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Voces que susurran

Электронная книга - «Voces que susurran». Краткое содержание книги:

En mayo de 2009, pocos meses después de su regreso de Iraq, el joven soldado Damien Patchett se suicida disparándose con un revólver durante un paseo. Su padre, Bennett Patchett, que sospecha que algo turbio se esconde tras su muerte, acude a ver al detective privado Charlie Parker para pedirle que lo investigue. Extrañamente, ese mismo día, un agente de policía ha aparecido muerto junto a las ruinas calcinadas del siniestro bar Blue Moon. En sus pesquisas, Parker pronto descubrirá que Patchett formaba parte de un grupo de ex combatientes desencantados que cruzan a menudo la frontera entre Maine y Canadá, un lugar propicio para el tráfico no sólo de drogas, sino también de alcohol, personas y dinero. Entretanto, un misterioso anciano, enfermo pero capaz de una violencia despiadada, se acerca a Maine en busca de venganza. Charlie Parker necesitará la ayuda de sus amigos Louis y Ángel. Aun así, tendrá que vérselas con un ser al que teme más que a ningún otro.
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– ¿Recuerda quién fue?

– No. Tendría que consultar mis notas. Quizá fuera Damien Patchett, pero no podría asegurarlo.

– No sería Joel Tobias, ¿verdad?

Arrugó la frente.

– Joel Tobias no trata con psiquiatras.

– ¿Así que lo ha intentado?

– Llevó a cabo la última parte de su fisioterapia en Togus, pero el tratamiento incluía un aspecto psicológico. Me lo asignaron a mí, pero no avanzamos mucho. -Fijó la mirada en mí por encima de la copa-. No le cae bien, ¿verdad?

– Apenas lo conozco, pero no me gusta lo que he averiguado sobre él hasta ahora. Joel Tobias conduce un camión enorme con un remolque aún más grande. En una caja de ese tamaño hay mucho espacio para esconder algo.

No parpadeó.

– Parece usted muy convencido de que ahí se esconde algo.

– Al día siguiente de empezar a investigar a Joel Tobias, recibí un tratamiento muy profesionaclass="underline" sin huesos rotos, sin marcas visibles.

– Puede que no guardara relación con Tobias -me interrumpió.

– Oiga, soy consciente de que por ahí hay gente a la que no le caigo bien, pero en su mayoría no son muy listos, y si contratasen a alguien para darme una paliza, se asegurarían de atribuirse el mérito. No van de donantes anónimos. Estos usaron agua, y un saco. Me dejaron claro que no debía meter la nariz en los asuntos de Joel Tobias, y por extensión, los suyos.

– Por lo que ha llegado a mis oídos, casi todos los que podrían tener algún conflicto con usted no están ya en situación de contratar a alguien para darle una paliza, a menos que sean capaces de hacerlo desde la tumba.

Desvié la mirada.

– Se sorprendería -dije, pero ella no pareció oírme. Estaba abstraída en sus propios pensamientos.

– La primera vez que nos vimos me negué a ayudarlo porque no creía que usted quisiera lo mismo que yo. Mi función es ayudar a estos hombres y mujeres en la medida de mis posibilidades. Algunos de ellos, como Harold Proctor y Joel Tobias, no quieren mi ayuda. Puede que la necesiten, pero consideran que confesar sus temores ante un psiquiatra es una señal de debilidad, aunque sea una psiquiatra ex militar que cumplió servicio en el mismo desierto que ellos. Se ha escrito mucho en la prensa sobre los índices de suicidio entre el personal militar, sobre cómo hombres y mujeres con heridas físicas y psicológicas se han visto abandonados por su propio Gobierno, sobre cómo pueden llegar a ser incluso una amenaza para la seguridad nacional. Han combatido en una guerra poco popular, y sí, es verdad que no es igual que Vietnam, ni por el número de bajas allí ni por la animadversión hacia los veteranos aquí en el país, pero no se puede echar en cara a los militares que actúen a la defensiva. Cuando usted se presentó en mi consulta, pensé que tal vez era otro capullo que pretendía demostrar algo.

– ¿Y ahora?

– Sigo pensando que es un capullo, y ese inspector con el que he hablado en el motel de Proctor sin duda coincide conmigo, pero quizá nuestros objetivos últimos no sean tan distintos. Los dos queremos averiguar por qué estos hombres están suicidándose.

Tomó otro sorbo de vino. Los dientes se le tiñeron de rojo, como a un animal que acabara de devorar carne cruda.

– Oiga, yo me tomo esto en serio -continuó-. Por eso he iniciado esta investigación. Mi estudio forma parte de una iniciativa conjunta con el Instituto Nacional de Salud Mental para intentar aportar respuestas y alguna solución. Analizamos el papel que el combate y los múltiples periodos de servicio desempeñan en el suicidio. Sabemos que dos tercios de los suicidios se producen durante un periodo de servicio o después: hablamos de quince meses destinados en una zona en guerra, y luego esos hombres y mujeres agotados, cuando apenas han tenido tiempo para distenderse, son enviados de nuevo al punto de conflicto.

»Es evidente que nuestros soldados necesitan ayuda, pero temen pedirla por si queda constancia en el historial y han de arrastrar el sambenito. Pero el ejército también tiene que cambiar su actitud hacia los soldados: la supervisión de la salud mental es deficiente, y los mandos son reacios a permitir que el personal militar acceda a psicoterapeutas civiles. Están contratando a más médicos de cabecera, lo cual es un buen punto de partida, y más especialistas en salud mental, pero se concentran en las tropas en combate. ¿Qué pasa cuando vuelven a Estados Unidos? De los sesenta soldados que se suicidaron entre enero y agosto de 2008, treinta y nueve lo hicieron después de volver al país. Estamos dejando en la estacada a esos hombres y mujeres. Regresan heridos, pero en algunos casos las heridas no se ven hasta que es demasiado tarde. Hay que hacer algo por ellos. Alguien debe asumir la responsabilidad.

Se reclinó en la silla. Parte de su aire de severidad la abandonó, y simplemente se la veía cansada. Cansada y algo más joven de lo que era, como si su angustia por las muertes fuera profesional pero a la vez casi infantil en su pureza.

– ¿Entiende ahora por qué me mostré cauta cuando un investigador privado, y para colmo, con el debido respeto, un investigador a quien precede fama de violento, empezó a preguntar por los suicidios de veteranos?

Era una pregunta retórica o, si no lo era, preferí considerarla como tal. Pedí otra ronda. No volvimos a hablar hasta que nos sirvieron y ella hubo vertido el resto de la primera copa en la segunda.

– ¿Y usted qué? -dije-. ¿A usted cómo le afecta?

– No entiendo la pregunta -contestó.

– Me refiero a que debe de ser duro escuchar todas esas historias de dolor y mutilaciones y muerte, ver, semana tras semana, a todos esos hombres y mujeres heridos. Debe de hacer mella.

Ella deslizó la copa por la mesa, observando los dibujos que formaba: círculos sobre círculos, como diagramas de Venn.

– Por eso dejé el ejército y me pasé a la psiquiatría civil -explicó-. Sigo culpabilizándome por ello, pero cuando estaba allí a veces me sentía como el rey Canuto, intentando contener la marea yo sola. En Iraq, podía hacer valer su autoridad sobre mí un comandante que necesitaba soldados en acción. Las necesidades de la mayoría pesaban más que las necesidades de unos pocos, y en general lo único que yo podía hacer era dar algún que otro consejo a los soldados, como si eso pudiera ayudar a aquellos que ya no eran capaces de afrontar la situación. En Togus, tengo la sensación de formar parte de una estrategia, de un intento por ver las cosas con perspectiva, aun cuando esa perspectiva abarque treinta y cinco mil soldados con el diagnóstico de TEPT, y los que vendrán.

– Eso no contesta a mi pregunta -dije.

– No, no la contesta, ¿verdad? El nombre de lo que usted insinúa es trauma secundario, o «angustia por contagio»: cuanto más se involucran los terapeutas con las víctimas, más probabilidades tienen de experimentar parte de su trauma. De momento apenas se contempla la evaluación de la salud mental de los psicoterapeutas. Tienen que evaluarse ellos mismos, y sanseacabó. Uno sólo sabe que está roto cuando se rompe. -Se bebió la mitad del vino-. Ahora hábleme de Harold Proctor y de lo que ha visto allí.

Le conté casi todo, omitiendo sólo algún detalle de lo que me había dicho Edward Geagan, y lo del dinero encontrado en la cabaña de Proctor. Cuando acabé, guardó silencio, pero no apartó la vista de mí. Si era algún tipo de treta psiquiátrica concebida para desgastarme y sonsacarme todo lo que mantenía oculto desde la infancia, no surtió efecto. Ya le había revelado más de lo que quería sobre mí y no iba a caer en eso por segunda vez. Tenía una imagen de mí mismo cerrando la puerta de un establo mientras un caballo desaparecía en el horizonte.

– ¿Y lo del dinero? -preguntó-. ¿O se ha olvidado de mencionarlo?

Estaba claro que la policía estatal era más susceptible a sus artimañas que yo. Cuando viera a Walsh, tendría unas palabras con él para recordarle la conveniencia de conservar cierta entereza y no ponerse a reír como un colegial cuando una mujer atractiva le daba unas palmadas en el brazo y le alababa el arma.

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