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La ignorancia de la sangre

Электронная книга - «La ignorancia de la sangre». Краткое содержание книги:

Una oscura noche de septiembre, Vasili Lukyanov, un mafioso ruso que se dirige a Jerez de la Frontera, muere en un aparatoso accidente de tráfico. El inspector Javier Falcón se persona en el lugar del siniestro: además de la terrible visión del cadáver ensartado en una barra de hierro, encuentra en el portaequipajes del coche una maleta que contiene casi ocho millones de euros en billetes usados, champán Krug y vodka helado. A Falcón no le será difícil seguir el rastro del muerto hasta la mafia rusa que opera en la Costa del Sol, donde el tal Lukyanov había sido acusado de violación, pero nunca juzgado.
Entre tanto, la vida de los allegados al inspector jefe de Homicidios sevillano va transformándose en una pesadilla: su amante, Consuelo Jiménez; su ex mujer, Inés, y su marido, el juez Esteban Calderón parecen víctimas de una maldición. Demasiada casualidad, porque Falcón sigue empeñado en cumplir su promesa de detener a los autores del atentado del 6 de junio en una mezquita de Sevilla y ha encontrado una conexión, aparentemente improbable, entre éste y el trágico destino de Lukyanov. Poco a poco se va acercando…
Nunca habría imaginado lo que aún le esperaba: algún que otro fantasma del pasado, fanatismo y dolor. La verdad tiene a veces un precio muy alto.
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Falcón se terminó los calamares, se tomó la cerveza. Yacub hacía que todas sus acciones parecieran banales. El camarero llegó con el café solo y un vaso de agua, se llevó las sobras de la comida.

– Has cambiado -dijo Falcón.

– Como dije, desde fuera se puede intelectualizar todo lo que se quiera, pero yo sólo comprendí la verdad emocional al estar dentro -dijo Yacub-. Esta determinación, este sentido del norte que tengo ahora, proviene de saber que lucho por los que quiero.

– ¿No es venganza?

– Venganza, también, pero no es el único impulso -dijo Yacub-. La inquietante y perturbadora realidad es que el otro impulso es el amor. No sé si el amor y la venganza no estarán inextricablemente entrelazados. ¿Y tú, Javier? ¿Qué haces aquí? No me has traído aquí para hablar de todo esto.

– A lo mejor el GICM tiene razón y los occidentales nos hemos vuelto blandos -dijo Javier-. Anoche volví la espalda a todos mis principios. Negocié con criminales, robé pruebas, me corrompí y, al final, salí ileso por los pelos de un intento de asesinato.

– ¿Por qué?

– No por venganza -dijo Falcón-. Sólo por amor.

– ¿Amor a quién?

– A Consuelo. Y porque quiero a su hijo, Darío.

– ¿Y qué tiene que ver su hijo con todo eso?

– Lo han secuestrado.

Yacub se puso tenso y se inclinó ligeramente sobre la mesa para mirar a Falcón, mientras éste le relataba todos los horribles detalles de la noche anterior, que recordaba con intensidad surrealista.

– Así que si los rusos no tienen al chico, ¿quién lo tiene? -preguntó Yacub.

– Creo que está en Marruecos.

– ¿Por qué?

– Porque una de las llamadas amenazadoras que recibí, después de verte en Madrid, me dijo que ocurriría algo y que, cuando ocurriese, me daría cuenta de que era culpa mía y lo «reconocería». Y ahora lo reconozco. ¿Tú no…, Arturo? -preguntó Falcón, utilizando el viejo nombre español ya olvidado de Yacub.

– ¿Cuándo se lo llevaron?

– Mientras estaba reunido contigo en Londres -dijo Falcón-. Se lo llevaron de una tienda del Sevilla Fútbol Club, junto al estadio, mientras su madre estaba hablando por el móvil.

Los dos hombres se miraron, atentos como halcones de caza, sin atreverse a parpadear.

– ¿Y crees que el GICM es responsable del secuestro? -preguntó Yacub,

– No lo sé. Es posible.

– ¿Qué ganarían con ello?

– Confundirme. Presionarme. Desviar mi atención hacia otra parte -dijo Falcón-, de manera que puedan lograr lo que quieran con su nuevo recluta sin impedimentos.

– ¿Y…? Sigue. Dilo.

– Joder mi relación contigo -dijo Falcón-. Porque yo iba a saber que el único motivo por el que había ocurrido era por la relación existente entre tú y yo.

– Así que también están poniendo a prueba tu determinación -dijo Yacub-. ¿Y qué han averiguado?

– Que aunque los vínculos amorosos y familiares pueden considerarse blandos y sentimentales -dijo Falcón-, también nos han vuelto, a lo largo de la historia, tan salvajes e implacables como cualquier ideología o fanatismo religioso.

– Escúchame, Javier -dijo Yacub, clavándole la mirada desde el otro lado de la mesa con sus ojos oscuros-. No debes revelar en ninguna circunstancia, lo que te dije en Londres. Es de importancia vital. Si lo haces, te garantizo que no volverás a ver a Darío.

– ¿Qué demonios significa esto? -dijo Falcón-. Pensaba que tu estrategia había funcionado y que esa cosa saudí se había acabado.

– Se ha acabado, por el momento, pero los servicios secretos siguen queriendo saber qué ocurrió -dijo Yacub-. Y créeme recurrirán a todos los medios posibles para sonsacarte lo que te dije. Pero no debes decírselo.

– ¿Entonces sabes dónde está Darío?

– No, no lo sé. Pero creo que sé lo que está pasando, y averiguaré dónde está -dijo Yacub, levantándose.

Se abrazaron en la mesa. Yacub lo besó en la mejilla.

– Una cosa que no entiendo -dijo Falcón- es por qué me contaste todo aquello en Londres si sabías que podía ser tan peligroso para ti.

– Ante todo, eres mi único amigo de verdad -dijo Yacub-. Y, por extraño que parezca, hay algunas cosas que sólo están a salvo en manos de un buen amigo. En segundo lugar, era fundamental para mí que fueras la única persona que supiera y comprendiera toda la verdad.

Capítulo 25

Por la carretera de Osuna a Sevilla. Martes, 19 de septiembre de 2006, 18.00

En el viaje de vuelta a Sevilla, Falcón hablaba por el móvil con Ramírez, mientras se acercaba el ocaso con un fulgor tan penetrante que molestaba hasta con las gafas de sol, ¿o era otra cosa que daba vueltas en su mente, junto a Darío, y le intranquilizaba?

– ¿Dónde estás, José Luis?

– Estoy en la torre de control del aeropuerto. La llegada del avión privado contratado por I4IT/Horizonte está prevista para las siete y cinco, aproximadamente -dijo Ramírez-. Acaban de notificar el plan de vuelo para mañana. Van a Málaga, despegan a mediodía.

– ¿El Pulmón?

– En los calabozos.

– ¿Los detectives Serrano y Baena?

– Están aparcados delante del edificio del Parlamento Andaluz, esperando a que salga Alejandro Spinola -respondió Ramírez-. El subinspector Pérez está en un coche delante de la oficina de planificación urbanística en la isla de la Cartuja, porque uno de mis contactos del Ayuntamiento me dijo que el alcalde tiene una reunión allí a las siete y media.

– ¿Y te has puesto en contacto con el gerente del hotel?

– En eso hay una pequeña novedad. Horizonte llamó hace un rato y canceló una de las suites ordinarias y reservó en su lugar la suite presidencial. Cuesta dos mil quinientos euros la noche -dijo Ramírez.

– Tiene que ser para alguien importante -comentó Falcón.

– Hay una cena reservada para las once: diez personas en un comedor reservado, de nuevo a nombre de Horizonte.

– ¿Y los otros invitados?

– Hay una pareja americana que aparece a nombre de Zimbrick, una pareja alemana a nombre de Nadermann, y tres reservas a nombres españoles: Sánchez, Ortega y Cano -dijo Ramírez-. Dos de ellos han notificado que llegarán tarde.

– ¿Quién ha hecho reservas en las últimas cuarenta y ocho horas?

– Sánchez y Ortega -dijo Ramírez-. Y Horizonte hizo esa modificación.

– ¿Algo más que deba saber?

– Horizonte también ha reservado la sala de conferencias y el cine antes de la cena durante una hora y ha solicitado que habiliten todo lo necesario para la de proyección de DVD.

– Da la impresión de que se trata de un nuevo proyecto urbanístico importante -dijo Falcón-. Primero inspeccionarán el lugar, luego verán el vídeo de cómo va a ser, seguido de la cena de celebración y quizá la ceremonia de firma.

– Horizonte ha pedido expresamente seis botellas de champagne Cristal añejo para después de la cena.

– Esto no es un paso más en el proceso de negociación -dijo Falcón-. Es el gran momento, y por eso eran tan cruciales los contenidos del maletín de Vasili Lukyanov.

– Pero sin los discos, ¿qué pueden hacer los rusos? -preguntó Ramírez.

Falcón se estremeció detrás de las gafas de sol. ¿Iba a empezar a mentir a su mano derecha? Esto es lo que siempre les decía a los sospechosos: la primera mentira engendra cien mentiras más y nada se adhiere a tu mente como la verdad.

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