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Электронная книга - «El Beso Perfecto». Краткое содержание книги:

El apuesto Rory Kincaid provoca que los hombres hablen de él… y que las mujeres se desmayen a su paso. Después de estar fuera de circulación por los escándalos de su familia, especialmente los de su padre y su abuelo, que entre ambos suman once viudas, ha decidido volverse respetable.
Jilly Skye no es la mujer que más le conviene… ¡pero le parece tan terriblemente sexy! Está claro que ambos se sienten atraídos, aunque a Jilly no acaba de convencerla el aire anticuado de Rory.
Pero cuando son pillados en una situación, digamos «comprometida», Jilly accede a hacerse pasar por su novia, al menos hasta que la reputación del muchacho vuelva a ser honorable. Grave error: pues Cupido anda suelto repartiendo sus flechas… Un apuesto millonario y una mujer terriblemente sexy, ¿quién da más?
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Tampoco se sintió culpable de detenerse a corta distancia de Jilly y de la señora Baxter cuando las vio adentrarse en la rosaleda. Había algo en la rígida forma de caminar de la muchacha que le indicó que tal vez lo necesitaba, aunque sospechó que no necesariamente recibiría de buena gana su presencia.

Notó el perfume embriagador de las rosas cuando se detuvo entre las sombras de la entrada al jardín. No había ningún invitado que se hubiera alejado tanto de la casa y, gracias al claro de luna y a las lucecitas repartidas por los setos minuciosamente recortados, distinguió con toda claridad la tensión de Jilly.

– Abuela, no estoy dispuesta a hablar de ese tema.

¿Abuela…? De pronto, Rory recordó que el senador había llamado «Gillian Baxter» a Jilly. Enarcó las cejas y estudió atentamente a la abuela de la joven. Al igual que Jilly, se trataba de una mujer menuda que, por lo visto, no se arredraba a la hora de decir lo que pensaba.

– Niña, me da igual si estás o no dispuesta a hablar de ello, pero lo cierto es que estás en deuda con el hombre con el que estás prometida. En primer lugar, deberías llevar una ropa más apropiada.

– Me gusta la ropa que llevo -aseguró Jilly.

La mujer mayor dejó escapar un suspiro.

– No me cabe la menor duda, pero te eduqué para que supieras distinguir. Un vestuario menos llamativo, más discreto, sería lo más adecuado dada tu posición.

– ¿De qué posición hablas?

– Niña, no seas necia. Todos sabemos que esta noche Rory Kincaid anunciará su candidatura. Estás a punto de entrar en la arena política, es decir, en mi terreno, por lo que deberías escucharme con atención. Si quieres que te sea sincera, me sorprende que hayas logrado llegar tan lejos tú sola, aunque supongo que los años que pasaste en mi casa no quedaron totalmente olvidados tras tu trabajo en… en esa tienda.

Rory pensó que referirse a Things Past, la niña de los ojos de Jilly, como «esa tienda» no era lo más atinado. Respiró hondo y supuso que la muchacha no tardaría en estallar.

– Things Past -la corrigió Jilly sin inmutarse-. Es el nombre del negocio de mi madre, que ahora es mío.

Desconcertado ante su respuesta serena, Rory miró con atención a Jilly. Tuvo la sensación de que la presencia de la abuela había anulado la luz, la energía y la alegría que la convertían en una mujer tan singularmente única.

La alegría… Rory repitió mentalmente esa palabra y supo que era la adecuada. Jilly se alegraba con los colores, las texturas, la risa y la vida de una forma que él prácticamente había olvidado. Por otro lado, cuando estaban juntos en su vida también había alegría.

– Tu negocio, sí, bueno, es una forma de describirlo. -Dorothy Baxter hizo un ademán desdeñoso, estiró el brazo, tocó la mejilla de Jilly y se dio cuenta del respingo que pegó la joven-. A pesar de todo, te ha ido bien. Tu compromiso cuenta con mi plena aprobación. Supongo que ahora comprendes por qué quise mantenerte apartada de tu madre y de la clase de vida que llevaba.

Parecía que Jilly asimilaba las palabras con serenidad, aunque Rory tenía la certeza de que cada una de ellas era como un puñetazo. La joven no buscaba la aprobación de la abuela y, menos todavía, la aceptación a través del ficticio compromiso con él. La vio cerrar lentamente las manos y supo que ansiaba arrojar la verdad a la cara de la mujer mayor. Jilly abrió la boca, apretó los labios y volvió a separarlos.

Rory se tensó y se preparó para oír su respuesta. Si le contaba a la abuela, que era una de las principales contribuyentes a las arcas del Partido Conservador, que el compromiso era un montaje, ya podía despedirse de sus aspiraciones al Senado. Sin el compromiso, sus apariciones en la prensa sensacionalista se convertirían en escándalos que una mujer como Dorothy Baxter no estaba dispuesta a tolerar en un candidato del Partido Conservador.

La pérdida del apoyo de Dorothy Baxter y un titular como «¡El nieto engendra a su tía!» lo obligarían a renunciar a la candidatura. Aspiró aire bruscamente y la nube de tormenta creció sobre su cabeza. Supo que era imposible que sus aspiraciones políticas capeasen ambos temporales.

Capítulo 17

Jilly luchó encarnizadamente contra sus emociones. Había huido de la terraza para librarse de asistir a la inminente declaración de Rory. Cuando de verdad entrase en la arena política, Rory abandonaría definitivamente su reino, y ser testigo de esos hechos equivaldría a ver cómo su caballo galopaba una vez más por las dunas, aunque en ese caso se alejaba de ella y la dejaba sola en mitad del desierto.

Sin embargo, no había podido librarse de su abuela.

Jilly se mordió el labio inferior y juró que no pronunciaría ninguna de las palabras que ansiaba decir ni soltaría las lágrimas que deseaba derramar. Su abuela detestaba el llanto. A ella misma tampoco le agradaba demasiado, pero si hablaban de su madre no sabía si sería capaz de controlarse.

De repente la abuela fijó la mirada en el vientre de la muchacha.

– ¿Qué es eso? -preguntó con incredulidad.

Jilly inclinó la cabeza y se miró el ombligo, que asomaba justo por debajo del borde del jersey. El rubí destelló.

– Un adorno.

Se había puesto la joya sintética como un guiño cómico que se hacía a sí misma y que supuso que sacaría de quicio a Rory.

La abuela se sintió tan ofendida que tembló, literalmente tembló.

– Hace que parezcas… hace que parezcas una golfa.

Años atrás, la abuela le dijo que los agujeros en las orejas la hacían parecer una golfa. El pelo suelto y libre también le daba aspecto de golfa, lo mismo que las curvas que Dios le había dado. Nada de lo que Jilly había hecho en su vida era lo bastante bueno, correcto ni decoroso para Dorothy Baxter.

– Gillian, creo que, después de todo, esa tienda y tu madre han influido en ti. -La voz de la abuela fue como un azote.

Jilly retrocedió y se clavó las uñas en las palmas de las manos. Ese ligero dolor no era nada en comparación con las garras que atenazaban su corazón.

– ¿Por qué? -inquirió la joven-. ¿Por qué me haces esto? -La expresión de la abuela se tornó impasible, pero no serenó en absoluto a Jilly-. ¿Por qué estás tan empeñada en juzgarme, herirme y criticar a mi madre?

– Tu madre está muerta -replicó la abuela con gran frialdad.

– Precisamente por eso. Lo que dices sobre ella me duele porque ahora sé que me quería. Me mentiste. Me contaste que me dejó contigo y me abandonó, cuando lo cierto es que la obligaste a renunciar a mí. Fuiste tú quien la obligó. Si Aura no hubiese asistido al funeral y no me hubiera entregado las cartas que me escribió y que tú le devolviste, seguiría creyendo en tu versión de lo ocurrido.

– No digas más tonterías. -Jilly reconoció la crudeza en el tono de voz de su abuela. Cinco años atrás se habría sentido intimidada, pero entonces no-. Sus cartas te habrían confundido.

Jilly luchó contra el picor que notaba en sus ojos.

– Sus cartas me habrían permitido saber que me quería.

– ¿Qué sabía tu madre del amor? Fue una joven díscola y desenfrenada.

Jilly parpadeó enérgicamente. Su madre se había quedado embarazada a los diecisiete años y su padre era un desconocido o ella no quiso decir de quién se trataba. Carraspeó e hizo un denodado esfuerzo por contener el llanto.

– En ese caso, ¿por qué no la convenciste de que me entregase en adopción ni permitiste que nos fuéramos?

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