Casi Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Casi Muerto». Краткое содержание книги:
El lujo, la belleza y el dinero que decorara el mundo de las víctimas se van desdibujando progresivamente en medio de la sangre y la sospecha. Azuzada por la falta de noticias en verano, la prensa clava sus fauces en el caso y Roy Grace se convierte en el punto de mira de una ciudad plagada de turistas. Ante la presión de los medios de comunicación y el creciente nerviosismo de los ciudadanos, la policía investiga a contrarreloj los macabros asesinatos cuyas pistas van cercando casi sin respiro a un único sospechoso. Pero ¿cómo puede un hombre matar a su víctima y encontrarse al mismo tiempo a noventa kilómetros de distancia?
– ¡Hola, preciosidad! -susurró, acariciando la funda, pasando la mano por el techo duro curvado que notaba debajo-. Eres preciosa. Tan, tan preciosa…
Pasó junto al coche, acariciando la funda con la mano, notando las ventanas, luego el capó. Conocía cada cable, panel, tuerca y tornillo, cada centímetro de acero, cromo, cuero, cristal, nogal y baquelita. Era su niña. Siete años de reensamblaje meticuloso a partir de una chatarra habitada por ratas y ratones en un granero abandonado en un corral. Estaba en mejor estado ahora que el día que salió de la fábrica, cuarenta largos años atrás. Diez escarapelas del primer premio en el Concours d'Elégance colgadas en la pared del garaje lo atestiguaban. Procedían de todo el país. También había ganado decenas de segundos, terceros y cuartos premios. Pero éstos siempre iban directamente a la basura.
Recordó que hoy, más tarde, tenía que trabajar en las partes interiores de los parachoques, que eran invisibles al observador normal. Los jueces miraban tras ellos a veces y allí era donde te pillaban, y a finales de este mes se celebraba un concurso importante del Jaguar Drivers' Club.
Pero en esos momentos tenía algo más importante en la mente. Se trataba de una máquina para copiar llaves, con un gran juego de llaves ciegas -para cualquier cerradura, decía el anuncio de internet- que estaba en el suelo en el paquete marrón marcado con la palabra FRÁGIL junto a su mesa de trabajo desde que lo había recibido un par de meses atrás.
Ésa era la gran ventaja de ser un Multimillonario de Tiempo. Podías hacer planes. Prepararte. Había leído una cita en un periódico de un tipo llamado Víctor Hugo, que había dicho: «No existe nada más poderoso en el mundo que una idea a la que le ha llegado su momento».
Dio unos golpecitos a la lata llena de cera, con la marca de la llave de la casa de Cleo Morey, que había guardado en el bolsillo de su chaqueta. Luego comenzó a abrir el paquete con una sonrisa en los labios. Pedir aquello había sido muy buena idea.
Había llegado su momento.
Capítulo 77
Grace entró con su Alfa Romeo en el aparcamiento delantero del Royal Sussex County Hospital, donde había ido a visitar a una policía herida, y avanzó lentamente, buscando un espacio libre. Entonces esperó pacientemente a que una anciana abriera la puerta de su pequeño Nissan Miera, subiera, se abrochara el cinturón, introdujera la llave en el contacto, tocara el retrovisor, pusiera el motor en marcha, entendiera lo que hacía el volante, recordara dónde estaba la palanca de cambios y, por fin, encontrara la marcha atrás. Luego salió con la velocidad de un torpedo propulsado desde un tubo y no chocó con la parte delantera de su coche por unos pocos centímetros. Grace ocupó el sitio que había dejado vacante y apagó el motor.
Faltaban pocos minutos para las dos y media y le sonaron las tripas, y recordó que necesitaba comer algo, aunque no tenía apetito. Las visitas al depósito de cadáveres casi siempre le quitaban el hambre y la imagen del tatuaje macabro en la espalda de Sophie Harrington seguía muy vivo en él, desconcertándole y perturbándole: «PORQUE LA QUIERES».
¿Qué diablos significaba eso? Imaginaba que «la» se refería a la víctima, Sophie Harrington. Pero ¿a quién aludía el «quieres»? ¿A su novio?
Sonó su teléfono. Era Kim Murphy, que deseaba ponerle al corriente de los progresos del día hasta el momento. La noticia más importante era que el laboratorio de Huntington había confirmado que tendría los resultados de los análisis de ADN a última hora de la tarde. Mientras terminaba la conversación, el móvil pitó con una llamada en espera. Era el inspector jefe Duigan, que también telefoneaba para informar sobre los progresos en el caso Sophie Harrington; parecía satisfecho.
– Hará cosa de una hora, una anciana que vive en la casa de enfrente se ha acercado a hablar con el agente de guardia en la escena. Dice que vio a un hombre que se comportaba de manera extraña en la calle de delante del edificio de Sophie Harrington el viernes sobre las ocho de la tarde. Llevaba una bolsa de plástico roja en la mano y la cabeza cubierta con una capucha. Aun así, parece que pudo verle bien.
– ¿Ha podido proporcionar una descripción de su cara?
– Hemos mandado a alguien para que la interrogue. Pero por lo que ha dicho de momento encaja con Bishop, en cuanto a estatura y constitución. ¿Y verdad que según el informe de la cronología de los hechos no tiene coartada para esa hora?
– Correcto. ¿Podría identificarle en una rueda de reconocimiento?
– Es lo primero de la lista.
Grace preguntó a Duigan si habían logrado averiguar si Sophie tenía novio. El inspector respondió que todavía no tenían ninguna información al respecto, pero que en breve interrogarían a la amiga que había denunciado su desaparición.
Cuando su colega terminó, Grace comprobó los e-mails en su Blackberry, pero no había nada relevante acerca de ninguna de las dos investigaciones. Guardó el aparato en la funda del cinturón y se quedó pensando unos momentos. Potencialmente, la noticia de Duigan era muy buena, en efecto. Si aquella mujer podía identificar positivamente a Bishop, tendrían otra prueba significativa contra el hombre.
Volvieron a sonarle las tripas. El sol implacable caía a plomo a través del techo corredizo abierto, así que lo cerró y agradeció el momento de sombra. Luego cogió el sándwich de beicon y huevo que había comprado por el camino en una gasolinera, arrancó el envoltorio de celofán y lo sacó. El primer mordisco le supo un poco a cartón con sabor a beicon. Masticando despacio y sin entusiasmo, agarró el ejemplar de la última edición del Argus, que había comprado en el mismo momento que el sándwich. Miró la portada, pasmado al ver lo deprisa que podían publicar una historia. Algún día tendría que llegar al fondo de las fuentes confidenciales de Spinella.
EL ASESINO EN SERIE DE BRIGHTON SE COBRA
SU SEGUNDA VÍCTIMA
Había una fotografía particularmente atractiva de Sophie Harrington, con una camiseta y un collar de cuentas sencillo, su melena castaña brillante a la luz del sol. Sonreía ampliamente a la cámara, o a la persona de detrás.
Luego leyó el artículo, firmado por Kevin Spinella, que se extendía hasta las páginas dos y tres. Estaba aderezado con una serie de fotografías del estilo de vida de Katie Bishop, así como con las clásicas palabras de consternación que cabría esperar de los padres de Sophie Harrington y su mejor amiga. Y también se fijó en la pequeña fotografía de él que el periódico siempre reproducía.
Era una crónica típica de Spinella: periodismo sensacionalista pensado para despertar el máximo pánico posible en la ciudad y aumentar la tirada del rotativo durante los próximos días, así como para realzar el currículum del reportero y las ambiciones que sin duda alberga ese pelota empalagoso de conseguir un puesto en un diario nacional. Grace supuso que no podía culpar al hombre, o a su director -seguramente él habría actuado igual en su lugar-. Pero de todas formas, citas reproducidas a propósito de manera incorrecta como «El capitán de división de la Policía de Brighton, el comisario jefe Ken Brickhill, ha recomendado a todas las mujeres del municipio de Brighton y Hove que cierren con llave sus puertas» no ayudaban en nada.
Parte del propósito de las ruedas de prensa bien organizadas, como la que habían celebrado antes, ese mismo día, era informar a la ciudadanía de los crímenes que se habían cometido, con la esperanza de obtener pistas. Pero lo único que se conseguía con este alarmismo era colapsar las centralitas de la policía con cientos de llamadas de mujeres asustadas.
Comió todo el sándwich que pudo, lo bajó con una Coca-Cola Light tibia, luego salió del coche y tiró el resto del almuerzo y su envoltorio a una papelera. Diligentemente, compró un tique de la zona azul y lo colocó sobre el salpicadero. Luego se dirigió al puesto prefabricado FLORES HOSPITALIDAD y escogió un ramo pequeño. Recorrió la fachada principal del hospital, que tenía una parte pintada de blanco, otra color crema y otra gris, y entró por debajo del toldo de plexiglás, pasando por delante de una ambulancia con la palabra escrita al revés en el capó con letras verdes grandes.