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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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Pero… ¿por qué? ¿Cuál era el objetivo del engaño?

Que pareciera que la maldición de Wraxford Hall había vuelto a repetirse, que a Clara y a ella se las habían llevado los poderes de la oscuridad. Había inventado la última «visita» para «predecir» su destino.

Pero el engaño no había resultado del todo exitoso. Magnus había visto el diario e inmediatamente ordenó la búsqueda.

¿Sería posible que Nell hubiera llegado a pensar que realmente Magnus Wraxford creía en los espíritus, a pesar de todo el escepticismo que decía profesar? ¿O acaso pensaba Nell que otros creerían aquel embuste de su aparición, aunque su marido no lo hiciera? ¿O la muerte de la señora Bryant trastocó todos sus planes?

¿Y cómo pensaría escapar? Sin Clara, podría haber huido a pie. Y puesto que había dejado el diario en la mesa precisamente para que Magnus lo encontrara, Nell tenía buenas razones para escapar temprano, en cuanto hubiera luz suficiente para poder ver el camino a través de los bosques de Monks Wood.

¿Qué había dicho Vernon Raphael sobre Magnus…? Que «poseía un genio excelente para la improvisación». Nell había estado tan ocupada en crear su propia ilusión que no se había percatado de cómo podía usarse el diario contra ella. La carta de Magnus -la única que había encontrado John Montague, dirigida al señor Veitch también estaba repleta de mentiras, y también era falso el pedazo del vestido de Nell prendido en la armadura. Nell nunca había vuelto a la mansión, y Magnus no había muerto en Wraxford Hall.

Entonces, ¿de quién eran las cenizas que se encontraron en la armadura?

Desde luego, no eran de Nell; el médico que llevó a cabo la investigación dijo que eran los restos de un hombre de la edad y la altura aproximadas de Magnus.

Para poner en escena una sesión de espiritismo que resulte convincente, todos los médiums necesitan un cómplice. Magnus había dicho que Bolton iba a hacer funcionar el generador eléctrico, pero la máquina era un mero elemento decorativo. Y Magnus era seguramente demasiado astuto para confiar en Bolton.

No: el cómplice había sido alguien muy distinto, un hombre al que nadie había visto, que entró sin ser notado en la casa por la noche y se escondió en algún lugar del laberinto de habitaciones que hay en el piso superior, donde nadie tenía permitida la entrada. Pagado generosamente, quizá, y sin saber siquiera lo que había en juego… ese hombre estaba destinado a no salir vivo de la mansión.

Había algo que John Montague había mencionado… sí, el relámpago que la gente de Chalford pensó que había visto en Monks Wood el domingo por la noche… Magnus había quemado el cuerpo en la armadura, y después descargó el «rayo», tal y como Vernon Raphael había hecho durante el experimento.

O puede que yo estuviera equivocada respecto al cómplice y, simplemente, Magnus hubiera traído las cenizas a la mansión… Era médico, después de todo. Pero, en ese caso -en cualquier caso-, él ya había planeado su desaparición.

Volví a hojear el diario de Nell, y revisé todas las referencias sobre aquellos días y semanas que él pasaba fuera de casa… ¡Magnus había estado viviendo una doble vida durante todo el tiempo!

Y Nell debía de saber que si la capturaban (y la intentaría capturar tan pronto como se difundieran las noticias del horroroso descubrimiento de John Montague), Magnus seguramente se encontraría entre los espectadores que vendrían a verla ahorcar por haberle asesinado a él.

Mi pensamiento había ido enlazando una conclusión tras otra con tal rapidez que no me había dado cuenta de los extremos a los que había llegado. Como Nell había insistido en que no había nada de Magnus en Clara, yo había podido utilizar esa idea a mi conveniencia, y había imaginado a Nell como a mi verdadera madre en un mundo imaginario, donde las razones comunes no se aplican. Entonces me vi atrapada en el repentino y vertiginoso terror de que yo podía ser Clara Wraxford. A pesar de las dos velas y el resplandor del fuego, las sombras que se alargaban tras los muebles (dos polvorientos sillones, un escaño de madera, algunas sillas más y los armarios) eran extraordinariamente oscuras. Levanté el quinqué intentando iluminar la habitación en derredor, y sólo conseguí formar más sombras en el papel descamado de las paredes, y sobre el techo agrietado y combado, el cual parecía abultarse aún más cuando la luz lo iluminaba. ¿Cuánto tiempo me duraría el aceite?

De mala gana me levanté y apagué las dos velas. Sólo tenía que resistir las horas que quedaban hasta el amanecer, me dije, y al día siguiente por la tarde ya estaría a salvo en St John's Wood.

¿Y después qué? ¿Se suponía que Magnus aún estaba vivo? ¿No tenía el deber de informar a la policía? Pero no me harían caso, no más que Vernon Raphael, que lo tergiversaría todo hasta que todas las pruebas apuntaran a Nell. El único medio cierto para probar la inocencia de Nell -al menos el único medio que yo podía entrever- era encontrar a Magnus Wraxford. Probablemente había sacado la preciosa gargantilla del país para vender los diamantes… y, naturalmente, ésa era la razón por la que los había comprado previamente. Como otros muchos detalles en su plan, los diamantes también habían servido a un doble propósito: ayudarle a desaparecer y perfilar las mandíbulas del cepo que había tendido para Nell, mucho antes de que Bolton la hubiera visto con John Montague.

Y ésa era la razón, se me ocurrió, por la que Nell describió aquel encuentro de un modo tan superficial. Sabiendo que Magnus leería el diario, no quería crearle problemas a John Montague, si podía evitarlo. Pero para cualquier otra persona, aquella indiferencia en el relato podía entenderse -y quizá el propio Magnus lo había entendido así- como la prueba de la ocultación de una relación culpable.

Magnus había tendido su red con tanta astucia que cada mínima prueba se presentaba como una máscara de Jano [58]. Al menos Edwin me escucharía y guardaría silencio sobre el diario de Nell si yo se lo pedía, pero incluso él, me temía, no me creería sin alguna prueba tangible que demostrara que Magnus no había muerto en la armadura.

Había otra posibilidad. Seguirle la pista a Magnus era para mí evidentemente una tarea imposible, pero si conseguía atraerlo para que me siguiera la pista a mí… Si, por ejemplo, le hacía saber que poseía pruebas de su culpabilidad, descubiertas aquí, en la mansión… especialmente si el rumor afirmaba también que yo era Clara Wraxford. Pero esto era una locura, e insistir en ello sólo conseguiría hacerme mal. Bajé la intensidad del quinqué tanto como pude y allí estuve tendida y despierta durante varias horas, con el temor corriendo por mis venas, hasta que me dormí, rendida por el cansancio, y me desperté medio helada en la luz gris del amanecer.

A las once de la mañana tenían que venir dos carruajes -por lo que pude saber, los cocheros se habían negado a quedarse en la mansión durante la noche- para devolvernos a Woodbridge. Hice mis abluciones rudimentarias en agua helada y me quedé en la habitación tanto como me fue posible, aunque, una vez que hube guardado mis cosas, no tenía realmente nada que hacer allí, salvo dar vueltas y tiritar. Había hecho todo lo posible por tener una apariencia presentable, sin embargo me sentía sucia y desaliñada, y el deslustrado espejo que había sobre la repisa de la chimenea no hizo nada por animarme.

El hambre y el frío me expulsaron al final a la penumbra del rellano y a los alrededores de la biblioteca, donde el resto de la gente estaba desayunando té y tostadas, preparadas en la chimenea de la biblioteca. Sintiéndome profundamente cohibida, le aseguré a todo el mundo que me encontraba recuperada totalmente de mi desmayo, y que había dormido perfectamente bien, y me permitieron sentarme junto a la chimenea, y allí presenté mis respetos a Edwin y a Vernon Raphael, entre los cuales sentí que existía una cierta hostilidad, al menos por parte de Edwin.

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[58] Jano es el dios romano de las dos caras contrapuestas

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