El manuscrito de Avicena
- Автор: Teodoro Ezequiel
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Год: Entrelineas Editores
- ISBN: 9788498025170
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El manuscrito de Avicena». Краткое содержание книги:
—Efectivamente, Gabriel. ¿No les parece raro que con tanta antelación Al Qaeda descubra sus cartas? Si varias agencias conocían el operativo es porque está en un avanzado proceso de desarrollo; es más, diría que a falta de sólo un detalle. Un detalle al que me remitiré más tarde —señaló el comisario—. Pero antes quiero hacerles entender cómo llegué a la conclusión de que es éste y no otro el año de la ejecución del plan terrorista: Hasta ahora el MI6 había dado por sentado que el mil aniversario de la muerte de Avicena coincide con el año 1037. Evidentemente eso es así desde el punto de vista de Occidente, aunque debemos tener en cuenta que quien se ha marcado ese momento como macabro inicio de una guerra yihadista es una organización fundamentalista islámica. Por tanto, su calendario no es el nuestro. Para ellos la muerte de este médico se produjo en el año 488 de su calendario.
—Da igual que sea en un calendario o en otro, lo importante es que han pasado mil años —objetó Petrovna.
—No, no da igual porque el calendario de la Hégira..., el calendario musulmán, está formado por años lunares, no por años solares, es decir, tiene menos días que los años del calendario Gregoriano —advirtió Eagan—. O sea, el mil aniversario de la muerte de Avicena se cumple en 1488, que, convertido al calendario Gregoriano, no es 2037, sino 2007.
El comisario pulsó una tecla en la mesa y las imágenes de las pantallas se redujeron a la mitad. En la parte inferior continuaban abiertas las ventanas de cada uno de los asistentes a la reunión, algo más pequeñas que antes, y en el área superior aparecían dos fórmulas:
G = H + 622 - (H/33)
H = G - 622 + (G - 622/32)
—Si consideramos la diferencia de días entre el calendario lunar y el solar, y el hecho de comenzar el año en fechas diferentes, nos daremos cuenta de la dificultad de establecer una correspondencia entre el calendario musulmán y el cristiano —explicó—. Existen tablas de equivalencia, aunque para un cálculo rápido y aproximado sirven las dos fórmulas que ven en sus pantallas. G es el año según el calendario gregoriano y H el año de la Hégira o año del calendario islámico.
Los jefes de los servicios secretos mantenían sus labios apretados A Álvarez además se le podía ver transfigurado, había perdido el color de la cara y sudaba abundantemente. Pendía sobre sus cabezas un riesgo cierto y no habían sabido verlo con la antelación necesaria.
La luz de la linterna creaba una atmósfera misteriosa en el aula arqueológica. A izquierda y derecha frías piedras cinceladas, vasijas agrietadas, monedas que trataban de ser circulares sin conseguirlo, un casco abollado, en el suelo un hipocampo mitológico... Las dos habitaciones que formaban el museo habían permanecido ancladas en el pasado. Una figura parecía mirar a Javier desde una esquina. En su mano derecha portaba una espada, en la otra una cruz alargada que también podría ser una daga. El agente examinó la escultura. Había visto esa cruz en otra ocasión pero no recordaba dónde. Detrás, uno pasos.
—Doctor, aquí hay algo que me gustaría que vieses. Nadie contestó.
El agente seguía examinando la estatua. Las sombras que proyectaba la luz de la linterna se cimbreaban en las paredes y en el techo de la habitación. Javier se acercó a la escultura. Las oscuridades s transformaban continuamente, haciendo y deshaciendo imágenes contornos difuminados sin orden. En uno de esos cambios, creyó vislumbrar un movimiento ajeno a la vibración de la luz emitida por la linterna. Algo parecía haberse movido tras él. Ahora caía en que hacía rato que había llamado al médico y nadie le había respondido. Sacó el arma de su funda y se forzó a concentrarse para oír mejor. Apretaba el arma en su puño mientras avanzaba pesadamente. Una corriente de aire le provocó un estremecimiento involuntario. De pronto, una sombra furtiva pasó por delante del haz de luz de la linterna.
En el otro lado del pueblo, Alex se agarraba con temor a la puerta del vehículo. Hacía ya un buen rato que esa especie de sonido de oboe o flauta o lo que quiera que fuese, Alex no acertaba a distinguirlo, se mantenía sin descanso, de una cadencia espaciada había ido pasando paulatinamente por distintas fases hasta hacerse ahora insoportablemente continuo. La joven sabía que debía ir en busca de los otros y no se decidía a moverse. Sintió una presión en el pecho cuando el sonido se detuvo de repente. Segundos más tarde comenzó de nuevo, se había acobardado pero obligó a sus pies a dirigirse hacia la casa de dónde parecía provenir.
La vivienda poseía dos plantas y un tejado a dos aguas con tejas de color verde, estaba construida con sillares marrones y sobre la única ventana de su fachada principal podía verse una flor de seis pétalos en relieve. La puerta, de madera de roble, estaba entreabierta. Alex deseó que alguien la disuadiera de lo que iba a hacer.
Suspiró y luego empujó la puerta. El interior permanecía sombrío, olía a madera nueva..., en el suelo manchas de barro recientes conducían hacia una amplia escalera pintada de blanco, de arriba brotaba aquel sonido que a fuerza de oírlo se había convertido en un insidioso estorbo. Alex se atrevió a dar un paso hacia el interior, la madera crujía bajo sus pies. Alcanzó el primer escalón tras no pocos quejidos de las tablas del suelo, que se retorcían como si todo fuese a desplomarse de un momento a otro. El pasamano estaba helado, aunque aparecía limpio, ni polvo ni huellas, como recién instalado. A medida que subía, la penumbra del piso de abajo se iba haciendo más impenetrable hasta convertirse en un boquete negro del que emergían los blancos escalones. Por el contrario, arriba la luz era diáfana, brillante, casi deslumbrante por el contraste.
No había alcanzado el último escalón cuando el sonido se apagó.
En los oídos de la inglesa aún resonaban los ecos de aquel ruido machacón desvaneciéndose con lentitud hasta que le sorprendió el vacío del silencio. Entonces comprendió que, sucediese lo que sucediese, ocurriría en ese momento y no en otro. La escalera acababa en un pasillo largo lleno de ventanas que iluminaban la estancia. A su izquierda, la más cercana ofrecía una panorámica de los tejados del pueblo, y justo enfrente lo vio: allí, en la casa más cercana, sobre otra techumbre de color verde, dos cabezas de piedra a escala rea dispuestas hacia el sur. Experimentó una sensación de triunfo. Y cuando aún se deleitaba con esa emoción sintió que el suelo cedí bajos sus pies; todo se volvió negro en un instante, su cuerpo cayó golpeándose con las paredes de lo que parecía un cubículo vertical Por suerte, una de sus manos apresó con fuerza uno de los listone del pasamano.
En mitad de una nada tenebrosa, aferrada a un débil listón y con el cuerpo trabado por la trampilla que se había abierto, respiraba agitadamente. El tiempo transcurría inagotable mientras contemplaba la vida junto a su padre, de sus ojos brotaron lágrimas que resbalaron sinuosas por sus mejillas y un hormigueo frío se apoderó del brazo con el que se sujetaba; luego resbaló.
Sin embargo, su cuerpo se mantuvo en el aire y su brazo levantado, agarrado a la altura de la muñeca. Alguien tiraba de ella hacia arriba.
La noticia de Eagan los había dejado bloqueados. Los directores de los servicios secretos convocados se retiraron en medio de un silencio enrarecido. Debían poner en claro toda la información de que disponía cada agencia acerca de los últimos movimientos de Al Qaeda; era necesario aportar la información que hubiera descubierto cada uno para idear un operativo que frenara las aspiraciones de la organización terrorista.
—¿Qué tal lo he hecho? —Preguntó el comisario.
—No está mal para ser un policía —respondió Sawford con des gana en tanto que revisaba una serie de datos de sus archivos persona les para presentarlos a sus homólogos.