Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Hacía veinte años o más que Marcel Grobz no llamaba a Henriette «mi amor». Primero porque ella le había prohibido tratarla así en público, después porque ella encontraba esas palabras «grotescas». «Grotescas» era la interpretación que ella tenía de esa marca de ternura entre esposos. A fuerza de oír reprimendas cada vezque se dejaba llevar, Marcel ya sólo se dirigía a ella empleando términos más neutros como «querida» o, simplemente, «Henriette».
Pero ayer noche, él le había llamado «mi amor».
Fue como si un nervio del estofado le salpicara en la cara.
Evidentemente, ese «mi amor» no estaba destinado a ella.
Había pasado la noche dando vueltas y vueltas en la gran cama antaño conyugal y, cuando se había levantado a las tres de la mañana para beber un vasito de vino tinto que, esperaba, le ayudaría a dormirse, había abierto suavemente la puerta de la habitación de Chef para constatar que la cama no estaba deshecha.
¡Otra pista!
A veces no dormía en casa, cuando estaba de viaje. Pero no se trataba de un viaje, puesto que había cenado con ella y seguidamente se había retirado a su habitación como cada noche. Ella había entrado en la habitación de Chef y había encendido la luz: no había duda, el pájaro se había escapado, las sábanas ni siquiera estaban deshechas. Ella había observado con asombro aquella pequeña habitación en la que no entraba jamás, la cama estrecha, una mesita de noche coja, la alfombra barata, una lamparita de noche rasgada, calcetines por el suelo. Había inspeccionado el cuarto de baño: máquina de afeitar, after-shave, peine, cepillo, champú, dentífrico y… y toda una línea de productos de belleza para hombre, Bonne Gueule de la marca Nickel. Crema de día, crema para el rostro cansado, crema exfoliante, crema suavizante, crema hidratante, crema contorno de ojos, reafirmante, crema puñados de amor. La panoplia de belleza de Chef extendida sobre el borde del lavabo se burlaba de ella.
Lanzó un grito: ¡Chef tenía una amante! ¡Chef se la estaba pegando! ¡Chef no reparaba en gastos! ¡Chef se le escapaba!
Se fue a la cocina a terminar la botella de burdeos gran reserva que había empezado durante la cena.
Esa noche no pegó ojo.
La historia del Primero de mayo durante el desayuno confirmó sus dudas.
Ahora debía empezar a investigar. En primer lugar, correr hasta el despacho de Chef para saber si se encontraba allí de verdad.
Registrar su correo, su agenda de trabajo, consultar sus citas, estudiar los talones de su chequera, los recibos de su tarjeta de crédito. Para todo eso tendría que pasar por delante de esa peste de Josiane. Pero ¿acaso no era Primero de mayo? ¡El despacho estaría vacío y ella podría registrar con toda libertad! Sólo tendré que evitar a ese fardo de René y a la tosca de su mujer, dos atontados bien mantenidos por ese memo de Marcel Grobz. ¡Qué apellido infame! Y pensar que es el mío, maldijo, verificando que el alfiler del sombrero estaba bien colocado.
¡Lo que hay que hacer para educar a los hijos! Nos sacrificamos en el altar de la maternidad. Iris sabía ser agradecida, agradable, placentera, ¡pero Joséphine! ¡Qué vergüenza! ¡Y además rebelde! Sufre su crisis de adolescencia con cuarenta años, ¿no es ridículo? En fin, ya no nos vemos y es mejor así. ¡No la soportaba! No soporto la vida mediocre que ha elegido: un fardo de marido, un piso en un barrio de las afueras y un insignificante sueldo de profesora. ¡Menudo éxito! De risa. Sólo la pequeña Hortense venía a endulzar su amargura. Una auténtica señorita, Hortense, buena compostura, buen aspecto, ¡y otras ambiciones que las de su pobre madre!
Estiró el cuello para borrar las arrugas y, esforzándose en mantener la boca fina, salió de su casa y llamó al ascensor.
Al pasar delante del chiscón de la portera, inclinó la cabeza y esbozó una gran sonrisa. La portera le prestaba numerosos servicios: Henriette quería conservar su amistad.
Henriette Grobz era como mucha gente: detestable con su familia, amigable con el recién llegado. Como pensaba que ya no tenía nada que ganar con las personas con las que vivía y ella ignoraba todo lo que significaba don, amor y generosidad, no hacía ningún esfuerzo y ejercía con su familia una tiranía brutal, sin piedad, con el fin de mantenerlos bajo su yugo. Pero, llena de orgullo, le faltaban esos dulces halagos que tanto le gustaban, halagos que sólo podía obtener de perfectos desconocidos, quienes, ignorando lo profundo de su alma, encontraban a esa mujer encantadora, admirable, creyéndola propietaria de todas las cualidades. Cualidades en las que se sumergía y que repetía a discreción, mencionando a toda esa gente que la amaba tanto y que se dejaría matar por ella, que la juzgaban tan distinguida, tan meritoria, tan deslumbrante… De esta forma hacía loables esfuerzos por ganarse la estima de esa gente, mientras que sospechaba que su familia, su hija Joséphine en particular, había adivinado lo vacío que estaba su corazón. Esperaba así ganarse la estima de aquellos que le eran extraños y aumentar el círculo en cuyo centro se situaría ella. Prestando servicios a perfectos desconocidos, recogía una cosecha de amor propio que la mantenía en la alta opinión que tenía de sí misma.
La portera formaba parte de su corte. Henriette le regalaba sus trapos viejos asegurando que procedían de los más grandes modistos, un billete a su hijo que le ayudaba a subir los paquetes cuando estaba demasiado cargada y permitía al portero aparcar gratuitamente su coche en la plaza libre que poseían en el garaje del inmueble. Mediante esta falsa generosidad, se asegurada una gratitud que la realzaba en la idea que tenía de ella misma y que le permitía continuar aterrorizando a su entorno. Esa red de amistades lejanas la reconfortaba. Podía desahogarse con ellas, contar los mil y un tormentos que le hacía sufrir su hija pequeña, y, antaño, Joséphine se sentía a menudo extrañada de la cara arisca que le dedicaba la portera cuando iba a visitar a su madre.
Esa mañana, Henriette Grobz no tuvo ningún problema en imaginar lo peor de su esposo. Veía el mal por todas partes porque lo llevaba con ella.
Se sorprendió primero de no encontrar el coche y el chofer firmes delante de su puerta, después recordó que no trabajaba el Primero de mayo, maldijo fiestas y estos días festivos que fomentan la pereza de los franceses y ralentizan la actividad del país, y consintió levantar el brazo para parar un taxi.
– Avenida Niel -ladró al taxista de un Opel gris que se detuvo rozándola de cerca.
Como esperaba, las oficinas estaban vacías.
Ni rastro de Chef ni de su secretaria. Ni de los dos cretinos del almacén. Soltó una risa malvada y subió las escaleras del despacho del que poseía las llaves.
Se instaló confortablemente, empezó a inspeccionar los papeles pendientes, abrió una carpeta tras otra, comprobó las citas en la agenda. Ningún nombre de mujer, ninguna inicial sospechosa. No se desanimó, empezó a vaciar los cajones en busca de chequeras y recibos de tarjeta de crédito. Los talonarios de cheques no le dijeron nada. Ni los extractos de tarjeta. Empezaba a desesperar cuando puso la mano sobre un grueso sobre escondido en el fondo de uno de los cajones sobre el que estaba inscrito «Gastos diversos». Abrió el sobre y se sumergió en una cálida ola de alegría revanchista. ¡Lo tenía! Una factura de hotel, cuatro noches en el Plaza para dos personas, con desayunos, mira, mira, rio, caviar y champán en el desayuno, ¡no se aburre cuando está con su zorra! Una importante factura con el nombre de un joyero de la plaza Vendôme, y más, champán, perfumes, ¡vestidos procedentes de boutiques de lujo! ¡Demonios! Sí que le cuestan sus conquistas, ¡nada es demasiado bonito para ellas! ¡Cuando se es viejo, hay que pagar! ¡Y se paga caro!
Se levantó y pasó al despacho de Josiane para fotocopiar su botín. Mientras la máquina hacía su trabajo, se preguntó por qué Chef había conservado esas facturas. ¿Las había pagado con cheques de la empresa? Si era el caso, ¡habría cometido abuso de bien social y le tendría atrapado por partida doble!