El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—Me complace que nos acompañéis —dijo afablemente. Y era sincera—. Mi esposo no olvida a los que le prestan servicio. Y uno de esos servicios sería escribir a vuestros nobles, informándoles de que un hombre en el sur ha izado la bandera de Manetheren.
Berelain casi giró la cabeza hacia ella, sorprendida, y Annoura llegó incluso a parpadear.
—Milady —respondió la reina en tono apremiante—, la mitad de ellos enviarán mensajes al Profeta tan pronto como reciban mi misiva. Le tienen terror, y sólo la Luz sabe qué podría hacer ese hombre.
Era justo la respuesta que Faile esperaba.
—Razón por la cual vos le escribiréis también, añadiendo que habéis reunido unos pocos soldados para ocuparos personalmente de ese hombre. Después de todo, el Profeta del lord Dragón es demasiado importante para que pierda el tiempo con un asunto insignificante.
—Muy bien —murmuró Annoura—. Nadie sabrá quién es quién.
¡Berelain rió con complacida aprobación, así la Luz la abrasara!
—Milady —manifestó Alliandre—, antes dije que milord Perrin era formidable. ¿Me permitís que añada que su esposa es tan formidable como él?
Faile procuró no dejar translucir demasiado su complacencia. Ahora tendría que enviar recado a su gente que esperaba en Bethal. En cierto modo, lamentaba ese plan; de haber tenido que llevarlo a cabo, explicárselo a Perrin habría sido más que difícil, y ni siquiera él habría podido conservar la calma si hubiese raptado a la reina de Ghealdan.
Casi todos los miembros de la Guardia Alada parecían haberse reunido al borde del campamento, rodeando a diez de los suyos que iban a caballo. La ausencia de lanzas indicaba que los jinetes eran exploradores. Los hombres a pie se arremolinaban y empujaban para acercarse más. Perrin creyó percibir de nuevo un trueno, no tan distante, aunque sólo lo advirtió por encima.
Mientras él se disponía a abrirse paso a empellones, Gallenne gritó:
—¡Apartaos, perros sarnosos!
Las cabezas se volvieron prestamente y los hombres recularon con esfuerzo hacia los lados, abriendo un paso estrecho. Perrin se preguntó qué habría pasado si él hubiese llamado perros sarnosos a los hombres de Dos Ríos. Seguramente se habría llevado un puñetazo en la nariz. Quizá mereciese la pena intentarlo.
Nurelle y los otros oficiales se encontraban con los exploradores. También había siete hombres a pie, con las manos atadas a la espalda y una cuerda al cuello como dogal, todos ellos rebullendo intranquilos, encorvando los hombros y fruncido el entrecejo en actitud desafiante o temerosa o ambas. Sus ropas estaban tiesas por la suciedad acumulada, aunque algunas habían sido buenas en su momento. Cosa extraña, despedían un intenso olor a humo. En realidad, algunos de los soldados montados tenían hollín en la cara, y uno o dos parecían haber sufrido quemaduras. Aram observaba atentamente a los prisioneros, con un leve ceño.
Gallenne se plantó con los pies separados y en jarras; su único ojo lanzaba una mirada más fulminante de lo que eran capaces muchos hombres con dos.
—¿Qué ha pasado? —demandó—. ¡Se supone que la misión de mis exploradores es regresar con información, no con desharrapados!
—Dejaré que presente el informe Ortis, milord —contestó Nurelle—. Él se encontraba allí. ¡Jefe de patrulla Ortis!
Un soldado de edad madura descendió del caballo para saludar con una inclinación de cabeza y con la mano enguantada contra el pecho. Su casco era sencillo, sin las finas plumas ni las alas que iban repujadas en los lados de los yelmos de los oficiales. Bajo el borde se apreciaba claramente una quemadura en su cara. En la mejilla contraria tenía una cicatriz que le tiraba de la comisura de los labios.
—Milord Gallenne, milord Aybara —empezó con voz grave—, topamos con estos comedores de nabos a unos diez kilómetros al oeste, milores. Habían prendido fuego a una granja, con los granjeros dentro. Una mujer intentó escapar por una ventana y uno de estos canallas le machacó el cráneo. Sabiendo lo que lord Aybara opina de eso, le pusimos fin. Llegamos demasiado tarde para salvar a nadie, pero capturamos a estos siete. El resto huyó.
—A menudo la gente es tentada a caer de nuevo en la Sombra —habló inopinadamente uno de los prisioneros—. Hay que sacarlos de su error a toda costa. —Era un hombre alto y delgado, con aire señorial, y tenía la voz suave y educada, pero su chaqueta estaba tan sucia como las de los demás y no se había afeitado hacía dos o tres días. El Profeta no parecía apreciar gastar tiempo en cosas como navajas de rasurar. O en lavarse. Con las manos atadas y la cuerda alrededor del cuello, dirigía miradas fulminantes a sus aprehensores sin pizca de miedo. Por el contrario, era todo desafío altanero—. Vuestros soldados no me impresionan. El Profeta de lord Dragón, que la Luz bendiga su nombre, ha destruido ejércitos mucho más grandes que esta apostilla vuestra. Podréis matarnos, pero seremos vengados cuando el Profeta derrame vuestra sangre en el suelo. Ninguno de vosotros nos sobrevivirá mucho tiempo. Él triunfará a sangre y fuego.
Finalizó en un tono vibrante, recta la espalda como una barra de hierro. Los murmullos cundieron entre los soldados que escuchaban. Sabían muy bien que Masema había acabado con ejércitos más grandes que el suyo.
—Colgadlos —ordenó Perrin. De nuevo, volvió a oír el trueno.
Ya que había dado la orden, se obligó a presenciar la ejecución. A pesar de los murmullos, no faltaron manos bien dispuestas a realizar la tarea. Algunos de los prisioneros empezaron a lloriquear cuando las cuerdas que llevaban al cuello fueron lanzadas por encima de las ramas de los árboles. Un tipo otrora gordo, cuya doble barbilla colgaba en pliegues fláccidos, gritó que se arrepentía, que serviría a cualquier señor que le dijeran. Un hombre calvo, con aspecto tan duro como el de Lamgwin, pateó y chilló hasta que la soga le cortó los gritos. Sólo el hombre de voz bien modulada no pateó ni se resistió, ni siquiera cuando el lazo corredizo le apretó el cuello. Su mirada desafiante duró hasta el final.
—Al menos uno de ellos sabía cómo morir —gruñó Gallenne mientras el último cuerpo quedaba inmóvil. Contempló ceñudo a los hombres colgados en los árboles, como si lamentase que no hubiesen ofrecido más resistencia.
—Si esas personas servían a la Sombra —empezó Aram, pero vaciló—. Perdonadme, lord Perrin, pero ¿aprobará esto el lord Dragón?
Perrin dio un respingo y lo miró horrorizado.
—Luz, Aram, ¡ya oíste lo que hicieron! Rand les habría puesto el lazo al cuello personalmente! —Creía que Rand lo habría hecho, esperaba que lo hubiese hecho. Rand estaba decidido a unificar a las naciones antes de la Última Batalla, y no habría reparado mucho en lo que costara conseguirlo.
Los hombres levantaron bruscamente la cabeza cuando sonó un trueno lo bastante fuerte para que todos lo oyeran, y después se repitió más cerca, y después más cerca aún. El viento se levantó, cesó y volvió a soplar, sacudiendo la chaqueta de Perrin a un lado y otro. Los relámpagos surcaron un cielo despejado. En el campo mayeniense, los caballos relincharon y tiraron de las cuerdas que los ataban. Los truenos se sucedieron, y los relámpagos saltaron como serpientes azul plateadas; bajo un sol ardiente, empezó a llover, gruesas gotas dispersas que levantaban polvo al caer en la tierra reseca. Perrin se limpió una de la mejilla y se miró los dedos húmedos con asombro.