En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Aquella noche dormí poco y mal. Me fumé media cajetilla de tabaco americano sentado en una silla, acariciando distraídamente la carpeta de cartón, con las ideas yendo y viniendo del corazón a la cabeza. Recordaba constantemente las palabras de David Jusseu al referirse a los organizadores de la Operación Puertas Abiertas: «Si conseguimos colocar en su círculo a uno de los nuestros, habremos dado un paso de gigante.» No sabían hasta qué punto resultaba sencilla la misión que me habían encomendado, ni cómo el aceptarla me obligaba a reconducir mi destino. La ruptura con Carmen estaba descartada: mal iba a poder acercarme a su padre si mediaba un abandono. Al contrario, estaba obligado a estrechar aquella relación, a hacerla más firme a ojos de todos y, en especial, a los ojos de su familia. De acompañante escurridizo pasaría a convertirme en novio ejemplar, de los que mandan flores el día del santo de la madre y están atentos a aniversarios y onomásticas de tíos y primos en distintos grados, de esos que escoltan a la familia en misa de doce todos los domingos y fiestas de guardar y se persignan con el agua bendita ofrecida por la futura suegra.
Te preguntarás si tuve en cuenta a Carmen en algún momento, si me sentí culpable por estar dispuesto a convertirla en víctima de una mentira colosal, en la simple pieza de un entramado al que era ajena por completo. No lo hice. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que soy de naturaleza egoísta. Pensaba que lo que me traía entre manos era mucho más elevado que el futuro de un puñado de personas, incluido yo mismo. Si había sacrificado mi futuro al lado de Hannah para regresar a España y ponerme al servicio de la Organización ¿por qué no iba a sacrificarse también el futuro de otros? En cualquier guerra se producen bajas entre los inocentes. Y aquella guerra, a mi juicio tan sumamente justa, no iba a ser una excepción. Si yo mismo estaba dispuesto a inmolarme, otros tendrían que caer conmigo.
Tenía que incorporarme al trabajo en el ministerio en la tarde del día siguiente. Empleé la mañana en hacer algunas compras, en las que invertí parte del dinero que me había entregado David Jusseu. Visité a un estraperlista cuyo nombre me había soplado Zachary West, y le compré una botella de Bourbon auténtico. También conseguí que me vendiese un frasco de perfume y un estuche de maquillaje muy completo de la firma americana Elizabeth Arden. Al volver a casa, envolví con cuidado todos los obsequios y añadí al lote un cartón de tabaco rubio que había adquirido la tarde anterior a mi marcha.
Así, cargado como el paje de uno de los tres Reyes Magos, llegué a mi despacho de Asuntos Exteriores, y tras el recibimiento que me dispensaron mis compañeros -marcado por la curiosidad que hoy se reservaría a un recién llegado de Cabo Cañaveral- me dirigí al despacho de Salvador Orenes. Su secretaria (una mujer rubia y bajita, extraordinariamente vivaz) dijo que el señor subdirector se alegraría de verme y me hizo pasar.
– No sabía que hubiese vuelto ya, Rendón.
– Llevo dos días en Madrid, pero he pasado durmiendo las últimas veinticuatro horas. El cambio de continente es terrible.
– Eso dicen. ¿Sabe mi hija que está de regreso?
– No, señor. Prefería saludarle antes a usted. Por cierto, me he permitido traerle un par de cosas de Nueva York.
El padre de Carmen trataba de aparentar indiferencia, pero los ojos le brillaron cuando vio el cartón de tabaco y la botella de whisky.
– Muy amable de su parte… estas cosas son difíciles de encontrar en España. Vamos a probar esto. -Cogió un par de copas de un aparador y las llenó generosamente-. Salud, Rendón. Caramba, es bueno de verdad. Estos americanos hacen muy bien las cosas que hacen bien. ¿No le parece? Bueno, cuénteme qué tal le fue por allí. Carmen me dijo que se casaba un antiguo amigo.
– Así es. Fue una de esas bodas por todo lo alto, usted ya me entiende. La verdad es que estaba deseando volver.
No sé por qué solté semejante mentira.
– Como en casa de uno, en ningún sitio -concedió él-. ¿Piensa ver a Carmen?
– Eso me gustaría. En realidad, querría invitarla a comer este fin de semana… con usted y con su esposa, claro. Espero que no se ofenda, pero les he traído a las dos unos regalos… no sé si habré acertado, son útiles de cosmética y no entiendo nada de esas cosas. Déselos usted en mi nombre, ¿le importa?
– Al contrario, se lo agradezco. En cuanto a la comida, estamos libres el sábado.
– ¿Le parece bien en Lhardy a las dos y media?
Orenes asintió, satisfecho. Lhardy era uno de esos restaurantes de clientela distinguida donde se podía coincidir con un ministro, un aristócrata o un torero de moda: un buen lugar para ver y ser visto, sobre todo si la factura iba a correr por cuenta de otro.
Como comprenderás, aquella comida sirvió para oficializar las relaciones entre Carmen y yo. Estaba muy guapa aquel día. Le brillaban los ojos y se había hecho en el pelo algo que le sentaba muy bien. Madre e hija me agradecieron los obsequios que les había enviado y se fingieron escandalizadas con la molestia y el gasto.
– No tenía que traer nada, Rendón -me dijo la madre-. Además, en nuestras circunstancias, no necesitamos cosas como ésas. Pero no le voy a negar que ha sido un detalle muy fino y de muy buen gusto.
Carmen asentía, ruborizada. Parecía feliz de estar allí, con sus padres y conmigo, conscientes de que a los ojos de los demás éramos ya una pareja de prometidos que contaban con las bendiciones familiares. Durante el almuerzo apenas habló, y comió como un pajarito, pero cuando su padre levantó la copa para brindar por ella y por mí, se emocionó tanto que me dio lástima. A partir de entonces fui convidado a almorzar en su casa todos los domingos, y a cenar un jueves de cada dos. No me preguntes el porqué de esa secuencia de invitaciones: los Orenes eran así. Carmen y yo salíamos juntos casi todos los días, y a veces ella se cogía de mi brazo para cruzar la calle, mientras me miraba arrobada con aquella sonrisa suya que yo intentaba corresponder al tiempo que hacía lo posible por apartar de mi cabeza el recuerdo de Hannah.
En consecuencia, y tal como yo preveía, mis relaciones con Salvador Orenes adquirieron una cómoda fluidez. Tomábamos café juntos, y me presentó a algunos altos cargos del ministerio que hasta entonces ni siquiera sabían de mi existencia. Una tarde coincidí en su despacho con Manuel Valera, cuyo nombre estaba también en la lista de simpatizantes nazis que me había entregado David Jusseu.
– Así que es Silvio Rendón… aquí su futuro suegro me ha hablado muy bien de usted. Me alegro de conocerle.
– ¿Quiere venir a tomar una copa con nosotros dentro de un rato? Carmen me ha dicho que van a ir al cine, pero creo que le dará tiempo a acompañarnos antes de ir a recogerla.
Tuve un instante de inspiración.
– Me gustaría mucho, pero tengo clase de alemán desde las seis hasta las siete y media.
Habría que ser ciego para no darse cuenta de la mirada que intercambiaron Valera y Orenes.
– ¿Estudia alemán? Qué curioso… ¿cómo le dio por ahí?
– Bueno, estuve en Berlín cuando era joven y me interesé por la cultura del país. Empecé a recibir clases entonces y las he retomado hace unos meses.
– Qué curioso -repitió Valera-. ¿Y se le da bien?
– Se me podría dar mejor -dije, con modestia-. Y ahora, si me disculpan, no quiero hacer esperar a mi profesor.
Dos días más tarde cené en casa de Carmen. Para mi sorpresa, Valero estaba allí. Mientras nos servían la comida, Orenes me preguntó por mis clases y también por aquel viaje a Berlín que en realidad no había realizado nunca. Agradecí a la suerte el que años atrás Elijah y yo hubiésemos preparado con tanto interés nuestra visita a Alemania, de forma que pude hablar de monumentos, de museos, de edificios emblemáticos y, creo que hábilmente, me las arreglé para lamentar la poca fortuna del destino de los alemanes. Valera y el padre de Carmen volvieron a mirarse. Acababa de pasar mi primer examen.