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Электронная книга - «El Valle del Issa». Краткое содержание книги:

«El valle del Issa ha estado siempre habitado por una ingente cantidad de demonios.» Así empieza una de las descripciones que hace el narrador del entorno en que vive Tomás, el niño lituano que protagoniza esta historia. Al igual que Milosz, Tomás habita un mundo donde todavía no han llegado los ritos religiosos tradicionales, y un tiempo, a principios de nuestro siglo, en que la naturaleza producía un éxtasis pagano y un horror maniqueo. La historia de
Elvalle de Issa también está poblada por la imaginería propia de un poeta, y por innumerables anécdotas que, sin dejar de remitirnos a referencias autobiográficas, están lejos de ser comunes y corrientes.
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Los caballos, que atravesarían la frontera y se encontrarían lejos de los lugares donde habían nacido, se llamaban Smilga y Birnik, nombres que conservarían el recuerdo de los dueños a los que habían pertenecido. Smilga tenía fama de honrado y trabajador, se esforzaba al máximo para tirar del carro y, por eso, nunca engordó. Birnik, en cambio, insensible a los golpes, redondo como un pepino, tan sólo hacía ver que tiraba, dejando todo el esfuerzo a su compañero. En cambio, en las cuestas, se entregaba con todas sus fuerzas; el obstáculo ofendía su pereza y se esforzaba por vencerlo.

La madre llevaba un pañuelo estampado con flores multicolores. Debajo de ellos, el heno se hundía ya, aunque el viaje acabara de empezar. Se oía tintinear el cubo para abrevar los caballos, pese a que estuviera fuertemente atado. La volea del vehículo no está en el estado que debiera. Avanzaban por calveros, donde los caballos agitaban la cola para ahuyentar los avispones, en dirección de los grandes lagos, por la misma carretera que una vez había recorrido Magdalena, encerrada en su ataúd. Se detuvieron debajo de un roble para comer, después de extender un mantel en la hierba. Hacia el atardecer, se abriría ante ellos otro paisaje, en el que, tan lejos como abarcaba la vista, habría más agua que tierra, lagos y más lagos, penínsulas que no se distinguen de los istmos que separan unas de otros, y archipiélagos de verdes islas. Luego, bajarían por las colinas, entre enormes piedras verticales que parecen animales petrificados. En los prados, estaban precisamente segando el heno, y una hilera de menudas figuras humanas oscilaban al mismo ritmo. Pasaron la noche en una aldea pesquera; silencio, barquitas que huelen a brea, el sonido de los caballos tascando la avena.

No queda más que desearte buena suerte, Tomás. Tu futuro será siempre una incógnita, nadie podrá adivinar lo que hará de ti el mundo hacia el que te diriges. Los demonios del Issa te han trabajado tanto como han podido, lo demás ya no depende de ellos. Ahora, ¡cuidado con Birnik! Está a punto de dormirse, indiferente a todo, sin saber que, gracias a ti, un día alguien escribirá su nombre. Levantas el látigo, y la narración toca a su fin.

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