Cuenta hasta diez
- Автор: Роуз Карен
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuenta hasta diez». Краткое содержание книги:
Reed Solliday tiene más de quince años de experiencia en el cuerpo de bomberos de Chicago, luchando contra los incendios y, sobre todo, investigando su origen. Pero nunca había presenciado nada parecido al reciente estallido de fuegos provocados por alguien frío, meticuloso y cada vez más violento. Cuando en la última casa incendiada aparece el cadáver de una mujer asesinada, Reed se ve obligado a colaborar con la policía. Y la detective de homicidios Mia Mitchell es una mujer impetuosa, más acostumbrada a dar órdenes que a recibirlas, y se niega a aceptar que los motivos habituales puedan ser la causa de un odio tan calculado. Algo más se esconde detrás de todo ello…
Una intriga absorbente por una de las autoras con mayor éxito de ventas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.
– No, pero esto sí. Dejó la policía y se fue a trabajar para Bixby hace cuatro años, justo dos años antes de que se retirara del Departamento de Policía de Chicago.
– Se perdió una jugosa pensión -murmuró Mia-. Me pregunto qué ocurriría.
– Tal vez puedas hablar con alguno de sus viejos amigos y averiguarlo.
– Le pediré a Spinnelli que lo haga. Él puede conseguir información que yo no podría. ¿Y qué hay de Thompson?
– Nuestro servicial psicólogo del colegio -murmuró Reed-. No está registrado en esta base de datos. -Lo buscó en Google-. Thompson es un médico de Yale.
Mia frunció el ceño.
– ¿Qué está haciendo un chico de Yale en un centro de menores? El sueldo es una mierda.
– Es autor de un libro: Rehabilitación de delincuentes juveniles. He comprobado el expediente de Manny del Centro de la Esperanza. Ha estado haciendo terapia con Thompson durante algún tiempo.
Mia enarcó las cejas.
– Me pregunto si el doctor Thompson no estará planeando una continuación.
– Eso explicaría su rabieta cuando detuvimos a Manny. ¿No podemos acceder a sus archivos?
– Probablemente no basándonos en lo que tenemos, pero podemos pedírselo. ¿Y qué hay de Bixby?
Reed mantuvo los ojos fijos en la pantalla.
– Es autor de unos pocos artículos sobre educación.
– Dos de los artículos son sobre educación en rehabilitación -destacó Mia.
– Otra vez me pregunto por qué no busca un salario más alto.
– Lo descubriremos. Comprueba lo de Atticus Lucas, el profesor de arte.
Reed hizo lo que le pedía.
– Ha expuesto antes. -Recorrió rápidamente la página y luego levantó la mirada hacia ella-. En galerías prestigiosas. Vuelvo a preguntarme por qué está allí.
– ¿Y qué hay del Centro de la Esperanza? Será una organización sin ánimo de lucro, ¿verdad? ¿Sabes cómo comprobar las finanzas?
Le dirigió una mirada demasiado paciente.
– Sí, Mia.
Ella le devolvió una mirada adusta.
– Entonces mira si puedes averiguar algo mientras yo escucho mi buzón de voz. Luego seguiremos. Todos los profesores estarán allí a las nueve.
Un periódico aterrizó en su escritorio. Murphy estaba allí de pie mirándola fijamente.
– ¿Qué? -preguntó ella.
– Vuelves a estar en las noticias, chica glamurosa. En la página tres del Bulletin, abajo a la derecha.
Por un momento Mia se preguntó si Carmichael ya habría informado de su noche salvaje con Reed, pero rechazó la idea. La edición del Bulletin la cerraban a la una. Reed no se fue hasta casi las cuatro. Bajó la mirada y notó que la sangre le afloraba al rostro.
Era peor, mucho peor. Estaba perdiendo los nervios y luchó contra el impío deseo de echar las manos al cuello de Carmichael.
– Quiero… -«Matar a esa mujer». Se mordió la lengua y miró a Solliday, cuyos ojos expresaban preocupación-. Carmichael. Ha descubierto que Getts nos disparó el martes por la noche. Ha puesto la dirección de mi casa. Primero Wheaton, ahora esto. Ya no tengo intimidad. Ya sabes, odio a los reporteros.
– ¿Qué pasa con Wheaton? -preguntó Murphy y ella suspiró.
– Ella se fijó ayer en la rubia misteriosa. Intentó utilizarla para que Reed le diera información confidencial sobre este caso.
– Pero no se la diste, Solliday. -Los dedos de Murphy tamborilearon sobre el escritorio de Mia.
Reed le dirigió una mirada impaciente.
– Claro que no. -Cogió el periódico con tranquilidad, pero tenía la mandíbula crispada y los ojos centelleantes de rabia-. Tienen que pararle los pies.
– Se ampara en la Primera Enmienda. -Mia se humedeció los labios con la lengua-. Wheaton no está en mi lista de Navidad, Reed. No me importa si me sirve a DuPree en una bandeja.
Los ojos de Reed irradiaban rabia.
– Eso lo arreglaría sin duda. Mia, no puedes quedarte en tu casa. Todos los sapos comemierda de la ciudad estarán merodeando por la puerta de tu casa.
Mia sonrió.
– ¿Sapos comemierda? Creo que estoy empezando a ser una mala influencia para ti, Solliday.
– Lo digo en serio, Mia. Tienes que buscarte otro apartamento.
– Tiene razón, Mia -añadió Murphy-. Es como si te hubiera pintado una diana en el culo.
– No me voy a mudar y no voy a hablar de esto ahora. Voy a escuchar mi buzón de voz y luego a hacer mi puto trabajo. -Cogió el teléfono, haciendo caso omiso de los dos hombres furiosos. Luego frunció el ceño-. Tengo un mensaje del doctor Thompson de anoche.
– ¿Y ahora cuál de los del Eje del Mal es? -preguntó Murphy aún enfadado con ella.
– El psicólogo del centro. Dijo que necesitaba vernos, que era urgente.
– No creo ni una palabra de lo que dice -espetó Reed apretando los dientes.
– Ni yo, pero veamos qué es lo que quiere.
Jueves, 30 de noviembre, 9:15 horas
– Somos Solliday y Mitchell; venimos a ver al doctor Bixby y al doctor Thompson -dijo Reed.
La boca de Marcy se tensó.
– Avisaré al doctor Bixby.
Secrest estaba con Bixby, pero Thompson no. Reed llegó a la conclusión de que ninguno sabía lo de la muerte de Brooke Adler, o si lo sabían, lo ocultaban muy bien.
– ¿Puedo ayudarles? -preguntó Bixby de manera formal.
– Hemos preguntado por el doctor Thompson -le dijo Mia-. Nos gustaría hablar con él.
Bixby frunció el ceño.
– No puede ser, no está aquí.
Reed y Mia intercambiaron una mirada.
– ¿No está aquí? -preguntó Reed-. Entonces, ¿dónde está?
– No lo sabemos. Suele estar en su mesa a las ocho, pero aún no ha llegado.
Reed enarcó una ceja.
– ¿Es normal que a veces no aparezca?
Bixby parecía irritado.
– No, siempre llama.
– ¿Alguien le ha telefoneado a su casa? -preguntó Mia.
Secrest asintió.
– Yo. No me ha contestado nadie. ¿Por qué necesitan verlo?
– Él me llamó. Pensé que tendría algo que ver con el asesinato de Brooke Adler.
Por un momento, ninguno de los dos hombres se movió. Luego Secrest movió la mandíbula de un lado a otro y Bixby palideció. Detrás de ellos, Reed oyó la exclamación de Marcy.
– ¿Cuándo? -exigió saber Secrest-. ¿Cómo?
– Esta madrugada -dijo Reed-. Murió de las heridas provocadas por un incendio.
Bixby bajó la vista, aún turbado.
– No puedo creerlo.
Mia levantó la barbilla.
– Yo sí. Estuve allí cuando murió.
– ¿Dijo algo antes de morir?
Mia esbozó una sonrisa turbia.
– Dijo un montón de cosas, doctor Bixby. Por cierto, ¿dónde estaba usted esta noche entre las tres y las cuatro?
Bixby rugió.
– No puede ser que yo sea sospechoso.
Secrest suspiró.
– Tú solo contesta la pregunta, Bix.
Bixby entornó los ojos.
– En casa. Durmiendo. Con mi esposa. Ella lo confirmará.
– Estoy segura de que sí -dijo Mia suavemente-. ¿Y el señor Secrest? La misma pregunta.
– En casa. Durmiendo. Con mi esposa -respondió con el más absoluto sarcasmo.
– Ella lo confirmará. -Divertida, Mia sonrió-. Gracias, señores.
Reed estuvo a punto de sonreír. Estaba provocando a los hombres y disfrutaba de ello.
– Tenemos que hablar con su equipo y ver sus archivos del personal. Si pudiera prepararnos un despacho para que lo usáramos…
– Marcy -espetó Bixby-. Prepare la sala de reuniones número dos. Estaré en mi despacho.
Secrest les dirigió una larga y amarga mirada antes de seguir a su jefe.
– Me pregunto si oiremos trituradoras de papel en los próximos minutos -murmuró Reed.
– Patrick dijo que no teníamos bastante como para conseguir una orden judicial para todos sus archivos -le contestó Mia, enfadada-, pero tal vez tengamos bastante para los de Thompson si podemos demostrar que se ha largado de la ciudad. Vamos a hacer algunas llamadas. -Frunció el ceño ante Marcy-. Desde fuera, creo.