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Los papeles de agua

Электронная книга - «Los papeles de agua». Краткое содержание книги:

Los cuadernos de una escritora de vuelta del éxito que decide ir a perderse o a encontrarse a Venecia tras el fracaso de su última obra publicada. En Venecia sale de su decadencia al tiempo que descubre la cara oculta de la ciudad, sus pasiones y su vida nocturna. Deyanira sabrá que nada de lo que ha escrito hasta entonces ha sido cierto porque verá en los ojos y en el cuerpo de Aldo la verdadera vida y ambos encuentren en sí mismos y en el otro lo que estaban buscando sin saberlo.
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Si Gabriel me retuvo, aparte de su espléndido aspecto, fue por su ingenio y por su sentido del humor, por su manera de ironizar y satirizar contra los otros, por esa prepotencia de la palabra oportuna y malvada. Por esa manera de ocultar con gracietas la invalidez de quien está llamado a algo más grande y no responde al llamamiento. Me cegaba con su donaire, con la ocurrencia oportuna, con su protagonismo en el grupo en que estuviera… Al final, yo acababa yéndome con el mejor del grupo, siempre que hubiera alguien mejor que él y se dejara. Hasta que me preguntaba a mí misma para qué. ¿Qué hacía yo al lado de un payaso inagotable? «Tú te lo quisiste, fraile mostén; tú te lo quisiste, tú te lo ten.» Hasta que mandé al gracioso, a su mujer que era yo y al fraile mostén ese a tomar por donde amargan los pepinos.

Me dediqué a lo mío. Al principio, me consideré relativamente feliz: vale decir contenta. Pero lo que se hace en esa encrucijada no se hace para conseguir ser feliz, sino para ser menos infeliz. El creador, aun malo como yo, tiene que ser sensible, aunque sólo sea para transmitir bien lo que hace. Por eso son más felices los científicos que los poetas, pongo por caso; aunque la ciencia y la poesía tengan en común que las dos brotan de una cuestión, de una tiniebla, de una duda: me parece que fue él quien me lo dijo. El que escribe depende, si se deja, de demasiados filisteos enanos. Como les hagas caso, te han jodido: te vuelves una cínica y nadie puede ser feliz siéndolo. Porque, aunque me ponga trascendente y pulpitera, yo sé que el respeto a uno mismo es una premisa, un primer paso de la felicidad. Una felicidad de andar por casa, pero vale… Y si no te vuelves una cínica, acabas por ser una Sansona, que pretendes cargarte al templo y a todos los filisteos, con Gabriel incluido. De ahí que me saliera a mí del chichi escribir Los comensales. Y la cagué. Pero sólo a sus ojos. Yo hice lo que me dio la gana. Hice lo que creía que tenía que hacer. Vivimos demasiado poco y en un sitio demasiado pequeño como para tener que andarnos por las ramas… No, no va conmigo: que se vaya todo a hacer puñetas.

Ahora mismo me pregunto por qué coño tengo yo que seguir justificándome por haber escrito ese libro. O por haberlo publicado. Miro a mi espalda (no, ni siquiera a mi espalda del todo, apenas si me vuelvo) y veo el cuerpo de mi amante, abandonado, extendido, sereno, inmóvil, con la belleza de un dios bueno, una mano bajo la almohada, encima de la que se recorta, perfecto, su perfil… Ahora no me distraen sus ojos del resto de sus dones… En ellos la carne ha echado el resto verdaderamente…

Y me doy cuenta de que todo lo que acabo de escribir (ya es de día) es sólo para confirmar mi felicidad de hoy. Habría que fundar una comunidad de los felices. Como la Iglesia, que es tan cuca, ha inventado la de los santos y la de los difuntos. Los felices nos sentimos parte del ancho río de la vida, y no hay enemistad ninguna entre nosotros y el resto de este mundo. Yo no siento demasiado interés por personas ni por cosas ajenas a este Aldo yacente y a mí misma… Salvo que el temor a que esas cosas o esas personas puedan atentar contra mi felicidad. Entonces me volvería una leona. Y ni un gramo de incienso en mi pata conseguiría domesticarme ni dormirme. (Yo creo que esto del gramo es de un poema de Gabriela Mistral. Debió de inventárselo ella. Como se inventó un nombre falso, cuando se llamaba Lucila Godoy, que es tan bonito. Igual que yo de descontentadiza. Aunque algo más lesbiana.)

Bueno, sí, hasta aquí llegó la nada. Ya esta bien de escrituras. Voy a despertar a Aldo para que me haga el desayuno. Qué idiota soy.

Ayer vinieron a tomar un té conmigo Nadia y Bianca. Las vi más unidas que antes, más cómplices, no sé si más enamoradas.

Bianca estaba tan guapa, gorjeaba al reírse de tal modo que no se me pasó por la imaginación preguntarle cómo había encajado el golpe de ese Herbert Nosequé. Envidiaba su ecuanimidad, su aceptación de los acontecimientos en los que no tenemos ni arte ni parte. Eso, al menos, es lo que me han dicho. Y yo lo creo. A ojos ciegas, pero lo creo.

Sin embargo, a Nadia la encontré más silenciosa, no sé si más escurridiza. De pronto se me ocurrió si no sería porque pensaba, o sospechaba, que al alemán lo había matado Aldo. Estuve a punto de contarle lo que Aldo me había contado a mí, pero supuse que también ella sabría esa versión. Si continuaba con la mosca en la oreja, no era cosa que estuviese en mi mano resolver y espantársela. En consecuencia, no se habló para nada del muchacho alemán.

Y, por si fuera poco, el té estaba malísimo; nunca he sabido prepararlo bien. Y además, no me gusta. Y creo que a nadie. Ni siquiera a los ingleses, pero ¿qué van a hacer, los infelices? Bastante tienen con el menosprecio de los franceses, que se creen la quintaesencia de no sé qué, y con comer tan mal que se tienen que ir fuera de sus islas…

Preguntaron por Aldo.

– Tenía algo que hacer. Como sabía que vendríais, aprovechó y se fue.

– ¿Es que no quiere encontrarse con nosotras? -preguntó Nadia.

– No digas eso. Ya sabéis que daría la vida por las dos. -Antes de terminarla, pensé que no debería haber dicho esa frase-. Pero prefiere que nos encontremos más libres sin él. Las cosas de mujeres parecen no interesarle mucho.

– Puede -la preciosa cara de Bianca se iluminó con una risa-. Le interesan más las mujeres que sus cosas. Tiene muchísima razón: así son todos los hombres… Lo que creo es que se equivocan bastante en la idea que tienen de nuestras cosas.

No sé si había subrayado la última palabra o era una suspicacia mía. En cualquier caso, Nadia la interrumpió:

– La guerra de los sexos es más bien una paz armada.

Estábamos sentadas. Yo me levanté para traer algo de la cocina:

– Después de pensarlo bien, he llegado a la conclusión de que no hay guerra de los sexos. -Fui hablando y volví hablando-. Y, si la hay, no es el amor el campo de batalla. Quizá el hombre se encuentra en un plano de inferioridad, y por eso finge ser más alto y se crece. Todo eso del maltrato y de la violencia de género es consecuencia de que el hombre, a pesar de lo que aparenta, se siente humillado y reacciona con la fuerza, que es lo que tiene más a mano… Él sabe muy bien que, en realidad, para lo que es de verdad la vida, las hembras somos más inteligentes.

Nadia me miró con demasiada fijeza, y dijo:

– Pero para la muerte, no.

– En fin, no sé… ¿Para qué, por qué se arma el hombre? No estoy hablando en sentido sexuaclass="underline" en ése, lo sabemos. ¿Por qué inventa ese auxilio supletorio de su fuerza aparente? Sólo porque tiene conciencia de su debilidad… En eso consiste su trabajo más importante: transformar su debilidad en fuerza. En una fuerza que se mida por el poder que produce, consciente de sí mismo, o sea, la ley. Y es eso lo que el hombre impone. Él inventa la ley y es quien la aplica. No es poca cosa.

Hablaba con Nadia, pero oí la risa despectiva de Bianca.

– Sí, sí, lo que es en Italia… -completó Nadia-. Cada día la ley importa menos y se obedece menos. Hasta la mafia tiene nombre femenino.

– Pero hay otras leyes menores, leyes con minúscula, que proceden de círculos pequeños. De círculos que crecen y se amplían como las ondas que produce un golpe en el agua.

– ¡Ay! -era Bianca-. No entiendo nada de lo que estáis hablando. Y además no me importa. Hablar así, en abstracto, del hombre y la mujer me huele a rancio… Este hombre, esta mujer; se gustan, no se gustan; o estos dos hombres, o estas dos mujeres… Eso es lo único interesante. O por lo menos lo único que me interesa a mí.

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