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En Piel Ajena

Электронная книга - «En Piel Ajena». Краткое содержание книги:

Tarde o temprano, el pasado siempre vuelve.
Hacía mucho que Cassandra Maddox no oía hablar de Lexie Madison; en concreto cuatro años, cuando Frank Mackey, su superior en Operaciones Secretas, le ordenó infiltrarse en el mundillo de la droga bajo una nueva identidad: Alexandra Madison, estudiante del diversity College de Dublín. Después de aquella misión, abortada cuando fue apuñalada por un paranoico, Cassie se incorporó a Homicidios y más adelante a Violencia Doméstica, y el nombre de Lexie cayó inevitablemente en el olvido… Hasta el día en que, en un bosque a las afueras de Glenskehy, no muy lejos de Dublín, se halla el cadáver de una joven identificada como Lexie Madison. La noticia sume a Cassie en el desconcierto. «Aquella joven era yo»: sus mismos ojos, su nariz respingona; ambas son como dos gotas de agua. Aprovechando esta inexplicable coincidencia, Mackey urde un plan tan ingenioso como arriesgado para descubrir al asesino: «resucitar» milagrosamente a Lexie ante la opinión publica y hacer que Cassie adopte, por segunda vez, su antigua identidad.
Seducida por el reto, Cassie se instala en Whitethorn House, donde Lexie convivía en aparente armonía con cuatro excéntricos estudiantes, sobre quienes recaen todas las sospechas. Mientras trata de echar abajo las coartadas de cada uno ellos, Cassie empezará a sentirse fascinanada por la mujer que le «robó» su creación y por este grupo tan peculiar, en especial su líder… Una fascinación que alterará el devenir de la investigación y pondrá en peligro su vida.
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– Y luego nos trasladamos nosotros -dije. Demasiado tarde; me escuché decirlo: ellos se habían trasladado, no nosotros, pero Sam pareció no darse cuenta-. En la actualidad, entre las once y media de la noche y la una de la madrugada hay cinco personas completamente despiertas deambulando por la casa. Venir a incordiar no debe de antojárseles tan divertido cuando hay tres muchachos altos y fornidos que pueden perseguirlos y darles una paliza de muerte.

– Y dos chicas fuertes -apostilló Sam, de nuevo en ese tono socarrón-. Apuesto a que tú y Abby conseguiríais endiñarles al menos un par de puñetazos. De hecho, eso es casi lo que pasó cuando esa piedra entró por la ventana. Estaban todos sentados en el salón, justo antes de medianoche, cuando la piedra entró volando en la cocina; en cuanto se dieron cuenta de lo ocurrido, los cuatro salieron corriendo por la puerta trasera detrás del vándalo. Pero como estaban dentro, tardaron un segundo en reaccionar y eso concedió al intruso la ventaja suficiente para escapar. Tuvo suerte, opinó Byrne. Ocurrió cuarenta y cinco minutos antes de que llamaran a la policía (primero recorrieron todos los senderos buscándolo) e, incluso entonces, estaban hechos una furia. Tu amigo Rafe explicó a Byrne que, si alguna vez le echaba el guante a ese maleante, ni su propia madre lo reconocería; Lexie también aclaró sus planes, cito textualmente: «Le asestaré una patada tan fuerte en los cojones que tendrá que meterse el puño hasta la garganta para hacerse una paja».

– ¡Bien dicho!

Sam soltó una carcajada.

– Sí, he pensado que te gustaría. Los demás tuvieron el sentido común necesario para no soltar frases por el estilo delante de un policía, pero Byrne asegura que no tiene ninguna duda de que pensaban lo mismo. Les sermoneó acerca de no tomarse la justicia por su mano, pero no está seguro de si le hicieron caso o no.

– No los culpo -repliqué-. No parece que la policía fuera de mucha utilidad. ¿Qué hay de la pintada?

– El grupito no estaba en casa. Era un domingo por la noche y habían ido a cenar y al cine a la ciudad. Regresaron poco después de la medianoche y se la encontraron, en plena fachada. Era la primera vez que estaban fuera hasta tan tarde desde que se habían mudado. Podría tratarse de una coincidencia, pero tengo serias dudas al respecto. El episodio de la piedra infundió un cierto respeto a nuestro vándalo, o vándalos, pero o bien vigilaba la casa o divisó el coche atravesar el pueblo y no regresar. Vio que se le presentaba una oportunidad y la aprovechó.

– Entonces ¿crees que no se trata de un asunto de toda la población contra el caserío? -inquirí-. ¿Crees que se trata sólo de un tipo intentando saldar una cuenta?

Sam emitió un sonido indescifrable.

– No exactamente. ¿Sabes lo que ocurrió cuando la pandilla de Lexie intentó ir al Regan's?

– Sí, Abby explicó que habías hablado con ella de eso. Mencionó algo acerca de que se sintieron excluidos, pero no entró en más detalles.

– Sucedió un par de días después de mudarse. Una noche fueron todos al pub, encontraron una mesa, Daniel se acercó a la barra y el camarero le ignoró. Durante diez minutos, a menos de un metro de distancia y con sólo un puñado de clientes en el local, Daniel repitió: «Perdone, ¿me pone dos pintas de Guinness y…?». El camarero se dedicó a seguir sacándole brillo a un vaso y ver la tele. Al final, Daniel se rindió, regresó junto a los otros, tuvieron una charla sosegada y concluyeron que quizás al viejo Simon lo hubieran expulsado de allí demasiadas veces y los March no fueran especialmente unos personajes populares. De manera que enviaron a Abby a pedir, ya que imaginaron que era una mejor apuesta que el inglés o el chico del norte. Y la historia se repitió. Entre tanto, Lexie intentó entablar conversación con los viejos de la mesa de al lado, con el fin de averiguar qué diantres ocurría. Nadie le contestó, ni siquiera se dignaron mirarla; todos le volvieron la espalda y continuaron enfrascados en su conversación.

– ¡Joder! -exclamé.

No es tan fácil como parece ignorar a cinco personas a la cara, cinco personas que intentan llamar tu atención. Se requiere mucha concentración para aplacar los instintos de ese modo; se precisa un motivo, algo contundente y frío como una roca firme. Intenté vigilar el sendero, ambos sentidos simultáneamente.

– Justin se disgustó y quería irse; Rafe también quería largarse, pero porque estaba enfadado; Lexie empezó a alterarse cada vez más en su denodado intento porque los viejos le hablaran, les ofreció chocolate, les contó chistes malos. Y, entre tanto, un puñado de jovenzuelos empezaron a lanzarles miradas asesinas desde un rincón. Abby tampoco estaba muy convencida de ceder, pero ella y Daniel pensaron que la situación podía írseles de las manos en cualquier momento. Agarraron a los demás y se largaron. Nunca más han vuelto a poner los pies allí.

El viento ululó entre las hojas, ascendiendo por el camino en dirección a mí.

– De manera que ese rencor se extiende a todo Glenskehy -conjeturé-, sin embargo sólo una o dos personas se han atrevido a dar un paso más allá.

– Ésa es mi conclusión. Y va a ser muy divertido descubrir quiénes son. Glenskehy cuenta con unos cuatrocientos habitantes, incluyendo los granjeros de los alrededores, y ninguno de ellos va a echarme una mano para ir cerrando el círculo.

– Quizá yo pueda serte de ayuda -propuse-. Puedo intentar trazar un perfil, eso sí, aproximado. Nadie recopila datos psicológicos sobre vándalos, como se hace con los asesinos en serie, de manera que se basará sobre todo en conjeturas, pero al menos existe un patrón de conducta sobre el cual puedo aportarte información.

– Pues empieza a conjeturar -me alentó Sam alegremente. Lo oí abrir su cuaderno, cambiarse el teléfono de oreja y prepararse para tomar notas-. Lo apuntaré todo. Adelante.

– Está bien -dije-. Buscas a un lugareño, eso es innegable, alguien nacido y criado en Glenskehy. Se trata, casi con seguridad, de un varón. Y creo que estamos hablando más de una persona que de una banda: el vandalismo espontáneo acostumbra a ser obra de grupos, pero las campañas de odio orquestadas como ésta suelen tener un componente personal.

– ¿Puedes darme algún dato sobre él?

La voz de Sam se oía distorsionada; debía de tener el teléfono atrapado bajo el mentón, mientras escribía.

– Si este asunto empezó hace unos cuatro años, probablemente su edad oscile entre veinticinco y treinta y pocos años. El vandalismo es un delito propio de varones jóvenes, pero este tipo es demasiado metódico para ser un adolescente. No tiene un nivel de educación elevado: quizás el graduado, pero no ha cursado secundaria. Vive con alguien, ya sea con sus padres, con su esposa o con una novia: no hay ataques en mitad de la noche, lo cual nos indica que alguien lo espera en casa antes de cierta hora. Tiene un empleo que lo mantiene ocupado entre semana; de lo contrario se registrarían incidentes durante el día, cuando todos están fuera y no hay moros en la costa. Su puesto de trabajo también está en la zona; no viaja hasta Dublín ni nada por el estilo; este grado de obsesión indica que Glenskehy constituye todo su mundo. Y no le satisface. Trabaja muy por debajo de su nivel intelectual o educativo, o al menos eso piensa él. Y probablemente haya tenido problemas con otras personas antes, con vecinos, ex novias, quizás empleadores; este tipo no tolera bien la autoridad. Tal vez convendría comprobar con Byrne y Doherty si se han producido disputas entre lugareños o si se han interpuesto denuncias por acoso.

– Si el hombre a quien busco fastidió a alguien de Glenskehy-objetó Sam en tono grave-, no te quepa duda de que no lo habrán denunciado a la policía. La víctima se habrá limitado a reunir a sus amigotes y propinarle una paliza al abrigo de la noche, eso tenlo por seguro. Y él tampoco lo denunciaría a la pasma.

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