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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Poco le costó a Hernando comprender la esencia de Córdoba, más allá de iglesias y sacerdotes, misas, procesiones, rosarios o beatas y cofrades pidiendo limosna por las calles. Efectivamente, los piadosos cordobeses cumplían con sus obligaciones religiosas y asumían con generosidad la dotación de mujeres humildes, hospitales o conventos, así como la manda de legados píos en sus testamentos o el rescate de cautivos en manos de los berberiscos. Pero una vez cumplidos con la Iglesia, sus intereses y su forma de vida se distanciaban de los preceptos religiosos que deberían inspirarlos. Pese a los esfuerzos del Concilio de Trento, el cura que no disfrutaba de una barragana en su casa, disponía de una esclava. No se consideraba pecado preñar a una esclava. Era, según oyó, como echar el caballo a una burra para que pariese una mula; a fin de cuentas, argüían, el vástago heredaba la condición de la madre y nacía esclavo.

Los esfuerzos de las autoridades eclesiásticas por impedir que los confesores exigieran favores sexuales a las mujeres culminaron con la obligación de separar a confesor y penitente mediante una celosía en los confesionarios. Pero las autoridades tampoco eran buen ejemplo de castidad y recato. Las riquezas y prebendas que conllevaban sus cargos eran ansiadas por los segundones de las familias nobles, y el mismísimo deán de la catedral, don Juan Fernández de Córdoba, de insigne linaje, llegó a perder la cuenta de los hijos que dejó esparcidos por la ciudad.

La sociedad civil no era diferente. Tras la pureza que debía regir la vida matrimonial parecía esconderse un mundo de libertinaje, y los escándalos se sucedían una y otra vez con cruentas consecuencias para quienes eran descubiertos en el adulterio. Las monjas, enclaustradas la mayoría de las veces por sus padres y hermanos por simples motivos económicos -resultaba menos gravoso al patrimonio familiar entregar a una hija a la Iglesia que dotarla para un esposo de su condición-, y, por tanto, sin vocación religiosa alguna, competían con los clérigos en dejarse seducir por los galanteadores, que aceptaban el reto de obtener tan preciado trofeo como uno de los mayores éxitos de los que jactarse.

Para Hernando y los demás moriscos que, como él, llegaron a fecundar las piedras del reino de Granada a golpes de azada, la sociedad cordobesa se les mostraba perezosa y degenerada: ¡el trabajo estaba mal considerado! Los trabajadores tenían vedado el acceso a los cargos públicos. Los artesanos trabajaban lo mínimo imprescindible para su sustento y un ejército de hidalgos, el escalón más bajo de la nobleza, generalmente sin recursos, prefería morir de hambre antes que humillarse procurándoselos mediante el trabajo. ¡Su honor, ese exacerbado sentido del honor que imbuía a todos los cristianos cualquiera que fuese su condición y su clase social, se lo impedía!

Lo comprobó pocos días antes de la celebración de la victoria de Lepanto. Podía haber pedido excusas, como trató de hacer en un primer momento; dar media vuelta y dejar zanjado el asunto, pero algo en su interior le empujó a no hacerlo. Un atardecer andaba distraído por la estrecha calle de Armas, cerca de la ermita de la Consolación, allí donde se encontraba la casa de expósitos con su torno para abandonar a los hijos no deseados, cuando un joven hidalgo de actitud altiva, capa negra, espada al cinto y gorra adornada con pasamanería, que venía en sentido contrario dio un traspiés a su altura y estuvo a punto de caer. Hernando no pudo impedir que se le escapase una sonrisa mientras trataba de ayudarle. Lejos de agradecérselo, el joven se soltó de su mano con un aspaviento y se encaró con él.

– ¿De qué te ríes? -gruñó el hidalgo recomponiéndose.

– Disculpad…

– ¿Qué miras? -El joven hizo ademán de llevar la mano a la espada.

¿Que qué miraba? Después del traspié, el hidalgo trataba de recomponer el relleno de serrín con el que pretendía dar empaque a sus calzas. ¡Imbécil engreído! ¿Y si le daba una lección a aquel petimetre?

– Me preguntaba…, ¿cómo os llamáis? -tartamudeó deliberadamente, bajando la vista al suelo.

– ¿Quién eres tú, estúpido apestoso, para interesarte por mi nombre?

– Es que… -Hernando pensaba a toda prisa. ¡Presuntuoso! ¿Cómo podría darle esa lección? Los puntiagudos zapatos de terciopelo en los que tenía fija la mirada le indicaron que aquel hidalgo debía de tener algo de dinero. Observó las calzas acuchilladas y los bajos de su capa semicircular, remendados con esmero por alguna criada-. Es que…

– ¡Habla ya!

– Me parece… creo… Sospecho que la otra noche, en un mesón de la Corredera, oí hablar de vos…

Dejó flotar las palabras en el aire.

– ¡Continúa!

– No me gustaría equivocarme, excelencia. Lo que escuché… No puedo. Disculpad mi atrevimiento, pero insisto en saber cómo os llamáis.

El joven pensó durante unos instantes. Hernando también: ¿en qué lío se estaba metiendo?

– Don Nicolás Ramírez de Barros -alardeó con solemnidad-, hidalgo por linaje.

– Sí, sí -confirmó Hernando-. Hablaban de vuestra excelencia: don Nicolás Ramírez. Recuerdo…

– ¿Qué decían?

– Eran dos hombres. -Se interrumpió un momento, e iba a seguir cuando el hidalgo se le adelantó:

– ¿Quiénes eran?

– Eran dos hombres… bien vestidos. Hablaban de vuestra excelencia. ¡Seguro! Lo escuché. -Simuló no atreverse a continuar. ¿Qué contarle? Ya no podía echarse atrás.

– ¿Qué decían?

¿Qué podían decir?, se preguntó. ¡Hidalgo por linaje! De eso se había jactado el petimetre.

– Que vuestro linaje no era limpio -soltó sin darle más vueltas.

El joven crispó la mano sobre la empuñadura de su espada. Hernando se atrevió a mirar su rostro: congestionado, colérico.

– ¡Por Santiago, patrón de España -masculló-, que mi sangre es limpia hasta los romanos! ¡Quinto Varus dio origen a mi apellido! Dime: ¿quién ha osado sostener tal afrenta?

Notó el aliento a cebolla de don Nicolás en su rostro.

– No…, no lo sé -tartamudeó, en esta ocasión sin necesidad de simular. ¿No se habría excedido? El joven temblaba de ira-. No los conozco. Como comprenderá vuestra excelencia, no me trato con tales personajes.

– ¿Los reconocerías? -¿Cómo reconocer a dos hombres que acababa de inventarse? Podía contestarle que en la noche no los vio con suficiente claridad-. ¿Los reconocerías? -insistió el hidalgo, zarandeándole con violencia por los hombros.

– Por supuesto -afirmó Hernando, y se separó de él.

– ¡Acompáñame a la Corredera!

– No.

Don Nicolás dio un respingo.

– ¿Cómo que no? -El hidalgo dio un paso hacia él y Hernando reculó.

– No puedo. Me esperan en la… -¿Cuál era el gremio más alejado de la zona del Potro? Aquel en el que no le encontrara después si le buscaba-. Me esperan en la ollería. Vuestros problemas no me incumben. Lo único que me interesa es mantener a mi familia. Si no acudo a trabajar, el maestro no me pagará. Tengo esposa e hijos a los que trato de educar en la doctrina cristiana… -¡Ahí estaba!, se felicitó al ver al hidalgo rebuscar con torpeza en sus calzas hasta encontrar una bolsa. ¡Por Fátima!, pensó Hernando-. Uno de ellos está enfermo y me parece que otro…

– ¡Calla! ¿Cuánto te paga tu maestro? -preguntó, tanteando las monedas en el interior de la bolsa.

– Cuatro reales -mintió.

– Toma dos -le ofreció.

– No puedo. Mis hijos…

– Tres.

– Lo siento, excelencia.

El hidalgo puso en su mano una moneda de cuatro reales.

– ¡Vamos! -ordenó.

Para llegar de la ermita de la Consolación, donde estaba el torno para los expósitos, hasta la Corredera sólo había que cruzar la plaza de las Cañas; unos escasos pasos que el hidalgo anduvo tieso y con vigor, la mano en la empuñadura de la espada, renegando, clamando venganza contra aquellos que se habían permitido mancillar su apellido. Hernando lo hizo por delante, empujado por don Nicolás de tanto en tanto. ¿Y ahora?, pensaba, ¿cómo escapar de aquella trampa que él mismo se había tendido? Pero apretó la moneda en su mano. ¡Cuatro reales! ¡Todo dinero era bueno para comprar la libertad de Fátima!

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