a la ciudad fortaleza de Miguel Paleólogo. Era miércoles de la segunda semana de la Pascua que llaman de Santo Tomás cuando el jefe de la Gran Compañía Catalana, hacía, contra viento y marea, una visita de cumplido al heredero del Imperio.

Miguel Paleólogo recibió a Roger de Flor con toda la protocolaria solemnidad de un jefe de estado a otro. Para recibirlo, Andrinópolis se vistió con sus más ricas galas y los griegos esgrimieron sus más agradables sonrisas. En los viejos torreones de la ciudad, flameaba la insignia barrada de Aragón, y la pequeña corte palaciega de Andrinópolis se prodigó en reverencias respetuosas hacia el extemplario.

Las ceremonias oficiales se sucedían una tras otra con la maestría nacida de una experiencia milenaria. Ni una nota discordante ni un gesto sospechoso. Miré a Roger y vi que estaba encantado de su decisión de haber venido; de no haber escuchado las obsesivas advertencias de su suegra. ¿Qué hubiera pensado Miguel Paleólogo de un César del Imperio que no se atreviese a venir a su guarida?

En un momento dado, entre un acto y otro, se acercó a mí y me susurró:

– Quizá todo pueda enderezarse, viejo, y los griegos estén dispuestos a venir con nosotros al rescate de Apeiron. Una expedición conjunta tendría menos riesgos, y los beneficios, al final, nos alcanzarán a todos por igual. Quizá debería mostrarle a Miguel algunas de las nuevas armas que habéis traído de Apeiron…

Yo dudé, algo desorientado por el entusiasmo de Roger, y le dije:

– Creo que sería mejor esperar a que lleguemos a Constantinopla, y entonces hablarle de los resultados de nuestra expedición cuando estemos reunidos con Andrónico y sus ministros.

– Es posible -admitió Roger-. En cualquier caso, conforme se vayan desarrollando los acontecimientos, iré decidiendo qué hacer.

Me volví entonces hacia doña Irene. Estaba rígida en su silla, y miraba nerviosa a un lado y a otro en duro contraste con la tranquila actitud de Roger. Todo aquel plácido agasajo y el oropel que nos rodeaba, no parecía calmarla en lo más mínimo.

Pero ella es griega -pensé-, y sabe cómo actúan sus compatriotas.

Y este pensamiento me llenó de desasosiego.

6

Roger recibió la máxima dignidad concedida jamás a un capitán mercenario: sentarse con Miguel Paleólogo y su esposa a la suntuosa mesa de palacio, en un magnífico sillón cubierto de ricas lacas, y cargado de adornos de oro, frente a una mesa exquisitamente servida, donde desfilaron los mejores vinos de Grecia y las viandas más cuidadosamente cocinadas.

La conversación con Miguel Paleólogo era agradable, pero doña Irene no estaba pendiente de ella. Su mirada permanecía fija en una puerta del salón que había permanecido cerrada desde nuestra llegada. Camareros y sirvientes hacían uso de otras dos puertas, pero aquélla no se había abierto.

Me pregunté si esto tendría algún significado.

Miré a Sausi, que permanecía en pie a un lado del salón, supervisando el trasiego de platos y fuentes, y esto me tranquilizó; el enorme y bravo búlgaro que me había salvado la vida en tantas ocasiones… ¿qué mal podía suceder estando él presente?

La cena se alargó, los restos de los manjares se fueron amontonando frente a nosotros, y el vino había empezado a enturbiar suavemente nuestros sentidos. Volví a mirar aquella puerta y vi que estaba abierta. No me había dado cuenta de cuándo había sucedido esto, pero no le di ya ninguna importancia.

Entonces vi a aquel macizo y barbudo alano atravesar resueltamente el salón, caminando hacia nosotros. Me fijé en su rostro, y me resultó conocido, pero no supe identificarlo. A través de la puerta abierta vi entrar a varios hombres más.

Todos eran alanos y genoveses.

Entonces reconocí súbitamente a aquel primer mesageta: ¡Era George!

Con mi mente embotada por el vino, creí percibir los acontecimientos siguientes sucederse con un ritmo extraño y lento.

Sausi también parecía haber reconocido al antiguo líder de los alanos, y vi cómo su mano se iba hacia su espada mientras George seguía avanzando hacia Roger.

Y el ex templario, mientras tanto, hablaba animadamente con la emperatriz María, la esposa de xor Miguel; ajeno a todo.

Sentí la mano de doña Irene cerrarse en torno a mi brazo. Me volví hacia ella, y contemplé su rostro lleno de horror mirar hacia el grupo de alanos y genoveses que había irrumpido en el salón.

Luego, seguí la dirección de su mirada, y vi a George detenerse a un paso a la derecha de Roger de Flor; que siguió hablando durante un rato, hasta que la presencia inmóvil de George, con los brazos en jarras junto a él, se le hizo evidente.

El extemplario se volvió hacia el alano, y lo miró, entrecerrando los ojos como si en un principio tampoco lo reconociera.

– ¿No me recuerdas, Roger? -preguntó George en tono burlón-. Apuesto a que tampoco recuerdas a mi hijo Alejo.

Con su mano sobre la empuñadura de su espada, Sausi corrió hacia nosotros.

– Te recuerdo -dijo Roger a George-, y saludo en paz a un antiguo camarada de armas.

– Y yo te devuelvo el saludo de parte de mi hijo -dijo George, con una sonrisa amarga.

– No, no, no -musitó doña Irene poniéndose en pie.

Roger señaló una silla vacía, y dijo:

– Toma asiento a mi lado, y saldemos nuestras viejas rencillas.

– ¡A eso he venido, pirata! -exclamó el alano, mientras sacaba una daga de entre los pliegues de sus ropas y la clavaba profundamente en el pecho de Roger.

Doña Irene gritó a mi lado, y la sangre de Roger salpicó sobre la mesa.

El ex templario intentó ponerse en pie, derribando su lujosa silla al hacerlo, pero tropezó y cayó de espaldas. Se llevó una mano al pecho, y la retiró empapada de sangre. La miró asombrado, como si no pudiera creer que aquella sangre le perteneciera.

Sausi corría hacia nosotros con su acero ya desenvainado. Varios alanos se habían colocado entre el búlgaro y la mesa, y Sausi los fue despachado uno tras otro con secos machetazos de su espada que dejaron a varios hombres agonizantes u horriblemente mutilados. Había llegado casi hasta George, cuando uno de los genoveses le clavó un dardo en la espalda. El búlgaro, malherido, intentó seguir avanzando, pero varios mesagetas y genoveses saltaron sobre él, y lo cubrieron de cuchilladas; como chacales ensañándose con un enorme oso.

Doña Irene y yo contemplábamos todo esto paralizados e incrédulos por lo que estaba sucediendo. Yo no podía comprender cómo Roger había permitido que George se acercara tanto a él sin ponerse a la defensiva; le había visto salir con bien de situaciones mucho más apuradas y, simplemente, no podía aceptar que se hubiera descuidado ante un enemigo de una forma tan absurda.

George apartó a un lado, de una patada, la silla donde había estado sentado Roger, y desenvainó su espada. Vi a Miguel Paleólogo tras él, reír ente dientes como un loco, y a la emperatriz cubriendo su rostro con las manos, y pensé: éste es el final.

Roger hizo un intento de desenvainar su espada, pero George se plantó sobre él, y lo golpeó varias veces con la suya, hasta que Roger fue sólo un guiñapo sangrante.

Después, con el exquisito cuidado de un ritual, cortó la cabeza de Roger y la colocó sobre la mesa.

Uno de los alanos que había acuchillado a Sausi, saltó sobre la tabla de la mesa frente a mí, y alzó su espada dispuesto a partirme en dos. Doña Irene se interpuso, protegiéndome con su cuerpo.

– ¡Éste es un hombre santo, bastardo! -le gritó-. ¡No te atrevas a tocarle!

El alano dudó un instante, pero volvió a elevar su espada.

George lo derribó al suelo golpeando sus corvas con el plano de su espada.

– ¿Qué ibas a hacer estúpido? -le increpó-. ¿Acaso no has reconocido a la hermana de Emperador? -Luego se volvió hacia mí, y dijo-: No tengo nada contra ti, micer Ramón; siempre te consideré un hombre honorable.

Miguel el Basileo se acercó a la mesa, y contempló el rostro de Roger retorcido en su última agonía. Giró la cabeza hacia un lado y hacia otro, como si buscara su mejor ángulo, y le dijo como si sintiera una gran pena:

– Ya lo ves, César; toda gloria es efímera.

Luego se volvió hacia los genoveses y los alanos, y gritó:

– ¿Qué hacéis aquí, estúpidos? ¡Quedan muchos catalanes ahí fuera!

La matanza que siguió duró toda la noche y parte del día siguiente, y toda la escolta que había acompañado a Roger fue masacrada en Andrinópolis.

7

Fui encerrado en una habitación del palacio, no muy lejos del lugar donde Roger había sido asesinado; y allí permanecí, escuchando a través de las ventanas los gritos desesperados y el lejano tumulto de la carnicería.

Más tarde, cuando hacía mucho que todo se había acallado, la puerta de roble de mi estancia se abrió y vi aparecer la gordezuela figura de Marulli.

Avanzó unos pocos pasos hacia mí, y se detuvo contemplándome.

– Qué honor -dije con tono burlesco-. ¿Envían a todo un Gran Mariscal del Imperio para matarme?

Marulli me estudió con una expresión de pena en su ancho rostro, y dijo:

– No he venido a hacerte ningún daño, Ramón, y debes saber que lamento profundamente todo lo sucedido.

Hice una mueca de cínica amargura.

– ¿Lo lamentas? ¿Acaso quieres hacerme creer que toda esta traición ha sido exclusivamente obra de los alanos y genoveses? ¿Que la guardia del Imperio no ha tenido nada que ver? Por favor, Marulli, no te burles de mi inteligencia.

1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)