Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Yo no trabajo para Hamilton, ni con él, aunque mis intereses pueden cruzarse con los suyos.
– Dígame, capitán, ¿tiene alguna opinión formada sobre el impuesto al whisky?
– No soy amigo de poner tasas -respondí, eliminando de mi voz toda inflexión. No obstante, dejé la copa en una mesa cercana y escruté la sala en busca de Lavien. La desaparición de Pearson y la tasa del whisky estaban relacionadas, de eso no cabía duda, sobre todo en vista de que mi indagación sobre el asunto había encontrado la oposición del gigante calvo del Oeste, el hombre cuya tarjeta de presentación era aquel whisky de calidad superior. No sabía si el vínculo con la amenaza contra el banco estaría allí, pero apenas me preocupaba tal amenaza. Solo me importaba que aquella mujer parecía estar diciéndome que sabía algo acerca de la desaparición de Pearson y que, por lo tanto, tenía una relación con la seguridad de Cynthia.
– Creo que tenemos mucho en común, señor -dijo ella-. Los dos estamos atrapados en unos sucesos que nos superan y debemos tomar decisiones que, si hemos de hacer lo correcto, a veces resultan desagradables.
– ¿Y en qué sucesos está usted involucrada, señora? -inquirí, esbozando una sonrisa.
Ella se inclinó hacia mí y susurró:
– Ahora no puedo hablar de eso. Aquí, no. Es demasiado pronto y hay demasiada gente -recorrió la estancia con la mirada y, en efecto, William Duer nos estaba observando con mucho interés-. ¿Querrá usted encontrarse conmigo otra vez? ¿Le he dado suficiente motivo para hacerlo?
– Un hombre nunca necesita muchos motivos para desear reunirse con una dama hermosa.
– No sé si soy vulnerable a los halagos -dijo ella, sin aspereza.
– ¿Hacemos un esfuerzo por averiguarlo? -pregunté yo.
– Eso suena de lo más agradable.
– ¿Cuándo volveremos a hablar?
– ¿Tiene algún compromiso para pasado mañana por la noche?
Respondí con una reverencia.
– Estoy a su disposición.
– Me alegro mucho.
Una vez más, Jacob Pearson se acercó a nosotros, en esta ocasión a solas, mientras Cynthia seguía de conversación con la bella señora Bingham al otro lado del salón. La señora Maycott alargó la mano y lo agarró por la muñeca.
– Señor Pearson -le dijo-, ¿sería una imposición que trajera a un querido amigo a cenar, pasado mañana?
Pearson me miró y no pudo contener su sorpresa, pero pareció dominarse enseguida.
– Puede traer a quien guste, por supuesto. Menos al hombre aquí presente. A él, no puedo aceptarlo en mi casa.
– Muy gracioso -respondió ella-. En efecto, es el capitán Saunders. Los dos esperamos con impaciencia el momento de acudir a la velada. -Sin un instante de pausa, la señora Maycott me tomó del brazo y se me llevó-. ¿Lo ve? No hay nada más fácil de conseguir.
– No estoy seguro de que allí me sienta bien acogido… -comenté.
– Y yo no estoy segura de que eso nos importe a ninguno de los dos. En cambio, yo tendré el placer de causar consternación a un hombre que me desagrada y usted, la oportunidad de seguir indagando en sus asuntos. Al final, los dos saldremos de la casa satisfechos.
Capítulo 22
Joan Maycott
Primavera de 1791
Hubo días perdidos. No me disculpo por esa debilidad aunque cuando volvió a mí un asomo de claridad, cuando escapé de la niebla más espesa de la aflicción, me prometí que nunca más, bajo ningún concepto, cedería a una enajenación semejante. Transcurrieron unos días en que mis enemigos comieron y durmieron y prosperaron y avanzaron hacia sus objetivos, mientras yo no hacía nada y, con ello, los ayudaba, pues así son las cosas cuando una se enfrenta a hombres malvados. Una debe resistir o, en la medida que sea, estará colaborando con ellos.
El día siguiente a su asesinato, enterramos a Andrew en el cementerio de la iglesia. En cuanto a Hendry, varios hombres del asentamiento llevaron el cuerpo a la ciudad y, sin ceremonias, lo arrojaron al fango de Pittsburgh, como se merecía. El contraste entre los dos no me produjo ninguna satisfacción. Después del funeral de Andrew, mis amigos me condujeron a la remota cabaña de caza que compartían los hombres del lugar. Me dijeron que era importante que no me quedara en mi casa, pues había sufrido daños en el incendio, aunque no había quedado destruida. Yo estaba demasiado sumida en mi propia confusión como para inquirir por los detalles.
Al principio, mi pena era tal que me sentía como si estuviera dormida con los ojos abiertos, viendo todo lo que sucedía alrededor sin entenderlo. Por fin, al cabo de varios días, empecé a salir de aquella primera etapa de afligido aturdimiento, aunque lo que vino a continuación resultó mucho peor, pues empecé a comprender la enormidad de lo que me había sido arrebatado. Había perdido a mi Andrew, había perdido a nuestro hijo, había perdido mi trabajo, mi casa y mi objetivo en la vida. No quedaba en todo el universo nada que me importase. Era como si hubiese aparecido una mano enorme y hubiera barrido todo lo que alguna vez me había dado motivo para la satisfacción.
Poco más pude hacer que llorar y llevarme las rodillas al pecho y lamentarme. Dalton y Skye, por motivos que todavía no alcanzaba a entender, pasaban largos períodos en la cabaña de caza. El irlandés, cuando no andaba cazando, paseaba de un lado a otro de la cabaña jurando vengarse, con los puños apretados y arrancando pellizcos de la pastilla de tabaco de mascar como si desgarrase pedazos de carne de Tindall. El señor Skye, con su carácter mucho más discreto, se sentaba a mi lado y se esforzaba continuamente por darme de comer caldo de venado y bocados de pan de maíz con mantequilla. Gracias a sus esfuerzos, no morí de inanición.
Cuando el señor Skye estaba demasiado cansado o inquieto para atenderme, Jericho Richmond ocupaba su lugar. Su callada compañía me reconfortaba, pero también advertí cierta sombra en su mirada. Sus ojos pensativos de color madera me contemplaban con pena, sí, pero también con algo más.
En una ocasión, me volví hacia él y dije:
– Ahora estoy muerta. Lo he perdido todo.
– No está muerta -respondió-. Pero ahora es otra.
Aparté la mirada, pues no deseaba oír nada más, pero él continuó:
– Téngalo presente. Usted ejerce influencia sobre esos hombres.
Yo no quería tener nada presente, ni andarme con cuidado, y después de que me hiciera aquella advertencia, decidí que no me gustaba su compañía. Fue Skye quien resultó mi enfermero más atento. Me alegraba su presencia, pero al principio me resistí a sus cuidados. Cuando intentaba darme de comer, yo meneaba la cabeza y apartaba la cuchara. ¡Ah, qué cruel fui con él! Cómo denigré a aquel anciano marchito que no comprendía lo que yo había perdido. Sencillamente, a diferencia de él, yo no era capaz de poner vela a otras orillas lejanas cuando mi vida yacía en ruinas. Mientras le soltaba insultos, no sentía más que pesadumbre y odio hacia mí misma, pero era incapaz de contenerme y, al final, solo conseguía llorar aún más. El señor Skye, aquel buen hombre, asentía comprensivo y me ofrecía otra cucharada de sopa hasta que, finalmente, comía.
Calculo que al tercer o cuarto día en tal estado, empecé a sacudirme la apatía abrumadora de la aflicción. Con esto no quiero decir que ya no sintiera una profunda pena, o que ya no me sintiera abatida de dolor. Al contrario, sabía que este me mataría y estaba dispuesta a entregarme con gusto a la muerte si no encontraba la manera de convertir mi pesar en la determinación de hacer algo. Me senté muy erguida en la cama, me volví al señor Skye, que estaba sentado a mi lado mirando por la ventana de la cabaña, y le dije:
– Tengo que hacer algo con Tindall.
– Eso no le corresponde a usted -respondió él.