Электронная книга - «El asesinato del sábado por la mañana». Краткое содержание книги:
– Todo de acuerdo con la línea que me marcaban, me limitaba a desempeñar mi trabajo. Y siempre con el jefe del Estado Mayor controlándome de cerca. No sé qué ideas políticas tendrá usted, pero en mi trabajo resultan irrelevantes, créame. Es imposible ser un gobernador militar liberal, son términos incompatibles -Yoav Alon miró a los ojos a Michael Ohayon-. Quizá le parezca que todo esto no viene a cuento, pero puedo citarle las palabras de la doctora Neidorf. Dijo que las cosas que no expresaba con palabras hablaban a través de mi cuerpo; ésas fueron sus palabras exactas. Antes de empezar a tratarme con ella hubo días en los que llegué a contemplar la posibilidad de acabar con todo, tan fútil me parecía la vida. Nada tenía sentido. La comida, el sexo, los libros, los amigos, las películas…, todo me dejaba indiferente. No se puede vivir así, no durante mucho tiempo. Entonces fui al médico para consultarle mis problemas sexuales y no me descubrió ninguna insuficiencia física. Tuve que extraer la conclusión inevitable. Espero que no esté grabando esta parte, aunque en realidad ya todo me da igual, todo me importa un pimiento.
Una vez que se hubo desahogado, Alon abordó la información que le interesaba a Michael. Había estado recibiendo psicoterapia durante un año, dos veces por semana, y había tenido la precaución de pagar en efectivo, porque ni siquiera Osnat, su mujer, lo sabía. No podía explicar por qué no se lo había contado. Quizá temía que ella se lo contara a Joe; ni siquiera él estaba al tanto de la situación. Había escogido a la doctora Neidorf porque su vieja amiga y antigua compañera de estudios Tammy Zvielli siempre estaba hablando de ella y Joe también la mencionaba algunas veces. Aunque la doctora Neidorf tenía una lista de espera de dos años, le había hecho un hueco un par de veces por semana. No tenía que preocuparse por la posibilidad de toparse con ella en alguna reunión de conocidos, porque nunca iba a casa de Joe. Había confiado en su discreción y había acertado. Nadie se había enterado de que estaba tratándose con ella, y si no hubiera muerto de esa manera, nadie habría llegado a saberlo.
El sábado a mediodía Joe le había informado de la muerte de la doctora; lo llamó para decirle que no podría ir a comer con él, como habían acordado, y se lo dijo. Desde luego, a Joe no se le había ocurrido ponerlo sobre aviso, ignoraba por completo la relación que había entre ellos. Al principio, sin saber que la habían asesinado, pues Joe sólo dijo que había muerto, le preocupó la posibilidad de que descubrieran el cuaderno de notas de la doctora en la consulta y su nombre saliera a la luz.
– En el ejército piensan que no se puede confiar en un hombre que va a ver a un psicólogo, sobre todo si ocupa un cargo como el mío. Y lo curioso del caso es que tienen razón. Se confundieron conmigo; la verdad es que no sirvo para este trabajo.
Después de hablar con Joe le invadieron el pánico y la incertidumbre. Joe le había explicado que Neidorf acababa de regresar del extranjero y que iba a dar una conferencia, por lo cual supuso que la familia tardaría su tiempo en organizarse. Esperó hasta que se hizo de noche y ese mismo día, cuando todavía no había comenzado a llover, se introdujo en casa de Neidorf por la ventana de la cocina y se llevó los papeles que había en la sala de consultas.
Michael levantó la mano y le pidió que hiciera un alto. Quería aclarar un par de cosas, le dijo suavemente.
¿Por qué entrar por la ventana si tenía la llave?, le preguntó con amistoso interés, y vio cómo la incomprensión se pintaba en el rostro de Yoav Alon.
– ¿Qué llave? ¿Cómo iba a tener la llave? No sé de qué me está hablando.
Y, sin insistir en el asunto de la llave, Michael se concentró en los detalles de cómo se había introducido en la casa.
– Fue fácil. Utilicé una barra de hierro para doblar los barrotes de la ventana de la cocina y rompí un cristal para abrir el pasador de la ventana. Da al jardín trasero; no me vio nadie. Después fui a la sala de consultas. Registré los cajones. Me llevé la lista de pacientes, en la que estaba escrito, en grandes letras: «Para casos de emergencia», y también el horario de citas con los pacientes que encontré allí -dijo avergonzado-. Tendrá que creerme si le digo que no leí nada. Lo quemé todo, incluida la agenda de direcciones, en la que encontré mi teléfono.
– Y la conferencia también -dijo Michael como quien afirma algo sabido.
– ¿La conferencia? -repitió Alon perplejo, y después dijo-: Ah, ¿la conferencia que iba a pronunciar esa mañana? ¿Por qué me la iba a llevar? ¿Qué me importan a mí las conferencias? No vi ninguna conferencia por ningún lado, pero tampoco la estaba buscando.
– Así que, ¿no revisó todos los papeles? -preguntó Michael, sabiendo que Alon estaba diciendo la verdad y confiando contra toda esperanza en que estuviera equivocándose.
– No me senté allí varias horas para leérmelo todo, no. Me limité a buscar cualquier cosa que pudiera comprometerme. En total no estuve allí más de media hora. No era la ocasión adecuada para perder el tiempo, podría haber aparecido alguien en cualquier momento.
Michael encendió un cigarrillo y preguntó si había trabajado con guantes.
– No sé por qué utiliza la palabra «trabajar», pero sí, tenía unos guantes puestos mientras estuve allí, ya que soy consciente de que el allanamiento de morada no es precisamente legal. Imaginé que la policía tal vez registraría su despacho.
– Creía que no sabía cómo había muerto. ¿Por qué se le ocurrió pensar en la policía? -Michael no desvió la mirada de Alon mientras se lo preguntaba.
– No, no lo sabía. Joe no me explicó nada sobre las circunstancias de la muerte, sólo me habló de la policía y de todo lo demás después. No puedo explicarle lo de los guantes más que diciéndole que fue instintivo; tendrá que creerme. ¿Podría darme otro cigarrillo?
Michael le dio un cigarrillo y le pidió que describiera con detalle sus movimientos en casa de Neidorf. Alon así lo hizo, reiterando que no había visto la conferencia.
– Está bien; de manera que entró en la casa y se llevó los papeles. ¿Qué hizo con ellos? -le preguntó Michael, nervioso.
– Me monté en el coche y fui…, no se lo va a creer…, fui al cementerio. Quería…, no sé qué quería, pero sabía que no iba a asistir al entierro. Los quemé allí.
– ¿A qué hora? -preguntó Michael.
– Serían las ocho y media o las nueve; no, más tarde, porque llegué a casa a las diez.
Michael pensó para sí que aquel sábado había empezado a llover alrededor de las diez, mientras él estaba con Hildesheimer. Recordando las persianas, la ventana abierta, los truenos y los relámpagos, dedujo que la tormenta debía de haber estallado después de las nueve.
– ¿Y después? ¿Qué hizo después de eso?
– Después de eso no hice nada. Al día siguiente hablé con Joe cuando regresó de la sesión con usted, y entonces me contó lo del asesinato y lo de su pistola, una pistola que le había comprado yo en el año 67, justo después de la guerra, cuando tenía dieciocho años. Luego me puse muy nervioso. La idea de que iba a realizarse una investigación sobre el asesinato… Ya le he dicho que estoy bastante al tanto de cómo funcionan estas cosas. Traté de pensar en qué otros lugares podría figurar mi nombre como paciente de la doctora Neidorf.
Alon se quedó callado con la vista fija en Michael, quien se esforzó en no alterar la expresión de su cara, que sólo reflejaba, o al menos en eso confiaba, el mismo interés solícito de antes, pero no el hecho de que supiera que había llegado el momento crítico: ¿le hablaría Alon de los contables por voluntad propia? Y, si no lo hacía, ¿significaría eso que todo lo demás era mentira?