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Электронная книга - «Cambio De Piel». Краткое содержание книги:

El Domingo de Ramos de 1965 cuatro personajes inician un viaje hacia Veracruz y se detienen en Cholula, ciudad de las pirámides aztecas. En el laberinto de sus galerías se internarán las dos parejas, como en un descenso a los infiernos, que concluirá con una tragedia ritual inesperada. `Ficción total` en palabras del propio autor, `Cambio de piel` indaga en el mito del México prehispánico y en el holocausto europeo a través de la memoria de sus protagonistas para decirnos que, en definitiva, todas las violencias son la misma violencia. Un retrato del hombre de nuestro siglo, atormentado por las dudas sobre el presente, la carga del pasado y el miedo del porvenir.
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– ¿No quieres nada más, Lizzie? ¿Otro refresco? ¿Una soda de vainilla?

– No, papá. Gracias.

Se levantaron y salieron del café al olor de humo y grasa y un marinero pelirrojo miraba hacia todas partes, perdido, pecoso, con la bolsa de lona entre las manos y el anciano con el sombrero desteñido y hundido hasta las orejas era llevado por una mujer más joven, parecida a él -los ojos húmedos y los pómulos altos, la nariz puntiaguda y temblorosa- que le arreglaba la banda negra del sombrero y los dos caminaban hacia los andenes.

– ¿No has ido a ver a tu madre?

– No. ¿Para qué? ¿Tú has ido?

Gerson sonrió y se ajustó los tirantes.

– No, no. Yo no. Confío en que tú vayas de vez en cuando.

Caminaban con las cabezas bajas.

– Me quita un peso de encima saber que tú vas. Y no es que me guste que vayas, ¿sabes?

Dos muchachas estaban apoyadas contra un soporte de fierro y jugueteaban con las manos unidas, sin mirarse, con una risa nerviosa creciente que al cabo las sacudió en silencio: una de ellas se mordió la mano, la otra se tapó el rostro con ambas manos y luego se calmaron y volvieron a unir los brazos y a guardar silencio sin mirarse.

– Quizás si un día vamos los dos juntos… -dijiste.

Gerson negó varias veces con la cabeza.

– ¿Es inútil?

– Tú sabes que es inútil. Me lo dijo el doctor la última vez que fui. No nos reconocería siquiera.

– ¿No sabes qué hace?

– No. No sé.

– Yo sí.

– ¿Qué?

– Repite lo mismo que aquella tarde en la casa.

– Ah.

Los muchachos con camisetas blancas se abrazaban junto al kiosko de periódicos y hojeaban las novelas de vaqueros y las revistas de desnudos masculinos y mostraban los bíceps y competían en fuerzas y se abrazaban sin reír.

Tú y Gerson bajaron las escaleras de fierro.

– Cuidado, Lizzie. Te puedes resbalar.

Los cargadores negros estaban en el último peldaño, riendo, y ustedes se detuvieron y pidieron permiso para pasar. Un negro se puso la gorra colorada y dijo una grosería cuando tú pasaste, con las manos sobre la falda y Gerson se detuvo y les dijo “Dirty niggers” y enseñó la placa que traía colgada de un alfiler en el forro interior del saco. El negro se llevó la mano a la visera y dijo “Sorry, boss” y ustedes caminaron a lo largo del andén vacío y al lado de los excusados públicos.

– Tengo que irme, papá.

– ¿Por qué? Entra un rato conmigo.

– Tengo un examen hoy en la noche.

– Piénsalo. ¿No quieres regresar a la casa?

– Ya discutimos eso. Por favor.

– ¿No te da tristeza vivir sola?

– Ya te dije que no quiero regresar a la casa. Tú no me necesitas. Ahora eres libre, como querías.

– ¿Te digo que si no te da tristeza vivir sola?

– No. Estoy muy bien.

– Entra un rato.

– ¿Aquí trabajas?

– A veces. Cubro toda la estación. ¿Qué te da tanta risa?

– Es de cariño, de veras. Verte trabajar de policía.

– Qué vueltas da el mundo, ¿eh?

Entraron por la puerta estrecha que Gerson abrió con llave, desprendiendo el candado que se metió en la bolsa, al pasillo corto y estrecho donde había algunos vestidores arrumbados y sin uso y el olor de orines traspasaba las paredes.

– ¿Estás muy bien?

– Te lo juro.

– Porque te acuestas con ese muchacho.

– Eso no te concierne.

Gerson cerró un ojo y acercó el otro al hoyo diminuto en la pared. Murmuró con el cabo del puro entre los dientes.

– Volvernos invisibles. Cómo no.

Tú sonreíste.

– Aquí apesta.

Gerson empezó a reír, con los dientes apretados, mascando el cabo del puro. En la penumbra, el rostro ancho y amarillo, quebrado por la risa, parecía la máscara de la comedia y la risa le salía gruesa y atragantada y llena de saliva cuando te tomó del brazo y te acercó a él.

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Главный герой
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