El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
El mensaje le indicaba que se trasladara a una zona superior de la nave, situada en sentido de vuelo hacia la proa, que ahora quedaba por encima de su cabeza. Como se retrasó, un combinado (uno de los técnicos de Skade) la empujó con cortesía por pasillos y ascensores hasta que se encontró a muchos niveles por encima del punto de partida. Felka se negó a que grabaran en su memoria a corto plazo un plano de la nave (tal conocimiento instantáneo le hubiese impedido aliviar el aburrimiento con el placer de deducir por sí misma la distribución de la Sombra Nocturna), pero fue bastante fácil comprender que se encontraban más cerca de la proa. La curvatura de las paredes exteriores aparecía más acusada y las salas individuales eran más pequeñas. No le llevó mucho calcular que no podía haber más de doce personas a bordo de la nave, incluidos Remontoire y ella misma. Sus compañeros eran todos miembros del Consejo Cerrado, aunque no intentó siquiera desentrañar sus mentes.
Los cuartos eran espartanos, por lo general cámaras sin ventanas que la nave había redefinido de acuerdo a las necesidades actuales de la tripulación. La sala en la que encontró a Remontoire se hallaba en la parte más externa del casco y disponía de una cúpula de observación con forma de ampolla, situada en una pared. Remontoire estaba sentado en una cornisa extrudida. Su expresión era tranquila y tenía los dedos enlazados pulcramente sobre la rodilla. Entablaba una profunda conversación con un cangrejo metálico de color blanco, que se había posado justo bajo el borde de la cúpula.
—¿Qué sucede? —preguntó Felka—. ¿Por qué he tenido que dejar mis dependencias?
—No estoy del todo seguro —replicó Remontoire.
Entonces Felka oyó una descarga cerrada de golpetazos sordos, provocada por decenas de mamparos de iris acorazados que se cerraban por todas partes de la nave.
—Pronto podréis regresar a vuestros cuartos —dijo el cangrejo—. Esto es solo una precaución.
Felka reconoció la voz, a pesar de que el timbre no coincidía del todo con el que recordaba.
—¿Skade? Pensé que estabas…
—Me han permitido esclavizar este proxy —explicó el cangrejo, contoneando los pequeños manipuladores articulados que tenía entre las patas delanteras. Se agarraba a la pared mediante unas almohadillas circulares situadas en los extremos de sus patas. Desde la parte inferior del reluciente caparazón blanco brotaban diversas púas, bocas y artilugios peligrosos y afilados. Era, obviamente, una antigua máquina homicida que ahora comandaba Skade.
—Es muy amable por tu parte vernos partir —dijo Felka, aliviada de que Skade no los acompañara.
—¿Veros partir?
—Cuando la demora lumínica supere los pocos segundos, ¿no te será impracticable esclavizar al proxy?
—¿Qué demora lumínica? Estoy a bordo de la nave, Felka. Mis aposentos están solo una cubierta o dos por debajo de la tuya.
Felka recordaba haber oído que las heridas de Skade eran tan graves que hacía falta toda una sala llena del equipo del doctor Delmar solo para mantenerla viva.
—No creí que…
El cangrejo ondeó un manipulador, desechando sus disculpas.
—No importa. Vuelve más tarde, charlaremos un rato.
—Eso me gustará —dijo Felka—. Tú y yo tenemos muchas cosas de las que hablar, Skade.
—Claro que sí. Bueno, debo irme, tengo asuntos urgentes que atender. Se abrió un agujero en la pared y el cangrejo se escurrió por él para desaparecer en las entrañas ocultas de la nave.
Felka contempló a Remontoire.
—Como veo que todos somos miembros del Consejo Cerrado, me imagino que podemos hablar con libertad. ¿Te contó Skade algo más acerca de los experimentos del Exordio cuando estabais con Clavain?
Remontoire mantuvo baja la voz. No era más que un ademán; habían de suponer que Skade podía oír todo lo que sucedía en la nave, y también que era capaz de leer sus mentes de forma directa. Pero Felka comprendió bien por qué él sentía la necesidad de susurrar.
—Nada. Incluso le mintió respecto al origen del edicto para cesar la construcción de naves.
Felka se quedó mirando la pared, para obligarla a proporcionarle algún sitio donde sentarse. Una cornisa brotó del tabique que había enfrente de Remontoire y Felka se acomodó en ella. Era agradable dejar de estar de pie; últimamente se había pasado demasiado tiempo en el entorno ingrávido de su taller, y la gravedad que proporcionaban los impulsores de la nave resultaba agotadora.
Miró al exterior por la cúpula, en dirección descendente, y vio la sombra lobulada de uno de los motores de la Sombra Nocturna, recortada contra las llamas frías.
—¿Y qué le dijo? —preguntó Felka.
—Una historia sobre que el Consejo Cerrado había reunido pruebas de ataques de lobos a partir de cierto número de pérdidas de naves.
—Inverosímil.
—No creo que Clavain la creyera. Pero Skade no podía mencionar el Exordio; obviamente quería que Clavain supiera justo lo necesario para la operación y, pese a todo, no podía evitar hablar hasta cierto punto del edicto.
—El Exordio está en la raíz de todo esto —dijo Felka—. Skade debía de saber que si dejaba a Clavain un hilo del que tirar, acabaría por desenrollar todo el ovillo, directo hasta el Sanctasanctórum.
—Eso es todo lo lejos que hubiese podido llegar.
—Conociendo a Clavain, yo no estaría tan segura. Skade lo quería de aliado porque no es de los que se detienen ante una dificultad menor.
—¿Pero por qué no podía limitarse a contarle la verdad? La idea de que el Consejo Cerrado captó mensajes del futuro no resulta tan chocante cuando piensas en ello. Y, por lo que deduzco, el contenido de esos mensajes era muy difuso, apenas vagas sugerencias premonitorias.
—A no ser que lo vivieras personalmente, resulta difícil describir lo que sucedió. Pero yo solo participé una vez, no sé lo que ocurrió en los demás experimentos.
—¿Estaba involucrada Skade en el programa cuando tú participabas en él?
—Sí —le respondió Felka—, pero eso fue tras nuestro regreso del espacio profundo. El edicto fue hecho público con mucha anterioridad, cuando Skade aún no había sido reclutada en los combinados. El Consejo Cerrado ya debía de estar desarrollando los experimentos del Exordio antes de que Skade se nos uniera.
Felka volvió a contemplar la pared. Sabía que era muy lógico permitirse conjeturar sobre algo como el Exordio (difícilmente Skade podía oponerse a ello, cuando era tan crucial para lo que sucedía en aquellos momentos), pero seguía sintiéndose como si estuvieran a punto de cometer un innombrable acto de traición.
Pero Remontoire siguió hablando, en voz baja pero segura.
—Así que Skade se unió a nosotros… y a no mucho tardar estaba en el Consejo Cerrado, implicada activamente en los experimentos del Exordio. Al menos uno de los experimentos coincidió con el edicto, así que podemos suponer que se produjo una advertencia directa sobre el efecto de los neutrinos tau. Pero, ¿qué hay de los demás experimentos? ¿Qué avisos nos llegaron en los otros, si es que hubo alguno?
Miró intensamente a Felka. Esta estaba a punto de responder, a punto de decir algo, cuando el asiento que tenía debajo se disparó hacia arriba de modo tan repentino que la dejó sin aliento. Aguardó a que la presión amainara, pero eso no sucedió. Según sus estimaciones, su peso, que ya antes era excesivo hasta resultar incómodo, se había duplicado.
Remontoire miró hacia afuera y abajo, igual que había hecho Felka unos minutos antes.
—¿Qué acaba de ocurrir? Parece que aceleramos con más fuerza —observó ella.
—Y lo hacemos —dijo él—. Sin duda.
Felka siguió su mirada con la esperanza de ver algo distinto en el paisaje. Pero, dentro de la precisión con la que ella podía juzgar, nada había cambiado. Ni siquiera el resplandor azulado tras los motores parecía más brillante.