La Casa Verde
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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¿Cuál es el secreto que encierra La casa verde?. La casa verde ocurre en dos lugares muy alejados entre sí, Piura, en el desierto del litoral peruano, y Santa María de Nieva, una factoría y misión religiosa perdida en el corazón de la Amazonía. Símbolo de la historia es la mítica casa de placer que don Anselmo, el forastero, erige en las afueras de Piura. Novela ejemplar en la historia del boom latinoamericano, La casa verde es una experiencia ineludible para todo aquel que quiera conocer en profundidad la obra narrativa de Mario Vargas Llosa. La casa verde (1965) recibió al año siguiente de su publicación el Premio de la Crítica y, en 1967, el Premio Internacional de Literatura Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española.
– Ni me dejó entrar a la cocina, don Fabio -decía la madre Griselda-. Esta vez tiene que alabar a la madre Angélica. Ella le preparó todo a su engreída.
– Qué no habré hecho yo por ésta -dijo la madre Angélica-. He sido su niñera, su sirvienta, ahora su cocinera.
Su rostro se empeñaba en seguir enfurruñado y rencoroso, pero se le había quebrado la voz ya, roncaba como una pagana, y, de repente, se le aguaron los ojos, se torció su boca, y rompió en sollozos. Su vieja mano curva palmoteaba torpemente a Bonifacia y las madres y los guardias se pasaban las fuentes, llenaban los vasos, el padre Vilancio y don Fabio reían a carcajadas y uno de los chiquillos de Paredes se había trepado a la mesa, su madre le daba azotes.
– Cómo la quieren, don Adrián -dijo el sargento-. Cómo me la miman.
– ¿Pero por qué tanto lloro? -dijo el práctico-. Si en el fondo están tan contentas.
– ¿Puedo llevarles algo, mamita? -dijo Bonifacia. Señalaba a las pupilas, formadas en tres hileras ante la residencia. Algunas le sonreían, otras le enviaban adioses tímidos.
– Ellas tienen su colación especial, también -dijo la superiora-. Pero anda a abrazarlas.
– Te han preparado regalos -gruñó la madre Angélica, el rostro deformado por las lágrimas y los pucheros-. También nosotras, yo te he hecho un vestidito.
– Todos los días he de venir a verte -dijo Bonifacia-. Te ayudaré, mamita, yo seguiré sacando las basuras.
Se separó de la madre Angélica y fue hacia las pupilas, que se desbandaron y salieron a su encuentro, en medio de un vocerío. La madre Angélica se abrió paso entre los invitados, y, cuando llegó junto al sargento, su cara estaba menos pálida, hosca de nuevo.
– ¿Vas a ser un buen marido? -gruñó, sacudiéndolo del brazo-. Ay de ti si le pegas, ay de ti si te vas con otras mujeres. ¿Te portarás bien con ella?
– Pero cómo no, madrecita -repuso el sargento, confuso-. Si la quiero tanto.
– Ah, ya te despertaste -dijo Aquilino-. Es la primera vez que duermes así desde que salimos. Antes, eras tú el que me estaba mirando cuando yo abría los ojos.
– Me he soñado con Jum -dijo Fushía-. Toda la noche viendo su cara, Aquilino.
– Varias veces te sentí quejarte, y una me pareció que hasta llorabas -dijo Aquilino-. ¿Era por eso?
– Cosa rara, viejo -dijo Fushía-, yo no entraba para nada en el sueño, sólo Jum.
– ¿Y qué soñabas con el aguaruna? -dijo Aquilino.
– Que se moría, en la playita esa donde Pantacha se preparaba sus cocimientos -dijo Fushía-. Y alguien se le acercaba y le decía vente conmigo y él no puedo, me estoy muriendo. Así todo el sueño, viejo.
– A lo mejor estaba ocurriendo -dijo Aquilino-. A lo mejor se murió anoche y se despidió de ti.
– Lo habrán matado los huambisas que lo odiaban tanto -dijo Fushía-. Pero espera, no seas así, no te vayas.
– Es por gusto -dijo Lalita, acezando-, me llamas y cada vez es por gusto. Para qué me haces venir si no puedes, Fushía.
– Sí puedo -chilló Fushía-, sólo que tú quieres acabar ahí mismo, no me das tiempo siquiera y te pones furiosa. Sí puedo, puta.